Sobre el rigorismo y la vía mística

Sobre el rigorismo y la vía mística

Jesús nos pide a todos docilidad interior. Aceptar pasivamente que Él nos lleve a donde quiere. Es el camino místico. Un camino que nos introduce en una densa tiniebla, en un oscuro túnel. Por eso muchos deciden dar media vuelta y seguir donde estaban, seguros en su propio camino. Pero algunos valientes se abrazan a su cruz y, con ayuda de Dios, llegan hasta el final del túnel. Sólo éstos experimentan la unión con Dios. Sólo éstos experimentan la resurrección interior.


Cuentan de una Hermandad monástica que estaba constituida por quince monasterios. En su mayoría se trataba de comunidades boyantes, con numerosos y piadosos jóvenes que habían entrado en la vida contemplativa para alabar y bendecir a Dios.

Pero, curiosamente, el monasterio que tenía fama de ser el más riguroso y ascético, hacía años que sufría una profunda crisis. Ya habían olvidado aquellos tiempos cuando los monjes oraban alegremente y se respiraba amor en el habiente comunitario. Desde hacía mucho tiempo no ingresaban nuevas vocaciones.

A pesar de eso, este monasterio destacaba por ir un poco por libre dentro de la Hermandad, pues consideraba que el resto de los monasterios se habían alejado del carisma fundacional. Pero dada su agónica situación, llegó un momento en el que la comunidad reunida en Capítulo decidió abrirse a la Hermandad y pidió que les enviara algunos monjes voluntarios que pudieran hacerse cargo de ciertos servicios comunitarios. Después invitaron al Hermano Mayor a asistir a un Capítulo para que en él les expresara la respuesta de la Hermandad.

El Hermano Mayor acudió amablemente al Capítulo. Se trataba de un monje muy anciano que tenía fama de sabio, por eso no se esperaban de él esta sorprendente respuesta:

Hermanos, vuestra soberbia os ha conducido a esta calamitosa situación. Es la soberbia del fariseo de la parábola, que mira con desprecio al publicano en el Templo. Pensabais que con vuestra rigurosa vida ascética llegarías más cerca de Dios que nadie, y sin embargo, ya lo veis, os habéis quedado a medio camino, mientras otros monasterios son un verdadero signo del Reino de Dios.

»La ascesis es buena e importante. Sin ella, sin el esfuerzo personal, no es posible seguir a Cristo. Pero, hermanos, la ascesis ha de ayudar a la mística, no ahogarla. Estabais tan preocupados en marcar los rigores de vuestro camino, que os olvidasteis de que Jesús es el verdadero Camino. Vuestra rigurosa ascesis os ha llevado hasta donde vuestras fuerzas humanas han alcanzado, mientras que la mística ha llevado a otras comunidades a ser un signo del Reino de Dios. Sabéis que la vida monástica no consiste en hacer nuestra propia voluntad, aunque ésta sea muy recta y piadosa, sino la voluntad de Dios, aunque a veces resulte misteriosa.

»Los monjes somos ante todo místicos, es decir, personas dóciles a la voluntad divina, personas que siguen mansamente a Jesús. Eso requiere ascesis, pero sólo la justa. Sin embargo vosotros, con vuestra prepotente rigurosidad, habéis pretendido decir a Jesús por dónde había que caminar. Y os habéis extraviado.

Tras una breve pausa, en la que el Hermano Mayor hizo un recorrido con su mirada para ver el rostro de los monjes, prosiguió:

‒Pedís ayuda a la Hermandad, y ésta os la dará, pero no la que vosotros pedís, sino la que considera que más se acomoda al Evangelio. Tras un profundo discernimiento de la voluntad de Dios, el Consejo de la Hermandad ha decidido enviaros monjes, pero no «voluntarios» sino sólo aquellos que nosotros consideremos más oportunos, no para hacer «ciertos servicios», sino para tomar las riendas del monasterio. Hermanos, si queréis ayuda tendréis que aceptar que se os envíe un abad, un maestro de novicios, un ecónomo y un encargado de la liturgia.

»A una comunidad que está en una profunda crisis no se pueden enviar «voluntarios», pues éstos acabarían también hundidos en la crisis, sino sólo a aquellos monjes que el Consejo de la Hermandad considere que son los más apropiados para los puestos de responsabilidad. Es decir, hermanos, os estamos ofreciendo el camino místico, el camino de la docilidad. Es un camino doloroso, lo sabemos, pero sólo él os llevará a las más altas cumbres espirituales.

La comunidad de monjes se quedó atónita ante tal respuesta. No la esperaban. Se sentían profundamente humillados, heridos e insultados. Según salió de la sala capitular el Hermano Mayor, la comunidad quedó en silencio. Y el abad decidió aplazar para el siguiente Capítulo la decisión que la comunidad debía adoptar al respecto.

Llegó el Capítulo y, como se esperaba, fue tremendamente crispado. Algunos monjes daban golpes en la mesa y vociferaban diciendo que aceptar la propuesta de la Hermandad sería la muerte para el monasterio. Entonces el cocinero tomó la palabra y dijo con voz muy tranquila:

‒Hermanos, ¿qué hizo nuestro Señor cuando su Padre le pidió que diera su vida en la cruz? Sabéis que no le gustó ese camino. Sudó sangre y suplicó no tener que beber de ese cáliz, pero al final prefirió que se hiciera la voluntad del Padre, no la suya. ¿Hay algo más humillante y doloroso que morir en la cruz…? Pero, hermanos, recordad que Jesucristo después resucitó.

De nuevo la comunidad se quedó en silencio. Entonces el abad decidió que era el momento de votar, y la comunidad votó mayoritariamente aceptar la propuesta de la Hermandad.

El Consejo de la Hermandad cumplió con su promesa y les envió a los monjes más capacitados. Éstos cambiaron las costumbres y la espiritualidad de la comunidad. Al principio fue dolorosísimo, pero poco a poco todo cambió.

Y el monasterio resucitó, y pasó a ser, verdaderamente, un ejemplo para el resto de la Hermandad.

 

Jesús nos pide a todos docilidad interior. Aceptar pasivamente que Él nos lleve a donde quiere. Es el camino místico. Un camino que nos introduce en una densa tiniebla, en un oscuro túnel. Por eso muchos deciden dar media vuelta y seguir donde estaban, seguros en su propio camino. Pero algunos valientes se abrazan a su cruz y, con ayuda de Dios, llegan hasta el final del túnel. Sólo éstos experimentan la unión con Dios. Sólo éstos experimentan la resurrección interior.

Fr. Julián de Cos Pérez de Camino