Dom
10
Jul
2022

Homilía XV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2021 - 2022 - (Ciclo C)

Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo

Pautas para la homilía de hoy


Evangelio de hoy en audio

Reflexión del Evangelio de hoy

El texto del Deuteronomio, de la primera lectura, se abre con un mandato perentorio: “escucha la voz del Señor, tu Dios, guardando sus preceptos y mandatos, lo que está escrito en el código de la Ley”; expresión que suena del todo legalista, pero que al final, se subraya que este texto de ley hace referencia al corazón del hombre; como si el texto legal sufriera un proceso de interiorización; es decir, no es algo exterior impositivo, sino una palabra-invitación que interpela al ser humano desde dentro y le invita a dar una respuesta personal. Quien no se contenta con un árido registro del deber a la Ley, descubre la profundidad de una obediencia que nace de la exigencia y dinamismo del amor de Dios.

¿Puede la respuesta del hombre culminar las expectativas y exigencias de Dios? Lo que Dios manda, en palabras de Moisés, no excede la capacidad del hombre, está a nuestro alcance, ya que se trata de un mandato que resuena en el corazón humano, en su mente, en todo su ser.

Hablamos de esta ley como proyecto de Dios siempre abierto a la conciencia del hombre; un proyecto que supera cualquier legalidad y que se recrea en la interioridad y en lo más profundo de la experiencia humana. ¿Cómo el ser humano puede descubrirlo, cómo tú puedes descubrir el proyecto mismo de Dios?

Si acudimos al texto del evangelio de hoy, el texto de la parábola del buen Samaritano, podremos apreciar que el contenido del plan amoroso de Dios, dista mucho de quien limita su búsqueda a un conocimiento exclusivamente “docto” es decir, quien pretende definir el concepto exacto del “prójimo” y determinar con precisión los límites del amor. A quienes hacen eso, Jesús sólo les pide una cosa: transforma tu “saber” en “hacer”, así de sencillo. Cuando el conocimiento, el saber, no se transforma en amor concreto, deja de ser significativo. Tal vez nuestro amor debería concretarse un poco más.

O a quienes practicando todos y cada uno de los preceptos, son incapaces de encontrarse con su “prójimo”, de tropezar con él en la vida. Ya que una cosa es ver a alguien y otra, muy diferente, encontrarse con él; este echo marca la diferencia entre el samaritano y el sacerdote o el levita.

Los tres personajes son capaces de ver, pero no responden de la misma manera; la diferencia fundamental es la respuesta de quien ve con otros ojos, con lo ojos del plan de Dios, con los ojos de la compasión, de quien se identifica con el dolor del otro. Esta es una manera de mirar y ver el mundo que nos rodea y a las personas que lo conforman.

Me parece que los gestos del samaritano no requieren ninguna explicación o comentario para quienes saben mirar con los ojos de Dios, sólo imitación: haz tú lo mismo. Tal vez podamos caer en la cuenta de lo que significa “pasar de largo” en este contexto de búsqueda del plan de Dios. Me sugiere la idea de creer que, tanto el sacerdote como el levita (especialistas de la religión), pretenden llegar a Dios, conocer su plan, entrar en su intimidad, “pasando de largo” por la vida, es decir, evitando los obstáculos que toda búsqueda conlleva; tal vez estén más interesados en colocarse en la parte más segura del camino para no correr el riesgo de tropezar con las necesidades del hermano, del prójimo.

Hay itinerarios religiosos que no contemplan ni toleran lo retrasos, las desviaciones; los deberes son más importantes que el corazón. Tal vez se trate de un plan, un poco diferente al plan de Dios. Pero, ¿se puede llegar a Dios pasando por encima del prójimo? ¿Se puede encontrar a Dios sin necesidad de encontrar al prójimo?

Ocuparse de las cosas de Dios, sin caer en la cuenta de que lo que le interesa a Dios son “las cosas de los hombres” era la idea de estos dos buenos personajes, que en definitiva no descubren que la identidad de Dios se manifiesta en las entrañas de la misericordia. El único lado transitable del camino que nos lleve a buen destino es aquel que está cortado e interrumpido por la presencia, no siempre agradable, de un prójimo que nos muestra el verdadero rostro de Dios. El samaritano dio los pasos en la dirección correcta y exacta y se convirtió en un prójimo para alguien.

Haz tú esto y tendrás vida, responde Jesús: amor y vida; quien no ama permanece en la muerte. Amar es dar vida; sólo el que ama vive plenamente; no hay cristiano sin amor al prójimo. Esta es la lección de fraternidad, la aventura radical de un amor incondicional, y sin fronteras, que hoy Jesús nos enseña en la parábola del Samaritano; si quieres cumplir la ley antera, ama.

Gracias, Padre, porque en Cristo, el buen samaritano, sales siempre al encuentro del hombre maltrecho y caído. Tú no nos dejas nunca solos en las alginas y en la noche, sino que nos acoge en el hogar de tus manos de Padre. Jesús nos enseñó a no pasar de largo ignorando al hermano necesitado; concedemos Señor, imitar tu compasión y tu misericordia para que, siendo prójimos de todo hombre y mujer, nos entreguemos a la apasionante tarea de amarte a ti y a los hermanos.