Dom
21
Dic
2014

Homilía IV Domingo de Adviento

Año litúrgico 2014 - 2015 - (Ciclo B)

El Espíritu Santo vendrá sobre ti,

Pautas para la homilía

  • “El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David”.

El Adviento es tiempo de preparación y de esperanza. Hay gran expectativa con respecto a lo que viene. Lo conocemos bien, pero no sabemos como nos va a sorprender esta vez. Cada año se renueva en nosotros la necesidad de un cambio y, sin duda, poco a poco experimentamos el deseo, siempre insuficiente, de ahondar la fe y la confianza en Jesús. Éstos están siendo años difíciles y duros para confiar, por eso, más que nunca, las preguntas se nos amontonan. No tienen respuesta fácil ni tampoco inmediata, pero deseamos y esperamos tener la creatividad suficiente para descubrir nuevos caminos con una renovada apertura a la Vida.

El adviento es comienzo esperanzado, por ello no es extraño que sea una virgen, una mujer en su pubertad, quien encarne el inicio de esa historia de la vida nueva. Nacemos inmaduros y dependientes, tenemos que aprenderlo todo, pero por esa misma razón somos potencia y posibilidad. Un anatomista holandés, Ludwig Bolk, decía que las personas son animales que se quedan en una condición fetal, y es esa permanente infantilidad el fundamento de nuestra cultura y nuestra creatividad. No se entienda por esto que nuestra situación ha de ser emocionalmente inmadura, sino, más bien, abiertos a lo nuevo, libres del prejuicio de lo que condiciona y cierra nuestra confianza. María nos enseña que no siempre somos dueños de nuestra vida, pero si coautores de nuestro destino. Hay un factor que depende de nosotros: hacer de nosotros una creación en la que haya lugar para otros; pero esta revelación se nos desvela caminando. ¿Hacia donde?, no lo sabemos, pero tenemos que descubrir nuestros pasos. Si no confiamos en nosotros, ¿cómo vamos a confiar en los otros?

La imagen de María escuchando al ángel nos sugiere algo fundamental: nos hacemos a fuerza de aceptar, de fecundar. Es una actitud más que una voluntad: hay que abrir los ojos y descubrir donde hay que mirar para aprender a ver y escuchar la Vida. Dios no es la respuesta a una pregunta, es Aquel que nos abre y nos toma. La actitud frente al plan de Dios es más (¿femenina?) de escucha y de cuidado. En este sentido, la Verdad es la que nos busca.

María se deja fecundar, sobrecoger; dejó que la experiencia de Dios la encontrase. A partir de aquí, fue apertura y aceptación. Por eso, es la fuerza vital, el impulso que crece y hace crecer, la juventud, la madre, lo nuevo, la potencialidad y la fuerza donde arraiga la Vida.