Dom
13
Ene
2019

Homilía El Bautismo del Señor

Sobre Él he puesto mi Espíritu

Pautas para la homilía

El pecado es la causa de las injusticias sociales, económicas y políticas

¿Por qué dar una dimensión religiosa a lo que aparentemente sólo son injusticias sociales, políticas o económicas? Porque para un judío piadoso –y mucho más para un cristiano– el amor a Dios y el amor al prójimo son una única virtud teologal. A Dios lo encontramos en los demás seres humanos. Por eso, las injusticias con el prójimo no son sólo injusticias, sino ofensas directas a Dios: pecados. De ahí que Juan –y después Jesús– viera que aquella sociedad estaba corrompida social, económica, política y religiosamente como efecto de las injusticias, del pecado de unos seres humanos contra otros. El pecado era la raíz.

La conversión, camino para lograr el perdón de los pecados

Si las injusticias, el pecado, eran la raíz de todos los males sociales, era necesario que aquellas gentes dieran a su vida una orientación totalmente distinta de la que venían teniendo. De ahí que Juan presentase su bautismo como «bautismo de conversión para el perdón de los pecados». La conversión a la que urgía Juan era un cambio radical en la forma de ser y de hacerse hombre en relación con los demás. No es una vuelta y restauración del pasado, sino una nueva vida para construir un mundo nuevo, donde reine la justicia, la compasión, las relaciones de solidaridad. En Jesús, el modelo en el que ha de desembocar esa conversión es él mismo.

La confesión de los pecados colectivos

Los que acudían a bautizarse con Juan confesaban sus pecados. Pero no los individuales, sino los de la sociedad de la que formaban parte como actores o como víctimas. Seguramente a muchos de nosotros nunca no se nos ocurriría confesarnos de los pecados de la sociedad de consumo; por ejemplo, del hambre que esta sociedad provoca en el mundo y de las muertes que causa con la multitud de sus guerras. Y sin embargo, en mayor o menor medida somos responsables de esta sociedad a la que pertenecemos. Precisamente Jesús acudió al bautismo de Juan no para convertirse y confesar sus pecados individuales, sino los de su sociedad, de la que él se sentía plenamente miembro.

Juan ejerce de mediador del perdón de Dios

Vemos que en el hinduismo la gente se introduce en el río Ganges para la lavarse ella misma como signo de purificación. También el judaísmo existía algo parecido. Sin embargo en el bautismo de Juan no es el propio individuo el que realiza la inmersión, sino Juan o sus ayudantes. Quizás con ello se quería dar a entender que no es el individuo el que alcanza la purificación, sino que el perdón es un don gratuito de Dios, que el individuo recibe por mediación de Juan. Desde la encarnación de Jesús, los seres humanos somos mediadores de la bondad infinita de Dios Padre para con los demás seres humanos. De salvados, tenemos que convertirnos en salvadores.
 

El horizonte de la esperanza de Juan

Lo que Juan esperaba y anun­ciaba era la actuación liberadora de Dios para transformar la si­tuación de esclavitud y opresión que vivía gran parte de su pueblo. De ningún modo era una esperanza espiritualista, sino que Juan se refería a la transformación de aquel mundo en el que él vivía. El mundo, la creación es obra de Dios y como tal, objeto de su amor y cuidado. Juan quería reavivar la esperanza en medio de una situación de amenaza y de opresión extremas señalando los caminos para afrontar con valentía dicha situación y conseguir una gran transformación de la vida del pueblo.

El bautismo cristiano

Juan no era el Mesías, sino un precursor, un preparador del camino del “más poderoso”. Los primeros cristianos consideraron a Jesús como el Mesías que anunciaba Juan. En él vieron que tenía una relación con Dios como Padre y que actuaba bajo el impulso del Espíritu. Por eso le atribuyeron a su bautismo por Juan las características propias del Mesías: descenso del Espíritu santo sobre él y la voz del cielo que proclama “Tú eres mi Hijo, el amado”. La voz divina en el bautismo expone la relación íntima del Padre con el Hijo. Así quedaba legitimada y fundamentada la misión que Jesús iba a emprender a continuación.

Con Jesús, se hacen presentes la absoluta voluntad salvífica de Dios, su compasiva misericordia y su generosa bondad y, por tanto, la oposición a todas las formas de mal y de sufrimiento. En palabras de Juan, a este Jesús–Mesías le corresponderá aplicar el «bautismo con fuego», para realizar la purificación última de Israel, y el «bautismo con espíritu santo», que debe efectuar la renovación definitiva y la plenitud de vida y salvación de los marginados y oprimidos por los poderosos.

Al mismo tiempo, ese Mesías “bautizado” con Espíritu santo aparece como representante anticipado de la Iglesia, que también va a ser “bautizada” con Espíritu santo. Para los cristianos, el rito bautismal del inicio de nuestra existencia cristiana representa el se­llo de la elección de Dios por medio del don del Espíritu y del ser hijos de Dios.

Después de Pascua y de la Ascensión, a los cristianos se nos da este Espíritu de Cristo como una energía y como un reto que nos dice: ¡Conviértete y sirve a tus hermanos los hombres, sobre todo a los más excluidos y necesitados! Y a los sacerdotes de nuestra iglesia, quizás también valga la crítica de Juan a los sacerdotes del templo de Jerusalén: no utilicéis la fe del pueblo para enriqueceros y dominar, sino convertíos y predicad con el ejemplo la buena nueva del reino de Dios, que es sanación para los más débiles.