El tejedor compasivo

El tejedor compasivo

Dice san Pablo en su Primera Carta a los Corintios: «Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte» (1Cor 1,27).


 

En una pequeña aldea habitaba Jaim, un humilde fabricante de tejidos. Aunque hacía lo posible por realizar bien su trabajo, no se le daba bien el negocio, pues era un poco torpe. Su padre había fallecido cuando él era pequeño, y no pudo transmitirle el bello arte de tejer paños. Así que tuvo que hacerse cargo del taller de su padre como buenamente pudo.

Un día de frío invierno, por la noche, Jaim estaba sentado frente a la chimenea, cuando una mujer llamó a la puerta muy alterada:

‒¡Un niño acaba de nacer y necesita una manta para abrigarse!

‒¿Pero cómo es eso, si ninguna mujer del pueblo espera dar a luz estos días? ‒respondió él.

‒Se trata de una pareja de forasteros que llegó esta tarde. Ella ha roto aguas y no han encontrado más morada que un establo cerca del río.

A Jaim le dio mucha pena aquel bebé que estaba pasando frío, así que, lleno de compasión, se puso manos a la obra. Rápidamente preparó el telar, cogió un manojo de buena lana y se puso a tejer lo mejor que pudo, pensando en ese pobre niño. Y en menos de lo que esperaba ya tenía hecha una pequeña mantita.

Salió de casa y bajó hacia el río para ver si encontraba el establo. Pero no le costó dar con él, pues de camino vio a más gente que se dirigía hacia allá. Al llegar encontró a varios pastores que estaban adorando al bebé y se quedó extasiado al escuchar el bello canto de unos ángeles que volaban formando un coro sobre el establo. En lo alto brillaba una estrella bellísima. Entonces uno de los pastores le dijo:

‒¡Ha nacido el Salvador!

Jaim se metió entre la gente y llegó hasta la joven Madre. Estaba un poco avergonzado. Dándole la mantita, le dijo:

‒Disculpe por no traerle algo más digno para su Hijo, he hecho lo que humildemente he podido, no soy más que un torpe tejedor que trabaja con más cariño que destreza.

La Madre cogió la mantita con ternura, arropó con él a su Hijo y éste esbozó una sonrisa bella y luminosa. Y ella le dijo al tejedor:

‒Querido amigo, has traído el regalo que más le hacía falta a mi Hijo: tu amor. Esta manta es blanda, cálida y muy bonita. Es la mejor manta del mundo, mira lo a gusto que está mi Hijo. Muchas gracias. De verdad. Te lo agradecemos mucho.

Y cuentan que desde ese día, Jaim se puso a tejer mantas con el mismo amor con el que hizo la mantita para Nuestro Señor. Y sus mantas se hicieron famosas. Comerciantes de lugares tan distantes como Arabia, Persia y Egipto pasaban por Belén para comprárselas.

Pero, a pesar de la fama y el dinero que ello le reportó, Jaim tuvo siempre un corazón humilde y compasivo, pues había conocido al Salvador, y éste le había tocado el corazón.

 

Fr. Julián de Cos Pérez de Camino