“Yo seré su Dios...” (Jer 31, 33)

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“Yo seré su Dios...” (Jer 31, 33)


Meditación V Domingo de Cuaresma


Ante nosotros el último domingo de Cuaresma de este año. A la vuelta de la esquina, la celebración de la muerte y resurrección de Jesús. Como música de fondo, la renovación de la opción bautismal, la decisión de volver a Cristo como el único Maestro y Salvador de nuestra vida. Este tiempo ha tenido que ser más que meras reflexiones, más que “dar vueltas a lo de siempre”, sólo de manera racional o simplemente moral. Más que quedarnos en un querer que pronto se desvanece. Esta Cuaresma que acaba ha debido despertar en nosotros algo más profundo, en el nivel del deseo y de las decisiones fundamentales.

“Yo seré su Dios”. Es lo que ha repetido el Señor ante cada desplante de Israel a lo largo del Antiguo Testamento. En lugar de enfurecerse o buscarse otro pueblo, su decisión volvía a ser abrir los brazos, renovar el amor, empezar de nuevo, mantener la promesa. El amor, si se rinde, no es amor auténtico. En el contexto de la deserción de los gobernantes y del pueblo de Israel ante el destierro de Babilonia, el profeta Jeremías nos presenta a un Dios que sigue dando esperanzas, abriendo a la amistad como su palabra última y definitiva. En Jesús, el amigo de la humanidad, sabemos que la alianza alcanza su plenitud.

“Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”, escuchamos en este siglo XXI, líquido, secularizado y en cambio radical, mientras nos preocupa como creyentes lo apagado que está el deseo de Dios en nuestros contemporáneos. O eso creemos. Porque en este tiempo distinto seguimos amando, soñando, sintiendo y sufriendo como siempre ha hecho el ser humano. Y haciéndose preguntas que quedan en el aire. Guardando en el corazón los mismos interrogantes sin respuesta, las mismas inquietudes de una vida más plena, las mismas grietas y fracturas que nos recuerdan el ser incompleto y frágil que seguimos siendo. 

“Una alianza nueva” es la de Dios. Como nuevo es el tiempo (todos los tiempos lo son) en el que habitamos. Y las comprensiones de la realidad, los lenguajes que lo definen y acotan, las costumbres y hábitos que vamos alcanzando, a veces entre desaciertos, las perspectivas que tenemos ante lo que está por llegar, las decepciones que marcan esta época... La alianza, la relación de amistad, la mano tendida de Dios a este mundo, se adapta a nuestro tiempo y supera las mediaciones de siempre. Él quiere ser amigo también de esta generación, y esta generación, a pesar de todo, no prescinde de Dios. Otra cosa será el papel de las mediaciones, siempre caducas, que sirven de cauce a su proyecto de amor y que necesitan ser sin duda actualizadas. En el nuevo contexto de la dolorosa deportación a Babilonia, que supuso un cambio radical de mentalidad para los israelitas, Dios se dio a conocer con más fuerza, abriendo una nueva etapa en la relación con su pueblo. 

Las antiguas ofertas de alianza se han quebrantado siempre, como se queja Dios por medio de Jeremías. Pero esta nueva, ajena a símbolos externos o a cumplimientos morales, grabada con la verdad del amor auténtico en el corazón humano, ésta no tiene fecha de caducidad ni cláusula de liquidación. La promesa de amistad de Dios ahora sí que es para siempre por medio de su Hijo, y no se agota en la fragilidad de las mediaciones. Este tiempo nuestro, más nuevo que cualquier otro, está en condiciones de acoger esa alianza “nueva”. 

“Todos me conocerán”, y lo harán a través de experiencias tan humanas como el perdón, la compasión, la misericordia y la bondad. En ese lenguaje, profundamente universal, se sella la promesa de amistad de Dios. Por tanto, ese espacio interior, tan íntimo y en el que todos nos reconocemos, se convierte en lugar de alianza y promesa, templo y lugar de encuentro con el Dios que quiere seguir dialogando con la humanidad. 

Para la reflexión personal

¿Puedo vislumbrar el camino personal que he recorrido en esta Cuaresma? ¿Qué me queda de importante, qué me ha aportado de especial? ¿Hasta qué punto me ha ayudado a renovar mi compromiso bautismal, mi opción por el Dios de Jesucristo?

¿Cómo me llevo con “lo nuevo”? Me puede inquietar o asustar, o me puede entusiasmar y despertar sentimientos positivos… ¿Qué visión tengo de la época en la que vivo, de los cambios que en ella se producen? ¿Soy capaz de reconocer, en algunos signos concretos, que las personas de este momento histórico tienen necesidad de disfrutar de la amistad de Dios? No se puede ofrecer otro Dios diferente al de Jesús, el Dios, amigo de la vida (Sb 11, 26). ¿Lo vivo y lo transmito así? 

Los momentos difíciles, en la Historia de Israel, dieron lugar a la confesión más profunda y vital de la fe en Dios. ¿Cómo me llevo yo con mis momentos personales más duros o frágiles? ¿Puedo reconocer que son tiempo de gracia para agarrarme a Dios con más fuerza? ¿Tengo la esperanza de que puede ser también así en esta época histórica de la humanidad? 

Las mediaciones que envuelven la fe y la respuesta personal a Dios, varían, se modifican, no son eternas. Jesucristo, la mediación definitiva de Dios, perdura para siempre. ¿Me hago consciente de la necesidad de responder a Dios con el lenguaje humano de esta época? ¿No tengo la tentación de “encorsetar” mi respuesta a Dios en mediaciones que hoy no me dicen nada? ¿Qué experiencias humanas son lenguaje por el que Dios sigue hablando a la humanidad?

Oración


“Quisiéramos ver a Jesús…” (Jn 12, 21)

Me pasa como a aquellos griegos
que solo sabían de ti por lo que habían escuchado a otros.

Y sólo conocían tu fama, tus milagros, tus hechos prodigiosos,
y entendieron que eras un movilizador de masas sin más,
un tipo interesante sin más pretensiones…

Pero les quedaba la duda.

Les podía el deseo de estar contigo,
de mirar tu rostro, escuchar tu voz, tocar tu cuerpo.

Yo también quiero verte.

Pasar de un Jesús del que me lo sé ya todo
y volver a sentir al Amigo que me remueve interiormente,
al que experimento entre la fe y la certeza,
y me hace sentir verdaderamente amado.

Quiero verte, Jesús.

Experimentar cómo me habitas, y me puedes,
y me amas, y me empujas
y me sacas de mí, de mis encierros y fantasías,
y me llevas a vivir en ti, el Amigo siempre nuevo.


Fr. Javier Garzón O.P.