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Un maestro de novicios camino a los altares: el dominico madrileño José Merino ya es venerable

28 de abril de 2026

Su vida de oración, servicio y predicación, vivida con sencillez y alegría, lleva a la Iglesia a reconocer en él el ejercicio heroico de las virtudes

Formador de generaciones de frailes, misionero popular y hombre de oración, fray José Merino Andrés (1905–1968) da un paso decisivo hacia los altares tras el decreto firmado por el Papa León XIV.

En el andén, el tren empezaba a moverse rumbo a Cantabria y los jóvenes, asomados a la ventanilla, se despedían con esa mezcla de orgullo y vértigo del que se sabe iniciando una vida nueva. Entonces, su maestro —un dominico de voz cálida, humor madrileño y mirada de capilla— sacaba un folio de debajo del escapulario. En letras mayúsculas se leía una sola palabra: “ESO”.

Nada más. Y, sin embargo, para quienes lo vieron, lo decía todo.

“ESO” era el resumen de su concepto de la vida dominicana: estudio, servicio, oración, recuerda hoy Fr. Salustiano Mateos, uno de sus antiguos alumnos, que conserva la escena como una fotografía interior. En la distancia, aquel folio se iba confundiendo con el paisaje, como si la consigna quedara flotando sobre los raíles. Con el tiempo, ese gesto se convirtió en una clave: fray José Merino Andrés no fue un fundador ni un teólogo mediático; fue algo más silencioso y más difícil de medir: un formador de conciencias.

Ese mismo fraile —nacido en Madrid el 23 de abril de 1905 y fallecido en Palencia el 6 de diciembre de 1968— acaba de ser declarado venerable por la Iglesia. El Papa León XIV autorizó el 24 de octubre de 2025 la promulgación del decreto que reconoce sus virtudes heroicas, paso imprescindible en el camino a la beatificación.

Un decreto, una biografía, una ciudad

El boletín de la Santa Sede lo incluye en una lista sobria: martirios reconocidos, causas que avanzan, nombres que esperan. Entre ellos, el de José Merino Andrés, sacerdote profeso de la Orden de Predicadores. Pero, en Palencia, en Atocha, en San Esteban de Salamanca o en los recuerdos de sus novicios, la noticia suena distinta: vuelve a pronunciarse un nombre que circulaba desde hace décadas en voz baja, asociado a confesionario, predicación y una devoción mariana que marcó a generaciones.

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Noviciado del P. Merino (Salamanca, 1933-34)

Su vocación maduró en la parroquia y en la Acción Católica y, con 28 años, ingresó en el convento dominico de San Esteban (Salamanca) el 22 de julio de 1933. Para entonces, España ya había dejado de ser un lugar tranquilo.

El joven “José Aquiles” y el fuego de 1931

Fr. Vito Tomás Gómez García, O.P., lo cuenta con precisión casi de cronista: antes de ser fray José, fue “José Aquiles”, nombre con el que lo conocieron en el Madrid de estudios y militancia laical. En aquellos años, explica, aspiraba a ser ingeniero de caminos, estudiaba en instituciones de la capital y se formaba en el ambiente católico de la época.

Pero el Madrid de comienzos de los años treinta también fue un laboratorio de odio. “Le alarmaron profundamente las muestras de una extrema intolerancia religiosa”, escribe Fr. Vito Tomás, refiriéndose a los incendios y asaltos a edificios religiosos de 1931. Ese impacto —la experiencia del fuego, el miedo, la humillación pública de la fe— aparece como un punto de inflexión.

Años después, otro dominico, Fr. José Luis Gago, resumiría esa marca con una imagen concreta: “presenció el incendio de un colegio de jesuitas en Madrid, lo que le marcó mucho”. No es un detalle accesorio: en el relato de quienes lo conocieron, Merino no fue un “hombre contra” nadie, sino alguien que, tras ver cómo la fe podía ser perseguida, decidió vivirla con mayor radicalidad, sin estridencias.

Salamanca: estudio en guerra, fe a prueba

Con el hábito dominico, su vida se ordena en torno a lo esencial. Estudia en Salamanca “en plena guerra civil”, recuerda Fr. Vito Tomás, y en un contexto donde el precio de creer podía ser literal. Su director espiritual fue el dominico Fr. Estanislao García Obeso, mártir de 1936 y hoy beato.

Ese dato es importante por lo que explica del clima: Merino se forma en una Iglesia herida, con muertos recientes y miedo real. Y, aun así, su estilo —según coinciden sus discípulos— no deriva hacia el resentimiento, sino hacia la interioridad.

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P. Merino con Rafael Gallegos

De La Felguera a Atocha: predicación y reconstrucción

Tras la ordenación, su biografía se vuelve itinerante: enfermero en San Esteban, trabajo pastoral en La Felguera (Asturias) y, después, Nuestra Señora de Atocha (Madrid), en una España que trataba de recomponerse, dedicándose con fervor a la predicación y los sacramentos.

Fray José Merino fue, en este sentido, un dominico muy reconocible: predicador popular y confesor. Y ahí aparece uno de los rasgos que más se repiten en los testimonios: la capacidad de acoger sin imponer distancia.

Fr. Carmelo Preciado, que lo conoció al llegar al noviciado de Palencia en 1965, lo describe así: “una persona sencilla y llana, que acogía con gracia y sonrisa dando total confianza desde el primer momento”. Y añade un matiz revelador: esa calidez no era una estrategia; era un modo de vivir la fraternidad con familiaridad y fraternidad continua.

México: misión de ida y vuelta

En 1948 fue enviado a México para las misiones populares y regresó dos años después. Es un episodio breve en el calendario —un año intenso, según algunas crónicas dominicanas—, pero coherente con su perfil: evangelización directa, sin grandes escenarios. La obediencia lo devuelve pronto a España. Y ahí comienza el capítulo por el que su nombre quedó inscrito en la memoria dominicana reciente.

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Palencia: el maestro de novicios

A partir de 1950, en torno a esa fecha lo sitúan las fuentes, se convierte en maestro de novicios en el convento de San Pablo de Palencia. Durante años, su tarea no es solo enseñar reglas: es discernir vocaciones, acompañar crisis, formar hábitos de oración, estudio y vida común.

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Sexta bandera (Palencia, 1955-56)

Las cifras hablan de su impacto: más de 800 jóvenes pasaron por el noviciado entre 1950 y 1966. El tamaño de esa huella es innegable: cientos de vidas tocadas por un estilo formativo que no se recuerda por la dureza, sino por la naturalidad exigente.

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El P. Merino predicando en el noviciado

Fr. Salustiano Mateos ofrece un retrato humano que encaja con esa escuela: “campechano, simpático, cercano, humilde. Un típico madrileño de Lavapiés, reformado posteriormente por sus años de vida dominicana…”. Y se atreve con una comparación curiosa: “a mí se me asemeja a Juan XXIII”.

La “Madre Maestra” y la oración en penumbra

Si “ESO” resumía su pedagogía, el otro gran símbolo de su mundo interior era una imagen pequeña: la Virgen en el noviciado, conocida como la “Madre Maestra”.

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El padre Merino con la Madre Maestra

Fr. Salus Mateos lo recuerda “postrado en la capilla, en la penumbra, ante la ‘Madre Maestra’”. Preciado subraya lo mismo desde otra esquina del recuerdo: Merino repetía una consigna y la encarnaba: oración que sostiene el estudio y el ministerio. En su formulación, “ESO” podía significar también “estudio, sacrificio y oración”, porque en su vocabulario el sacrificio no era dramatismo, sino fidelidad.

El resultado era una espiritualidad práctica: se preparaba para enseñar con oración personal y litúrgica, leía Escritura, predicaba en la iglesia de San Pablo y atendía el confesonario, transmitiendo —según Fr. Vito Tomás— una espiritualidad centrada en la eucaristía y la devoción a María.

La muerte y la gente: 140 sacerdotes en el funeral

La salud de Merino fue frágil en sus últimos años. Dejó el cargo, pero no la misión. Falleció en Palencia el 6 de diciembre de 1968.

Y entonces ocurrió algo que vale más que cualquier adjetivo: la respuesta popular. Fr. Vito Tomás afirma que en su funeral “concelebraron 140 sacerdotes y el templo estaba abarrotado”. La gente no acude en masa a despedir a un hombre por su currículum, sino por la huella íntima que deja: escucha, consuelo, palabra oportuna, ejemplo.

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El P. Molero reza ante el cuerpo del P. Merino

Décadas después, en 2011, sus restos fueron trasladados a la capilla de Santo Domingo en la iglesia de San Pablo de Palencia con motivo de su proceso de beatificación, según informó la propia Orden de Predicadores.

Qué significa “venerable” y qué viene ahora

El decreto firmado por León XIV reconoce las virtudes heroicas de fray José Merino Andrés. En la práctica, eso significa que la Iglesia considera probada una vida de virtudes vividas de manera ejemplar y constante. Es un paso clave: desde aquí, el proceso queda a la espera de un hecho atribuido a su intercesión con categoría de milagro para la beatificación, y otro posterior para la canonización, según el caso.

Merino, por tanto, entra en una nueva etapa pública: su nombre deja de ser patrimonio de conventos y archivos y se convierte en referencia para un público más amplio. Y ahí está la paradoja: el hombre que enseñaba a los suyos a resumirlo todo en tres palabras —estudio, servicio, oración— acaba de ser reconocido por algo que no cabe en un folio.

Un dominico “de suelo”: humor, equilibrio, diálogo

Los tres testimonios coinciden en un rasgo que hoy, en tiempos de polarización, resulta casi contracultural: la normalidad luminosa. Fr. Vito Tomás lo define como “una persona llena de alegría y humor inagotable, equilibrado, abierto al diálogo con todos”. Preciado habla de la sonrisa que “daba total confianza”. Mateos insiste en la cercanía humilde.

Quizá por eso su historia interesa más allá del ámbito eclesial: porque es la biografía de un hombre que atravesó incendios, guerra, reconstrucción y cambios internos en la Iglesia sin perder el centro. Un hombre que no dejó una gran obra escrita, pero sí una escuela viva: personas.

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Cronología básica

  • 1905: Nace en Madrid (23 de abril)
  • 1933: Entra en los dominicos (San Esteban, Salamanca)
  • Años 40: Ministerios en Asturias y Madrid (Atocha)
  • 1948–1950: Misión en México y regreso a España
  • 1950–1966: Maestro de novicios en Palencia
  • 1968: Muere en Palencia (6 de diciembre)
  • 2011: Traslado de restos a San Pablo, capilla de Santo Domingo
  • 2025: Declarado venerable (24 de octubre)