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León XIV anima a las monjas dominicas a afrontar el futuro desde la vocación y no desde la supervivencia

5 de octubre de 2026

El Papa recuerda que la vida contemplativa es «el corazón latente» de la misión y pide a los monasterios escuchar qué les pide hoy el Espíritu

El papa León XIV recibió el pasado 30 de septiembre, en la Sala de los Papas del Palacio Apostólico Vaticano, a la Comisión Internacional de las Monjas Dominicas Contemplativas. Durante el encuentro reivindicó el valor de la contemplación y del silencio dentro de la misión de la Orden de Predicadores y animó a las comunidades a afrontar con esperanza y discernimiento las dificultades derivadas del envejecimiento, la falta de vocaciones y el sostenimiento de los monasterios.

«La vocación contemplativa, en el espíritu dominico y en la Iglesia entera, no se ubica en los márgenes de la misión, sino que es su corazón latente», afirmó León XIV. El Papa recordó que, desde los primeros tiempos de la Orden, las comunidades femeninas participaron plenamente del carisma dominicano mediante la oración contemplativa, el estudio y la penitencia, acompañando de este modo la predicación de los frailes.

 

El Pontífice evocó los escritos del beato Jordán de Sajonia, inmediato sucesor de santo Domingo, y el principio de santo Tomás de Aquino de transmitir a los demás el fruto de la propia contemplación. Para León XIV, esta tradición recoge una intuición profundamente dominicana: «cada palabra de anuncio, para que sea verdadera, debe tener su origen en el silencio, la escucha, la oración y una profunda relación con Dios».

El valor del silencio

Uno de los ejes centrales de su intervención fue precisamente el silencio, presentado no simplemente como una norma de la clausura, sino como una disposición que permite escuchar a Dios, conocerse interiormente y permanecer atentas a los demás.

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«Hacer silencio es un acto de la voluntad, que implica toda la persona y que ayuda a vivir relaciones sólidas, porque están animadas por la Palabra de Dios», señaló el Papa. El silencio permite crear, añadió, «espacios de libertad y de verdad» en los que prestar atención también a la voz de quienes habitualmente «no cuentan».

León XIV contrapuso esta actitud a una sociedad marcada por la rapidez y la exposición constante, «en la cual todo tiene que ser inmediatamente visible y cada vacío es llenado con rapidez». Frente a esa dinámica, pidió que los monasterios sean «oasis de verdadera y profunda paz», espacios en los que pueda acallarse el ruido exterior y ponerse a la escucha de la voz de Dios.

Más allá de un «espíritu de supervivencia»

El Papa abordó también de manera directa algunas de las dificultades que atraviesa actualmente la vida contemplativa: comunidades que disminuyen, fallecimientos que superan a las nuevas vocaciones, menor capacidad de trabajo, problemas económicos, grandes inmuebles difíciles de mantener y retos relacionados con la formación, la interculturalidad y las estructuras de comunión.

Ante estas situaciones, León XIV advirtió de la tentación de caer en un «espíritu de supervivencia», que puede conducir a las comunidades a encerrarse en sí mismas y concentrar sus esfuerzos exclusivamente en conservar las estructuras existentes.

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«Frente a todo esto, les invito a no hacerse la pregunta de cómo mantener estructuras que se vacían. Escuchen, más bien, qué pide el Espíritu, hoy, a la vida contemplativa dominica», afirmó.

El Pontífice invitó así a poner en el centro la vocación recibida antes que la gestión de las estructuras: «Antes que gestiones que realizar, hay una llamada a la que responder, un fuego que arde y que no se puede dejar morir», recordó, evocando a santa Catalina de Siena.

Fieles a la tradición y abiertas a la novedad

León XIV dirigió también unas palabras particulares a las presidentas federales, cuya misión de acompañamiento a los monasterios, recordó, va más allá de las cuestiones administrativas. Sus visitas deben ser ante todo ocasiones de oración, escucha recíproca, corrección fraterna y reconciliación.

Al concluir, el Papa animó a las monjas dominicas a continuar su servicio a la Iglesia «con confianza, en la comunión y con discernimiento», permaneciendo «unidas pero sin uniformarse, fieles a la tradición y abiertas a la novedad».

Finalmente, encomendó a las religiosas a la Virgen María, invocada con el Santo Rosario, para que las ayude a descubrir «la obra invisible del Señor» y a llevar a las heridas de la humanidad «el aceite del consuelo y el vino de la esperanza».