Dom
14
Jun
2009

Homilía Domingo del Corpus Christi

Año litúrgico 2008 - 2009 - (Ciclo B)

El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Pautas para la homilía

  • “Hoy hemos visto cosas increíbles” (Lc 5,25)

No podemos cansarnos de repetir que lo de Dios con nosotros es una historia de amor. Solemos decir que el amor es loco y que, por lo tanto, comete locuras. De manera equivocada, llamamos locuras de amor a lo que son en realidad locuras de desamor, cuando, por ejemplo, un hombre mata a su esposa porque no se siente correspondido. Las locuras de amor de Dios siempre van en la línea del amor, en la línea de hacernos bien y nunca mal.

Corremos el riesgo de que las maravillas, que hemos contemplado desde niños, desde siempre, no nos parezcan tan maravillosas. En el plano de la naturaleza, ya no nos sorprende la maravilla de ver nacer y morir el sol cada día, no nos sorprende que la tierra no esté en reposo, sino que se mueva girando sobre sí misma cada 24 horas, y dando una vuelta completa en torno al sol después de 365 días. No nos sorprende que haya cuatro estaciones al año. Es lo que hemos visto siempre y nos parece lo más normal del mundo.

  • Algo increíble: El progresivo acercamiento amoroso de Dios

Con Dios y con todo lo que ha hecho y sigue haciendo con nosotros, en favor nuestro, nos puede pasar lo mismo. Muchos de sus gestos no nos sorprenden. Como lo de Dios con nosotros es amarnos, busca lo que desea toda persona que ama: la unión con la persona amada. El amor busca la unión y no la desunión y la distancia con la persona a la que ama. Es la historia de su progresivo acercamiento amoroso a nosotros.

Dios no se limitó a la maravilla de darnos la vida, a crearnos a través de nuestros padres, para luego retirarse de la escena. Ya en el AT, se relacionó con el pueblo judío, como nos recuerda la primera lectura de hoy. Hizo un pacto, una alianza con ellos. Yahvé se comprometió a ser el Dios del pueblo judío y el pueblo judío a tener a Yahvé por Dios. “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”. Cuando los pueblos vecinos se enteraron de esta maravilla, no salían de su asombro. Leemos en el profeta Zacarías: “En aquellos días, diez hombres de todas las lenguas de las naciones asirán por la orla del manto a un judío, diciéndole: Queremos ir con vosotros, porque hemos oído decir que Dios está con vosotros” (Zac 8,23). Los de los otros pueblos quedaron deslumbrados al enterarse de que Dios se había acercado al pueblo judío para ser su Dios, para hablarles, orientarles, consolarles, protegerles, amarles… No es extraño que deseasen ir con ellos, “porque hemos oído decir que Dios está con vosotros”.

Dios no se contentó con este primer paso de acercamiento. Llegada la “plenitud de los tiempos”, en una nueva locura de amor, rompiendo los moldes de lo “normal”, nos envió a la tierra a su propio Hijo, para que su cercanía amorosa fuese más clara, más palpable, más humana a todos los pueblos de la tierra. Y Jesús nos habló de Dios no como de un juez castigador, sino como de un Padre permanentemente con los brazos abiertos para acogernos y abrazarnos a todos nosotros sus hijos. Quiso borrar para siempre el miedo de nuestro corazón, cuando pensásemos en Dios y cambiarlo por la confianza amorosa de hijos. Nos dio su opinión sobre las actitudes que debemos adoptar ante todas las realidades de nuestra vida, para que nos fuese bien, porque él es el Camino, la Verdad y la Vida. Nos aseguró que Dios, después de esta vida terrena, nos tiene reservados un cielo nuevo y una tierra nueva, donde nuestra felicidad va a ser total. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar”.

  • Presencia y alimento

Cuando después de su resurrección y ascensión, se alejó de nosotros en su forma humana, no nos dejó solos. Su acercamiento amoroso continuó y siguió haciendo maravillas en favor nuestro. Sólo voy a recordar la relativa a la fiesta de hoy. Su locura de amor le llevó, dado que es Dios y puede, a realizar el prodigio, la maravilla, de hacerse pan y de hacerse vino, con una doble intención. En primer lugar, para seguir estando presente en nuestra vida. “Aquí me tenéis, sigo con vosotros para lo que me necesitéis, escondido en el pan y en el vino, no os he abandonado”. Si le dejamos, él seguirá modelando nuestro corazón, nuestra inteligencia, nuestros sentimientos, nuestros deseos. En segundo lugar, para ser nuestro alimento. A veces, nuestro camino por esta tierra, se nos hace duro y largo, y nos pueden faltar las fuerzas. Él nos ofrece su cuerpo entregado, su sangre derramada, que contienen amor y vida a raudales. Lo que más necesitamos para nuestro caminar sobre la tierra.

Ojalá en esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo reconozcamos las maravillas que sigue haciendo con nosotros. Y de la admiración y el agradecimiento, aceptemos, llenos de alegría, su presencia y el alimento especial, divino, rebosante de amor, de su cuerpo y de su sangre… para seguir su ejemplo y entregar nuestra vida, por amor, a nuestros hermanos. “Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis otro tanto”.

Fray Manuel Santos Sánchez
La Virgen del Camino

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En algunos lugares, la solemnidad del Corpus Christi se celebra el jueves, por lo que este domingo se celebra el Domingo XI del Tiempo Ordinario. Incluimos también la ayuda homilética para este domingo

Domingo XI del Tiempo Ordinario

  • El Reino de los cielos se desarrolla en la historia a base de confianza en Dios

En las parábolas de este domingo emerge el concepto histórico del Reino de los cielos: el Reino se va realizando en un proceso. Jesús nos lo enseña utilizando ejemplos agrícolas. Es un proceso que comienza con la siembra, se va realizando en un crecimiento continuado y termina con los frutos. Nosotros nos encontramos en pleno proceso, no lo iniciamos - no sembramos- ni disfrutamos de la plenitud del fruto. No estamos en la “patria”, que dice Pablo, estamos en camino. Estando en camino lo imprescindible es la esperanza que genera la confianza en quien nos llama a incorporarnos a ese Reino. (2ª lectura). La esperanza se alimenta también de la satisfacción por lo que vayamos creciendo en orden a dar fruto, o por los frutos que ya recogemos y ofrecemos. Pero también debe estar presente la esperanza en momentos que parecen de retroceso, de esfuerzo inútil, cuando podemos creer que estamos “dejados de la mano de Dios” y sin reconocimiento humano: “siempre tenemos confianza”….,”aunque nos sintamos desterrados”, “sin ver al Señor”. Nos basta la fe que alimenta esa confianza. Esto leemos en la segunda lectura.

  • ¿Qué nos toca hacer?

Invitados a incorporarnos al Reino, consciente de que la semilla del Reino está en nuestro corazón humano, cristiano, en nuestro mundo, ¿qué nos toca hacer

a) Ante todo, escuchar la invitación a dejar que la semilla de la Palabra de Dios, el mismo Espíritu Santo, permanezca “sembrada” en nuestro interior. Escuchar no es poco. Solemos estar más dispuesto a hablar. Creemos que es más importante lo que tenemos que decir que lo que nos digan. Eso puede bloquear la semilla de la Palabra de Dios. Incluso bloquear la presencia del Espíritu Santo y no permitir que despliegue su fuerza interior, porque nos fiamos más de nuestras luces, proyectos y decisiones que de Aquel que sembró la semilla.

b) La parábola de la semilla del texto evangélico muestra que no somos nosotros quienes podemos hacer germinar y crecer la semilla. Tampoco se nos pide. Es suficiente que preparemos una tierra apropiada en nuestro interior y dejemos que despliegue la energía que tiene dentro. Lo que con precisión enseñaba Jesús en otra de sus parábolas, la de la semilla que cae en diversos suelos; ella completa esta parábola. Nos toca ser suelo acogedor de la semilla.

  • Con paciencia, “dando tiempo al tiempo”, con constancia

Todo ello exige un proceso, exige, por tanto, un tiempo. Se empieza por un grano de mostaza, por lo insignificante a la vista, pero que guarda en sí una energía que ha de desplegarse. Es necesario tener paciencia. O sea, saber esperar. Esperar no con los brazos cruzados como se espera al tren, sino en el continuo esfuerzo de facilitar que lo noble depositado en nosotros germine y crezca. Pero sin prisas. Nuestra sociedad es sociedad de prisas. Se desea la satisfacción inmediata. Se quiere disfrutar del éxito. Falta el espíritu de los constructores de catedrales que nunca las vieron terminadas. Si no se hubiera planeado y se hubiera puesto una primera piedra, nunca se hubiera puesto la última. Quien tiene que triunfar es el Reino de Dios, no nosotros. Cooperar a ese triunfo es lo que se nos pide. Puede que veamos la semilla hecha árbol, puede que no. Jesús murió dejando unos pobres y pocos discípulos, llenos de miedo. Éstos vieron crecer con dificultad las comunidades cristianas. Ni entrevieron la expansión de sus nombres y de su predicación, como tampoco la de las comunidades que fundaron, eso necesitó mucho tiempo.

  • No es cuestión de fuerza, sí de ternura

a) La ternura como origen, la tierra como ámbito. “De sus ramas de arriba arrancaré una tierna”. Tierna por lo que tiene de poco consolidada, por su juventud: el tiempo no la madurado. Tierna por su virginidad, no ha estado maleada por fuerzas que la retuercen o la doblan, ha crecido arriba del cedro y hacia arriba. Tierna porque sabe de aire puro y mira hacia el cielo. Pero la rama virgen, tierna será plantada en tierra, porque sólo en la tierra puede “echar brotes y dar frutos”, como planta autónoma.

b) No es cuestión de formar una “secta de puros”. En otra parábola Cristo exponía cómo en el campo en que se sembró la buena semilla crecieron las malas hierbas. Quisieron los criados arrancarlas, pero el dueño les dijo, no “dejad crecer juntas la buena y la mala hierba”, tiempo habrá para separarlas.

c) El Reino de los Cielos es también de la tierra, solo en la tierra se desarrolla. La encarnación de Dios nos indica que pisando tierra es como llegaremos al cielo. Cristo bajó del cielo a la tierra para manifestar que desde la tierra, siendo tierra, podemos tener como horizonte el cielo.

d) La tierra es el mundo, nuestra Iglesia; pero también cada uno de nosotros. No somos ángeles, somos la tierra que recibe la semilla, en la que crecen malas hierbas. Dentro de nosotros, junto a la semilla del Reino, crecen malas hierbas. “Dejadlas crecer juntas”, o sea asumamos lo que somos. De lo que se trata es de saber de qué nos vamos a cuidar más: de la semilla del Reino o de las malas hierbas… (Mantengamos el estilo de parábola, cada uno ha de ver cuáles son las malas hierbas con las que ha de verse, y qué lugar ocupan en su corazón).