Jue
29
Ago
2019
Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo

Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses 3,6-10.16-18:

En nombre de nuestro Señor Jesucristo, hermanos, os mandamos: no tratéis con los hermanos que llevan una vida ociosa y se apartan de las tradiciones que recibieron de nosotros. Ya sabéis cómo tenéis que imitar nuestro ejemplo: no vivimos entre vosotros sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos daros un ejemplo que imitar. Cuando vivimos con vosotros os lo mandamos: El que no trabaja, que no coma. Que el Señor de la paz os dé la paz siempre y en todo lugar. El Señor esté con todos vosotros. La despedida va de mi mano, Pablo; ésta es la contraseña en toda carta; ésta es mi letra. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con todos vosotros.

Salmo

Sal 127,1-2.4-5 R/. Dichosos los que temen al Señor

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien. R/.
Ésta es la bendición del hombre que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 17-29

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo habla metido en la cárcel, encadenado.
El motivo era que Herodes se habla casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.
Herodías aborrecia a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
-«Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»
Y le juró:
-«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»
Ella salió a preguntarle a su madre:
-«¿Qué le pido?»
La madre le contestó:
-«La cabeza de Juan, el Bautista.»
Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
-«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.»
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.

Reflexión del Evangelio de hoy

Es más lo que se recibe que lo que se da

Muchas personas que hacen de su vida una entrega tienen esa experiencia, sienten que es más lo que reciben que lo que ellas mismas dan. Pablo había dado mucho a la comunidad de Tesalónica pero quizá tenía sus dudas respecto a ella. Ahora Timoteo le ha llevado «buenas noticias de vuestra fe y vuestro amor», por lo que en esta página manifiesta que se siente animado sabiendo que se mantienen fieles al Señor.

Ninguno tenemos la exclusiva de la verdad. Tampoco de la entrega a los demás. Siempre nos pueden sorprender personas que viven valores que no esperaríamos de ellas. El mismo Jesús se sorprendía de la fe que encontraba en algunas gentes que no eran judías.

El primero que continuamente nos sorprende es Dios y nosotros no podemos perder la capacidad de sorpresa. Es la mejor actitud para acercarnos a cualquier persona o situación humana. En cualquier ámbito podemos encontrar a alguien que hace a su alrededor todo el bien que puede. El Espíritu de Dios que le mueve suele ser discreto en sus actuaciones.

Pablo ha hecho hasta donde ha podido hacer. Se mezclan en él los sentimientos de agradecimiento a Dios y deseo de remediar «las deficiencias de vuestra fe». Y pide que el Señor los haga rebosar de amor mutuo, con la finalidad de que «os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre».

El amor es la clave para traducir las enseñanzas en la vida. Como les dice Pablo, se tiene que manifestar primero entre los mismos creyentes para poder después proyectarse a todos. No es solo una piadosa recomendación para hacer a otros. A veces, cuando hablamos de la misión de la Iglesia (existe para evangelizar, esa es su identidad, dijo según escribió Pablo VI en Evangelii nuntiandi 14) perdemos el sentido de que todos somos evangelizadores y evangelizados. Recibimos más de lo que damos. Y necesitamos, como Pablo, que nos sorprendan las buenas noticias.

Un hombre honrado y santo

Juan Bautista era una de esas personas a las que mueve el Espíritu. Zacarías, su padre, impulsado por ese mismo Espíritu, había dicho de él: «y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados».

No era cualquier misión y cumplirla le supondría tensiones, conflicto, persecución. De hecho, estaba encarcelado por instigación de Herodías, quien le tenía rencor porque Juan le decía a Herodes que no le era lícito tenerla, porque era la mujer de su hermano Felipe. Mientras Herodes le protegía y lo tenía por honrado y santo.

La historia es la de una mujer que presiona a su pareja y juega bien sus cartas en el momento oportuno aprovechándose de su hija, para conseguir su objetivo: callar definitivamente a Juan. Dicho con otras palabras, es la historia de la crueldad a la que llegan los poderosos para callar la conciencia crítica de los profetas de todos los tiempos.

Pero no es solo eso, es también una premonición de lo que le espera a Jesús, a sus discípulos y a todos los que toman en serio los valores y las opciones del Reino de Dios.

Los seguidores de Jesús no podemos ser un Herodes que cede a presiones de personas o circunstancias dejando a un lado su convicción personal. Menos aún una Herodías rencorosa, astuta y manipuladora. Tenemos mejor modelo en Juan, un hombre capaz de preparar los caminos del Señor aunque le cueste la vida, un hombre que hasta el mismo Herodes encontraba honrado y santo.