Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David

Primera lectura

Lectura del libro de los Números 13,1-2.25; 14,1.26-30.34-35

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés en el desierto de Farán: «Envía gente a explorar el país de Canaán, que yo voy a entregar a los israelitas: envía uno de cada tribu, y que todos sean jefes.»
Al cabo de cuarenta días volvieron de explorar el país; y se presentaron a Moisés, a Aarón y a toda la comunidad israelita, en el desierto de Farán, en Cadés. Presentaron su informe a toda la comunidad y les enseñaron los frutos del país.
Y les contaron: «Hemos entrado en el país adonde nos enviaste; es una tierra que mana leche y miel; aquí tenéis sus frutos. Pero el pueblo que habita el país es poderoso, tienen grandes ciudades fortificadas (hemos visto allí hijos de Anac). Amalec vive en la región del desierto, los hititas, jebuseos y amorreos viven en la montaña, los cananeos junto al mar y junto al Jordán.»
Caleb hizo callar al pueblo ante Moisés y dijo: «Tenemos que subir y apoderamos de esa tierra, porque podemos con ella.»
Pero los que habían subido con él replicaron: «No podemos atacar al pueblo, porque es más fuerte que nosotros.»
Y desacreditaban la tierra que habían explorado delante de los israelitas: «La tierra que hemos cruzado y explorado es una tierra que devora a sus habitantes; el pueblo que hemos visto en ella es de gran estatura. Hemos visto allí gigantes, hijos de Anac: parecíamos saltamontes a su lado, y así nos veían ellos.»
Entonces toda la comunidad empezó a dar gritos, y el pueblo lloró toda la noche.
El Señor dijo a Moisés y Aarón: «¿Hasta cuándo seguirá esta comunidad malvada protestando contra mí? He oído a los israelitas protestar de mí. Pues diles: "Por mi vida –oráculo del Señor–, que os haré lo que me habéis dicho en la cara; en este desierto caerán vuestros cadáveres, y de todo vuestro censo, contando de veinte años para arriba, los que protestasteis contra mí no entraréis en la tierra donde juré que os establecería. Sólo exceptúo a Josué, hijo de Nun, y a Caleb, hijo de Jefoné. Contando los días que explorasteis la tierra, cuarenta días, cargaréis con vuestra culpa un año por cada día, cuarenta años. Para que sepáis lo que es desobedecerme. Yo, el Señor, juro que trataré así a esa comunidad perversa que se ha amotinado contra mí: en este desierto se consumirán y en él morirán.»

Salmo

Sal 105,6-7a.13-14.21-22.23 R/. Acuérdate de mí, Señor, por amor a tu pueblo

Hemos pecado con nuestros padres,
hemos cometido maldades e iniquidades.
Nuestros padres en Egipto
no comprendieron tus maravillas. R/.

Bien pronto olvidaron sus obras,
y no se fiaron de sus planes:
ardían de avidez en el desierto
y tentaron a Dios en la estepa. R/.

Se olvidaron de Dios, su salvador,
que había hecho prodigios en Egipto,
maravillas en el país de Cam,
portentos junto al mar Rojo. R/.

Dios hablaba ya de aniquilarlos;
pero Moisés, su elegido,
se puso en la brecha frente a él,
para apartar su cólera del exterminio. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 15,21-28

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.»
Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.»
Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»
En aquel momento quedó curada su hija.

Reflexión del Evangelio de hoy

Las lecturas de hoy me hacen reflexionar en la distancia que tomamos de Dios y en quién y cómo nos devuelve a Él.

  • «¿Hasta cuándo seguirá esta comunidad malvada murmurando contra mí?»

El relato de los Números combina tradiciones primitas con elementos de origen sacerdotal. Se repite la secuencia pecado-castigo: el pueblo desconfía del Señor, quebranta la alianza, por lo que Dios lo condena a consumirse en el desierto sin entrar en la tierra prometida. Pero, ¿realmente es un castigo de Dios o es una consecuencia del uso de la libertad humana? Números pretende explicar los cuarenta años de peregrinación por el desierto según la tradición del pueblo hebreo.

¡DIOS NO CASTIGA! Me gustaría que estas palabras nos las pudiéramos grabar a fuego en el fondo de nuestro corazón. En el caso de que Dios castigara, al punto estaría su misericordia, mayor en todo. Dios nos crea por amor y nos corrige (NO castiga) por amor, como el padre al hijo.

La expresión que el autor de los Números pone en boca de Dios es muy significativa del hartazgo al que tenemos sometido a Dios: «¿Hasta cuándo seguirá esta comunidad malvada murmurando contra mí?» ¡Qué ancha tiene Dios la espalda para aguantar todo lo que le echamos encima! Cuando algo no sale de nuestro agrado o no sabemos a quién echarle la culpa (¿nos suena el «Yo (Adán) no he sido. Ha sido (Eva) ella?) en seguida encontramos al chivo expiatorio: Dios. Seguimos diciendo: «¿Eso? ¡Castigo de Dios!»

Cuando más falta nos hace Dios, porque hemos hecho mal uso de nuestra libertad y vivimos sus consecuencias, más nos alejamos de Él, lo apartamos y lo enmudecemos. Pero el tiempo es buena medicina y, como en el salmo 105, hace brotar una plegaria penitencial en forma de memorial histórico con la esperanza de que la última palabra de la historia no la tiene el pecado, sino la gracia.

  • «No está bien echar a los perros el pan de los hijos»

En el Antiguo Testamento, los cananeos eran los no judíos por antonomasia. De acuerdo con la orientación general del relato de Mateo, en la curación de la hija de una mujer cananea, no es Jesús quien se adentra en ese territorio extranjero, sino la mujer la que sale al encuentro del Maestro y, frente a las reticencias iniciales de este último, logra con su gran fe que la buena noticia de la llegada del Reino alcance también a quienes no son judíos. Se adelanta así de alguna manera la misión universal que Jesús ordenará a sus discípulos después de Pascua (Mt 28, 19).

Nos sabemos hijos de Dios y, por tanto, nos creemos con el derecho de comer el pan que el Señor nos ofrece. Sin embargo, ¿somos acaso dignos de sentarnos primero a su mesa para, después, poder comer de ese pan? Miras alrededor y ves que hay muchísimas personas hambrientas de Dios. Están buscando en corrientes espiritistas, filosóficas, científicas… algo con lo que dar sentido a su existencia y… ¿qué hacemos nosotros (los hijos)? Ni tan siquiera podemos ofrecerles las migajas porque no partimos el pan que se nos da.

Como el pueblo hebreo errante por el desierto nos encontramos hoy muchos cristianos. Andamos vagando de un sitio para otro buscando también a Dios. Buscamos migajas de pan cuando tenemos al PAN DE VIDA.

El regalo de Dios hoy está en que nos demos cuenta cómo los alejados y no creyentes, en su afán de búsqueda de algo más, nos animan a nosotros mismos a que descubramos a alguien más (pan) y les demos pequeños destellos (migajas) de esperanza para que también un día ellos coman de ese mismo pan.

- ¿Qué murmuro de Dios? ¿De qué culpo a Dios?
- ¿Como del pan que Jesús me entrega? ¿Soy capaz de repartir ese mismo pan?