Dom
5
Ago
2018

Homilía XVIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

Señor, danos siempre de ese pan

Pautas para la homilía

Una peregrinación sembrada de dificultades... y de satisfacciones

El camino de la vida está sembrado de dificultades, como sabemos por nuestra propia experiencia y la de tantas otras personas. Y las quejas que proferimos por ellas son razonables y en gran parte inevitables. Más aún: si observamos la Biblia, percibiremos cómo la confianza en Dios se expresa precisamente en una infinidad de lamentaciones que el pueblo le dirige en las más variadas circunstancias.

Sin embargo, no sólo hay dificultades a lo largo de la vida. Hay también multitud de ocasiones en que disfrutamos de pequeñas cosas: una palabra oportuna en momentos de angustia, una caricia afectuosa de alguien que nos quiere sinceramente, una compañía amable cuando nos sentimos solos,...

¿Sabremos agradecer esos sencillos y entrañables regalos, igual que sabemos mostrar nuestro disgusto cuando algo va mal? ¿Y sabremos remontarnos, más allá de esos donantes benévolos, al Dios providente dador de todo bien? El acoge nuestras cuitas con infinita paciencia y dulzura. ¿Le daremos también la alegría de acoger nuestro reconocimiento y nuestra alabanza por tanta misericordia derrochada con nosotros?

Cambiar criterios envejecidos por criterios renovadores

Hoy muchas personas carecen de una tradición cristiana familiar o social. En principio, esa carencia explica que sus criterios se hayan formado al margen de la mentalidad cristiana y carezcan de una referencia a los valores evangélicos. No obstante, hay que reconocer que a veces su visión del mundo y su comportamiento nos admiran, y nos asombra saber que, a veces, ni siquiera son creyentes.

Muchos de nosotros tal vez sí procedemos de una tradición cristiana arraigada, pero tenemos que reconocer que hemos perdido vitalidad con el paso del tiempo y por el influjo del ambiente. Necesitamos recuperar la fuerza de nuestra fe y la capacidad de transmitir vida en nuestro entorno.

Como nos advierte san Pablo, Cristo nos "ha enseñado a abandonar el anterior modo de vivir", "a renovarnos en la mente y en el espíritu", acogiendo la presencia y la inspiración del Espíritu de Dios. Éste nos habrá de llevar a vivir de acuerdo con nuestra verdadera condición de hijos de Dios, creados a su imagen. Es decir, a preocuparnos por vivir la santidad, a la que nos ha invitado recientemente el papa Francisco, que nos asegura que esa santidad está al alcance de todos en nuestra vida cotidiana.

Descubrir a Jesús y su mensaje

El camino para vivir esa santidad no es otro que Cristo mismo. En la liturgia de hoy Jesús reprocha a los que le buscan que lo hagan por intereses materiales, porque les ha dado de comer. Y les invita a buscar el alimento que da vida eterna, es decir, una participación de la vida misma de Dios.

La fe es la que procura ese tipo de alimento, una fe que afirma que Jesús es el enviado de Dios y lo acepta como tal, tratando de seguir sus enseñanzas. Él es el pan bajado del cielo, que evoca la providencia de Dios en el desierto mediante el maná, pero que proporciona no sólo la supervivencia, como aquél, sino una vida en plenitud ya ahora y la promesa de vivir para siempre en el reino definitivo de Dios.

Seguir a Jesús es saciar nuestra hambre y calmar nuestra sed. Dos necesidades fundamentales cuyo remedio es esencial para poder vivir. Y sólo Jesús puede satisfacer plenamente esas necesidades. ¿Sabremos discernir esa hambre y esa sed en nuestra vida de cada día? ¿Y sabremos acudir a la única fuente que puede saciarlas?