Jue
18
Abr
2019

Homilía Jueves Santo

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Yo he recibido una tradición del Señor que os he transmitido

Pautas para la homilía

“Yo  he recibido una tradición, que procede del Señor  y, que a mi vez os he trasmitido”.  Con estas palabras comienza la lectura de la epístola de la liturgia de hoy. En efecto, en la liturgia de hoy se trata de tradiciones, de una cadena de tradiciones.

Pablo nos da cuenta de la tradición de la Ultima Cena de Jesús con sus discípulos – lo que hoy celebramos -. Una cena que se convierte en un memorial del Señor, y que, a su vez, se inscribe en el contexto de la celebración de una tradición anterior, aquella que nos relata el pasaje del libro del Éxodo, a saber, la institución de la Pascua judía sobre la base de los acontecimientos que llevaron a la liberación del pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, concretamente, la plaga de la muerte de los primogénitos por mano del ángel exterminador, también establecida como memorial.

Tradición resuena mucho en castellano a la palabra traición, y es que, ciertamente, las tradiciones pueden tergiversarse y traicionar la realidad originaria que las dio vida, y de dónde se obtienen su sentido originario. Las tradiciones pueden perder la memoria, pero también su razón de ser cuando se descubre el carácter mítico que acompaña a muchas tradiciones.

La exégesis moderna nos indica que el acontecimiento que narra el relato del Éxodo del hoy – esa terrible plaga – corresponde más a un relato de carácter mítico que a un acontecimiento histórico científicamente comprobable. De hecho, probablemente, el pueblo hebreo no estuvo esclavo en Egipto en el modo en que se relata ni, por tanto, fue necesaria una liberación de Egipto que diera lugar al Éxodo desde Egipto a la tierra prometida. ¿Este descubrimiento no desvirtuaría la tradición celebrada por el pueblo judío como memorial y, con ella, la misma Pascua celebrada por Jesús y la lectura que desde ese contexto le atribuimos?

No cabe duda de que toda tradición es un constructo humano, originado en un momento dado y que responde a determinados motivos y situaciones de ese momento histórico.  Pero, siendo esto cierto, una tradición se constituye en un momento fundante en una sociedad concreta. Máxime una tradición de tanto peso como la Pascua judía, que se convierte en un hito en la constitución de la  comunidad judía en torno a una experiencia fundante. Podremos relativizar los elementos que dan forma a la tradición pero será difícil negar la experiencia que ha dado lugar a la tradición. Es esta experiencia la que da sentido al acontecimiento que se celebra y a su celebración actualizada en las generaciones venideras. Una experiencia, en este caso, de liberación que aglutina y conforma a un pueblo que se percibe liberado por la mano Dios de la dominación de los hombres. Poco importa que sea de Egipto o de un pueblo mesopotámico (realidad más probable como contexto histórico).

Ahora bien, ¿tendría sentido seguir celebrando esa experiencia de liberación en el siglo I, cuando los judíos se encuentran nuevamente dominados y oprimidos por otro imperio, esta vez el romano? ¿No sería una celebración frustrada? Quizás, por el contrario, es el contexto más auténtico para renovar, en medio de la opresión, la fe puesta en un Dios que nos liberó  y nos seguirá liberando.

En este sentido, hay que tener en cuenta que las tradiciones, al igual que se crean en un contexto histórico dado, se recrean y transforman con el cambio de condiciones para seguir teniendo sentido. La experiencia de la historia – particularmente la del pueblo judío – da cuenta de que las situaciones de dominio, opresión y esclavitud de unos sobre otros son una constante en la historia y en la vida de los hombres. La tradición de la Pascua judía confirma este punto: refiere esta realidad, pero, su vez, abre a la confianza de poder superar por mano de Dios esas situaciones cuando vengan; pero, por sí, esta tradición no acaba con el problema.

Esta tradición, reformulada por Jesús, en cambio, se dirige al fondo del problema: poner fin a la esclavitud de unos sobre otros, dando la vuelta a la situación: poner fin al dominio y a la esclavitud supone el que todos y cada uno nos transformemos voluntariamente en esclavos de los otros, sirviéndonos unos a los otros.

De nuevo, una experiencia fundante, pero no de un pueblo-nación, sino de una comunidad de hermanos. Dios ha liberado al hombre no sólo del dominio, sino del deseo de dominar. Esta es nuestra verdadera tradición, que renovamos todos los años, para que no olvidemos quiénes somos y de dónde venimos: somos servidores nacidos de aquel que nos sirvió primero entregándose a sí mismo.