Dom
14
Jul
2019

Homilía XV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Anda, haz tú lo mismo

Pautas para la homilía

Convertirse de Corazón

Una de las experiencias que tuvo el pueblo de Israel sobre Dios, es la Ley, que trataba de enfatizar que Dios ama y protege a su pueblo, y a su vez este debe guardar la Ley para mantener la Alianza. Es una relación de amor y misericordia sellada, que no requiere de grandes proezas, ni de imposibles. Más bien es algo sencillo: convertirse a Dios con todo el corazón y con todo el alma.

Amar a Dios es percibir que nos acompaña en la vida, que es capaz de obrar con misericordia en los pequeños detalles, y que nos mueve a que ese amor pase por nuestro corazón, y se lleve a la práctica. Por tanto es una relación que emana de Dios, y que se dirige hacia toda la humanidad, tan solo es necesario hacerlo presente en nuestra vida.

Por el contrario si al identificar a Dios pensamos en buscar cosas que nos sobrepasan y que apenas podemos conseguir, nos lleva a desvirtuar nuestra fe. Del mismo modo que cuando se añaden ropajes e interpretaciones a lo que quiere Dios, nos pueden llevar a un callejón sin salida, porque entonces no sirven, y se convierte en una religión exclusiva de unos pocos. Dios nos enseña que la humanidad le importa, y no quiere que formemos una elite religiosa y sea inaccesible para los demás, como sucedía en tiempos de Jesús, donde el pueblo sencillo apenas podría participar del culto a Dios.

Por tanto amar a Dios es algo que está al alcance de cualquiera, siempre y cuando quiera hacerlo de corazón. Dejarnos seducir y transformarnos por la Palabra de Dios, es acoger su mensaje, mirar la realidad con otros ojos, y es convertirse de corazón.

Cristo es el Centro

Este himno nos ayuda a comprender que nuestro itinerario cristiano lo hacemos siguiendo a Jesucristo, como bien expresa este canto litúrgico en las comunidades primitivas de Asia Menor.

Toda nuestra vida cristiana gira en torno a Cristo que es el motor y cabeza de su pueblo, que somos nosotros, que formamos la Iglesia, y desde donde nos sentimos parte de ese cuerpo capitaneado por Jesús.

La misión que emprendemos lo hacemos con y desde el Cristo de la Fe que nos ilumina y nos permite a cada uno llevar a cabo nuestra misión desde la diversidad. Por tanto la unidad de la que somos parte, no significa uniformidad, puesto que cada uno ha sido llamado desde unas determinadas experiencias y dentro de un contexto de vida.

La misericordia como enseñanza

Jesús quiere enseñarnos la gran misericordia que Dios trata de transmitir a toda la humanidad. A través de esta parábola pretende que nos adentremos en la dinámica de Dios, es decir reconocerlo como aquel que nos ofrece un camino de conversión, que acojamos de corazón su gran amor, y a su vez ponerlo en práctica con los demás, especialmente con los próximos (prójimos).

En el caso concreto la parábola se desarrolla en camino, lugar de seguimiento y aprendizaje, pero en este caso no va dirigida a los discípulos, aunque es posible que estén presentes. Es un maestro de la Ley quien pregunta a Jesús intencionadamente ¿quién es mi prójimo?

Jesús responde con cierta intencionalidad igualmente, y nos cuenta una historia, en la que se pone en entredicho el papel que juega la religión judía. A través de los personajes religiosos que intervienen en la narración se hace una crítica, ya que pasan de largo ante el sufrimiento humano. Lo han visto, pero no se han hecho próximos (prójimos).

Son expertos en lo sagrado, porque ofrecen culto en el templo, pero sin embargo se muestran a distancia ante el dolor y miran para otro lado, sin ayudar. Cosa distinta ocurre con el samaritano, repudiado y considerado impuro, que es el que aparentemente no da culto a Dios, pero es el que se detiene y acoge al sufriente del camino.

El relato nos da alguna pista sobre el significado de la palabra prójimo, visto desde una perspectiva de actitud y de acción. Prójimo no es como un mero concepto o enunciado, como tantos preceptos que practicaban los sacerdotes y los levitas, y a veces nosotros mismos, olvidando que la religión debe de humanizar. La exigencia de la que habla Jesús es que tenemos que tener una implicación en situaciones de necesidad, mostrando la misericordia de Dios con los que sufren.

El ejemplo del Samaritano lleva consigo un comportamiento de disposición, sin condiciones, porque se conmueve a ayudar al herido, hasta sus últimas consecuencias. Quiere que el hombre recupere su vida, y desde este punto de vista la ayuda no es limitada o puntual, sino que exige permanencia, hasta que la situación de necesidad haya terminado: El Samaritano volverá a la posada, para preocuparse del herido.

Un detalle que parece importante es que el hombre golpeado en el camino no es identificado, lo que nos hace pensar que el necesitado puede ser cualquier persona. Posiblemente la intención es hacernos caer en la cuenta de las dificultades, y ponernos en el lugar del que necesita ayuda. Por tanto nuestra fe cristiana, nos llama a tener una profunda experiencia de Dios personal, convertirnos y luego aplicar lo que quiere Dios de nosotros con los demás, especialmente con los necesitados. Porque vivimos y experimentamos una religión que debe servir para dar vida, y no desentendernos de los demás. Nuestra religión debe ser un signo patente de encuentro, acogida y ayuda, humanizando y ofreciendo misericordia.