Sáb
29
Ago
2015
Quiero, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 4,13-18

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza.
Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo, a los que han muerto, Dios, por medio de Jesús, los llevará con él.
Esto es lo que os decimos como palabra del Señor.
Nosotros, los que vivimos y quedamos para cuando venta el Señor, no aventajaremos a los difuntos.
Pues él mismo, el Señor, cuando se dé la orden, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar.
Después nosotros, los que aún vivimos, seremos arrebatados con ellos en la nube, al encuentro del Señor, en el aire.
Y así estaremos siempre con el Señor.
Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

Salmo

Sal 95, 1 y 3. 4-5. 11-12a. 12b-13 (R.: 13b) R.: El Señor llega a regir la tierra

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al señor, toda la tierra.
Contad a los pueblos su gloria
sus maravillas a todas las naciones. R

Porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.
Pues lo dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo. R

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuando lo llena;
vitoreen los campos y cuando hay en ellos. R

Aclamen los árboles del bosque,
delante del Señor, que ya llega
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 17-29

En aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo habla metido en la cárcel, encadenado.
El motivo era que Herodes se habla casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener la mujer de su hermano.
Herodías aborrecia a Juan y quería quitarlo de en medio; no acababa de conseguirlo, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. Cuando lo escuchaba, quedaba desconcertado, y lo escuchaba con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
-«Pídeme lo que quieras, que te lo doy.»
Y le juró:
-«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino.»
Ella salió a preguntarle a su madre:
-«¿Qué le pido?»
La madre le contestó:
-«La cabeza de Juan, el Bautista.»
Entró ella en seguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
-«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan, el Bautista.»
El rey se puso muy triste; pero, por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. En seguida le mandó a un verdugo que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron.

Reflexión del Evangelio de hoy

La historia la conocemos por los evangelistas, por Plinio y por Flavio Josefo, contemporáneo de Juan el Bautista. San Marcos nos narra hoy los espeluznantes detalles de la historia de aquel hombre que, con su muerte y el modo de morir, plasmó el último testimonio de la encomienda recibida al nacer.

Tiene lugar en el palacio-fortaleza de Maqueronte, en la montaña mirando hacia el Mar Muerto. Palacio donde tenían lugar los lujos más exquisitos de la mano de las pasiones más bajas. Al lado del desierto y de su aridez, donde había tenido lugar la predicación de Juan, y donde ahora va a tener lugar su homilía más creíble, por sincera y auténtica, sin pronunciar palabra alguna, entregando su vida y confirmando, con su muerte, la veracidad de su palabra y testimonio. Juan tenía treinta y dos años de edad.

  • “Herodías aborrecía a Juan”

Hay un aborrecimiento bueno, que consiste en detestar aquello que impide lo mejor, o simplemente reprobar y abominar lo malo, lo imperfecto, lo pecaminoso, lo inhumano. No es el caso de Herodías, ni el de su hija Salomé. Herodías aborrecía a Juan por decir la verdad, por vivirla, practicarla y defenderla. Y, como Herodías vivía en la mentira, la luz de la verdad deslumbraba y molestaba.
Sin embargo, no creo que haya nadie tan “asilvestrado” que no admire y ame la verdad y la bondad, ni siquiera Herodías. Entonces, ¿qué es lo que sucede para que se pueda llegar a obrar así? Pienso que, como casi todo en la vida, es una cuestión de prioridades; y, cuando éstas son equivocadas, nos conducen a donde nunca hubiéramos pensado llegar. Y peor todavía, las prioridades equivocadas suelen justificar, por ofuscación, acciones y decisiones que, en otros momentos, nunca admitiríamos.

El corazón de Herodías estaba envenenado: “Aborrecía a Juan” hasta el punto de “querer quitarlo de en medio”. Ya nos lo había dicho Jesús: “Porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias” (Mt 15,19). Exactamente lo que le pasó a Herodías con su corazón; a Salomé con su petición; a Herodes con su debilidad.

  • “Juan era un hombre honrado y santo”

Como contrapartida, Juan, aparentemente la víctima, era un hombre honrado y santo, un hombre bueno y justo. Y, por serlo, llevaba unos 10 meses en los sótanos de Maqueronte encadenado, hasta que llegó uno de la guardia de Herodes, no a soltarle, sino a decapitarle, por la venganza de Herodías, los caprichos de Salomé y la incoherencia del mismo Herodes, que “respetaba a Juan sabiendo que era un hombre honrado y bueno, y lo defendía”, hasta que dejó de hacerlo por un desgraciado juramento que nunca tenía que haber hecho, y, aunque así fuera, nunca tenía que haber cumplido.

Juan era de los que tienen un corazón limpio, que les permite ver a Dios, obrar el bien, ser honrados, justos y buenos y tratar de que lo sean los demás. En concreto, Juan recibió la misión de ser el Precursor del Mesías, de señalarlo con el dedo para evitar equívocos, y, porque poseía el Espíritu y su don de discernimiento, no se equivocó lo más mínimo. Cumplió su misión con transparencia, coherencia e integridad. Así vivió y así murió.

Que su ejemplo nos ayude a imitarle; que su intercesión nos ayude a vivir del Espíritu como él. Y que, como él, y por el Espíritu, tengamos paz y fidelidad, sabedores de que seguirán existiendo arbitrarias Herodías, volubles Salomés e incoherentes Herodes.