Noticia

‘Música y Paz’ abre el nuevo ciclo de música en el Olivar

26 de enero de 2019

  El viernes 25 de enero se ha iniciado un nuevo ciclo de Música y Mística en la iglesia del Santo Cristo del Olivar-Dominicos (Madrid). Esta primera sesión ha sido dedicada a Música y Paz. En enero se conmemoran distintas jornadas vinculadas a la paz: el día de Martin Luther King y el Día Internacional de la no-violencia y la Paz, recordando el aniversario de la muerte de Ghandi (30 enero). Este fue el motivo de la interpretación musical y de la reflexión.

  Antonella Brunetti, especialista en músico-terapia, y Paky Gómez, soprano, intervinieron en la parte musical, con instrumentos típicamente orientales y música que ayuda al bienestar personal y a la contemplación interior. Destacaron los “gongs”, “cuencos cuarzo”, “digerido” y campanas.

  Los dos momentos de reflexión corrieron a cargo de la dominica Águeda Mariña. El primero sobre la paz interior y el segundo en torno a la unión de la paz con la justicia y la ecología integral.

Textos

Paz interior
Águeda Mariño Rico

Quiero comenzar este momento de reflexión compartida con vosotros, con un retazo del cuento de Medardo Fraile:

Trata de Yeyo Pumba, un crío curioso, al que cuando se hizo mayor le preguntaron en su casa:
-¿Qué quieres ser?¿Abogado, ingeniero, militar, profesor, farmacéutico…?¿Qué?
Él dijo:
-Yo quiero ser pacificador.
-¡Qué carrera tan rara! No existe, nadie la estudia…
-Pues yo seré el primero. Y escribiré libros para que muchos estudien esa carrera…
Lo aseguró con tanta firmeza, tan resuelto, que nadie se atrevió a replicarle. Sólo su padre, con cierta emoción, dijo:
-Los ingenieros hacen puentes, puertos; montan industrias…Los arquitectos, casas…Los pacificadores, ¿qué va a hacer…?
-Verás… Conseguirán que las cabezas de los hombres sean más claras, los corazones más grandes, los bolsillos más chicos…

¡Las cabezas más claras, los corazones más grandes, los bolsillos más chicos! Cuántas veces expresamos nuestro deseo de que haya paz, incluso oramos por ella, hasta seguro que llevamos a cabo acciones concretas que hacen posible un poco de esa paz. Pero basta mirar por cualquier rendija del día a día para vislumbrarnos con la ansiedad y el desasosiego de la jornada o, en plena noche, dando vueltas y vueltas, insomnes. La paz en nuestro interior parece volverse esquiva. ¡La cabeza más turbia, el corazón más pequeño y los bolsillos más insaciables!

El mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de la Paz de este año señala que: la paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria: la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y – como aconsejaba san Francisco de Sales- teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”; la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre…, atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo; y la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

“La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. Hace falta más valor para vivir en paz que para hacer la guerra. Y ese valor lo encontramos en la paz que nos da Dios. Sólo en la profundidad de un corazón habitado por él, encontramos el precioso regalo de la paz interior. ¿Llevamos paz en nuestro corazón? Quien lleva en su interior la paz de Cristo aclara su mente con la Verdad, ensancha su corazón para amar y sus bolsillos se vacían para hacer el bien. Sólo es dejar que nuestro pacificador sea Dios, y su amor.

Me viene a la mente, de forma muy espontánea, la semblanza de Sto. Domingo que nos relata Jordán de Sajonia: Su ecuanimidad era inalterable a no ser cuando se turbaba por la compasión y misericordia hacia el prójimo y, como el corazón alegre alegra el semblante, la hilaridad y benignidad del suyo transparentaban la placidez y equilibrio del hombre interior.

Os invito a hacer un ejercicio mental, muy simple y profundo, que aprendí de Henry Nouwen: traza una larga línea recta de izquierda a derecha, cuanto abarque tu imaginación. Mírala: Esta es tu vida en Dios. Pertenecemos a Dios desde la eternidad hasta la eternidad. Eres amado por Dios antes de nacer; y serás amado por Dios mucho después de morir”.

Ahora marca un pequeño segmento en esa línea ¿lo ves? Esto es tu tiempo de vida humana. No es más que una parte de tu vida total en Dios. Estás aquí sólo por un breve periodo de tiempo_ veinte, cuarenta, sesenta u ochenta años- para descubrir y creer que eres un hijo amado de Dios. La duración de ese tiempo carece de importancia. La vida no es más que una breve oportunidad, durante unos cuantos años, de decir a Dios:” Yo también te amo”.
A mí me da paz.

Paz y justicia
Águeda Mariño Rico

No sé si recodáis aquel pequeño ser extraterrestre, perdido en nuestro planeta, que señalaba al cielo con su dedo luminoso y repetía su deseo más profundo: “Mi casa”. Hoy es un referente común utilizar el término “casa” para referirnos a ese lugar donde es posible vivir, crecer y amar desde la dignidad, el respeto y el cuidado de todos y todo. Pero ¡cuántas veces en las casas los más débiles sufren agresiones y abusos; cómo está asolada la gran casa que es nuestro planeta por guerras, miseria, injusticia, destrucción!

Jesús les dijo a los discípulos, al enviarles en misión, “Cuando entréis en una casa decid primero:” Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz, si no, volverá a vosotros” (Lc 10, 5-6). Nos dice el Papa Francisco en su Mensaje de Paz: Dar la paz es el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana”.

Si la paz interior tiene que ver con sabernos amados por Dios y amarle; la paz en la vida y en el mundo tiene que ver con el amor que es capaz de reconocer al otro como hermano y procurar su bien: Padre Nuestro…NUESTRO, mío, tuyo y de todos. “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”, “venga a nosotros tu reino”, “reino de paz y justicia”. La paz es un don de Dios, la justicia tarea de los hombres, expresa el Papa Juan XXIII en “Pacem in Terris”. “La Misericordia y la verdad se encuentran, la Justicia y la paz se besan” dice Isaías.

“Hágase tu voluntad” ¿Cuál es la voluntad de Dios? Dios nos ama y quiere nuestro bien. La voluntad de Dios es el bien. La clave está en que Dios quiere el bien para todos, el bien de todos, porque todos somos sus hijos. La paz que es fruto de la justicia, es la que brota de la posibilidad de que el bien llegue a todos. ¿Y cual es ese bien? El criterio de bien es la esencial dignidad de todo ser humano. Bien es lo que hace posible la vida digna.

La paz es compleja, no es mera ausencia de guerras ni tampoco el soñado paraíso de bienestar material. A la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, destaca José Manuel Aparico, tres rostros bien definidos: la justicia social, el bien común y el desarrollo humano integral. Las implicaciones, y complicaciones, sociales, culturales, políticas y económicas que ello tiene es lo que está en nuestras manos.

No es fácil discernir en común, hacer opciones, tomar decisiones. Yo me atrevería a arrojar tres pequeñas luces:

• Amar con el amor que Dios nos ama. Nuestra capacidad de amor y entrega es limitada y frágil, muchas veces viciada por el egoísmo, los prejuicios, los rencores, las envidias y codicias, o simplemente la mediocridad. Dios sólo me pide saberme amado por El y reconocer que el otro también es amado por él. Dar lo que soy y dejar que sea El quien lo haga florecer quién sabe dónde, en quién, ni cuándo.

• Vivir los valores de Dios. No hace falta asaltar ninguna biblioteca o internet para saber cuáles son. El Evangelio está a mano de todo el mundo. Compartir “No podéis servir a Dios y al dinero”; la dignidad de todos “El más pequeño es el más importante”; la solidaridad universal “¿qué mérito tienes si amas a quien te hace bien? Ama a tu enemigo”; el poder como servicio “el que quiera ser el más grande que se haga servidor de todos”.

• Ser generosos en el don. Con cabeza lúcida, pero sin darle vueltas estérilmente; con corazón abierto, a víctimas y violentos, a excluidos y tantos “fichados” que van dejando guerras, grupos armados, organizaciones delictivas; con bolsillo sin fondo, que hace de lo poco mucho porque siembre diálogo, solidaridad, reconciliación, perdón, hospitalidad.
Lo importante es no sólo pedir la paz sino hacer reales las condiciones para que sea posible. ET señalaba al cielo, sus amigos hicieron posible que llegara a “su casa”, las bicicletas fueron capaces de volar para hacer realidad aquel deseo. No nos pase como a Susanita, la amiga de Mafalda:

Quiero terminar recordando a Luisa, una niña de siete años: Un día luisa me hizo una pregunta curiosa: “¿A que la noche del viernes para el sábado es la más larga?” No supe qué contestar, tampoco sabía a qué venía la pregunta. Luego me enteré de que un sábado al mes Luisa visita a su madre en la cárcel y no duerme la noche anterior esperando nerviosa ese momento.

Para tantos que viven muchas noches largas, alguna interminables…hay un Padre que, cuando oscurece, les toma en brazos y les bendice, un Padre que se conmueve con cada lágrima y sufrimiento, un Padre que confía en la fraternidad de todos los que se saben hijos suyos y pueden hacer que haya un mañana para ellos.