Dom
15
Mar
2015

Homilía IV Domingo de Cuaresma

Año litúrgico 2014 - 2015 - (Ciclo B)

El que hace la verdad, se acerca a la luz

Pautas para la homilía

  •  La verdad de Dios: Primera lectura (segundo libro de las Crónicas 36. 14-16: 19-23)

Según la historia bíblica, los antiguos esclavos en Egipto entraron en la región de Canaán con la experiencia de Dios que, “movido a compasión”, intervino para liberarlos. Esa memoria les impulsó a combatir la idolatría o falsos dioses que amparaban y encubrían la codicia de los poderosos generando en aquellos pueblos cananeos la injusticia y explotación de los pobres. El monoteísmo surgió no como fruto de un discurso metafísico sino desde la experiencia en un Dios ético. Ello explica que, a la hora de organizarse dentro de la región, se repartirá la tierra según el número de miembros en cada tribu y no hubiera jefes ni reyes; la primera legislación de aquel pueblo buscaba una sociedad justa donde todos gozaran de los mismos derechos, y los pobres no quedasen abandonados. A pesar de los saludables avisos del profeta Samuel sobre los males acarreados por la monarquía, el pueblo hebreo influenciado por los otros pueblos quiso tener sus reyes. En efecto, con la monarquía vino la corrupción del poder, la invasión de de los caldeos, la destrucción del templo de Jerusalén la deportación de sus líderes al destierro. Pero llegó el imperio persa y su rey Ciro a quien “el Señor, rey de los cielos”, encarga edificar el templo de Jerusalén.

¿Cuál la lectura teológica de estos acontecimientos? Lo peculiar de la historia bíblica es la revelación de Dios, misterio inefable siempre mayor, es que acompaña siempre a los seres humanos y a la creación entera en su andadura por el tiempo. La verdad Dios en la Biblia es el amor fiel y estable, la compasión. Es alguien que no se impone nunca por la fuerza; que acompaña siempre con entrañas de misericordia; que no es hipócrita, que se mantiene fiel en el amor, que es digno de confianza. Dios expresa su verdad en acontecimientos y palabras. Su manifestación última en la historia es Jesucristo a quienes sus mismos adversarios reconocen: “Maestro, sabemos que eres veraz, que no temes a nadie, que no te fijas en el rango social y apariencia de las personas, sino que enseñas el camino de Dios en verdad” (Mc 12,14). En la convicción firme de que Dios es compasivo y protector de su pueblo, símbolo de toda la humanidad, está presente y activo en todos los momentos y en todas las situaciones de la vida humana, se comprende la interpretación teologal incluso de un mal como fue el destierro para que despertara el pueblo a su vocación original. La verdad de Dios se manifiesta no sólo en sus enviados o portavoces como son los jueces y profetas del pueblo hebreo. También, como es el caso de Ciro el emperador persa, en todos los seres humanos que se abren a esa presencia misericordiosa de Dios y son portadores de liberación para los otros.

José Saramago, premio nobel en literatura, escribió una breve novela “Ensayo sobre la Ceguera”, destacando que la cultura actual, va creando un modelo de persona, productora, consumidora y depredadora que se instala en la superficialidad. No tiene lesión fisiológica en los ojos, pero su mirada se pierde como en un mar de leche y está sufriendo “•una ceguera blanca” que le impide ver la realidad tal cual es. Pues bien, lo más real de la real de la realidad es la presencia de Dios, tantas veces ignorada. Una presencia de misericordia que a todo da vida y aliento. Y esa verdad de Dios está presente incluso en nuestros males y en los lados oscuros de nuestra existencia. Siempre como “Abba”, poder invencible que se manifiesta como misericordia. Es decisiva esta fe o experiencia, que Jesús de Nazaret plasmó de modo único en su conducta, y así es Primogénito de los creyentes. Escuchando lo que nos dice el papa Francisco en la exhortación “El gozo del Evangelio”, en este tiempo de Cuaresma vivamos el gozo de que la verdad de Dios “su ternura no se ha agotado, se renueva cada día”

  • La verdad del ser humano (Segunda lectura: de la Carta de la Carta a los Efesios, 2,4¬-10)

Por cultura entendemos un modo de interpretar y organizar la vida. En cada cultura hay unas creencias y unos criterios valorativos de las personas. En los inicios de la cultura moderna, la persona fue valorada por su mayoría de edad a la hora de tener juicios propios sin bajar la cabeza sin más ante lo que otros dicen. Ya es conocido el lema del pensador Descartes en el s. XVII: “pienso, luego existo”. Después, sobre todo en esa etapa de la modernidad incapaz de darse nombre y por llamada “postmodernidad”, se destaca más bien la dimensión afectiva: “amo, tengo fuertes sensaciones gratificantes, luego existo”. En una sociedad adiestrada para el consumo desenfrenado, el eslogan más o menos consciente sería “compro y gasto, luego existo”.

Según lo que dice esta segunda lectura de la misa, las personas valen y tienen una dignidad inviolable “por el gran amor con que Dios nos ama”, “por su bondad para nosotros en Cristo Jesús”. Bien podemos decir: “soy amado, luego existo; “el profundo estupor ante la dignidad del ser humano se llama evangelio”. No es sólo que seamos perdonados. Lo radical y primero en los seres humanos es el amor, el ser llamados y amados gratuitamente. Fue la experiencia que, siguiendo a Jesucristo, tan intensamente vivió Pablo de Tarso. Todos son gratuitamente llamados pues la voz de Dios que habla en el sagrario de su conciencia. Los cristianos hemos percibido esa voz en la conducta histórica de Jesús, y nuestra experiencia más original es que somos amados incondicionalmente, incluso cuando somos pecadores. Como dice el papa Francisco, aún en los momentos más oscuros y difíciles permanece “al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amados más allá de todo”.

Todos necesitamos ser amados y reconocidos. Cuando nadie nos ama, nuestra vida pierde sentido, y cuando ni siquiera nos amamos a nosotros mismos, parece que la vida hay no merece la pena. Hoy tenemos la facilidad de amontonar placeres de todo tipo, pero en medio de tantas oportunidades, la falta de sentido que de algún modo anime todos nuestros pasos, incluidos los duros trances de sufrimiento y de muerte, es el cáncer que nos está matando. Vivimos en una cultura des-animada.

Cuaresma es tiempo de conversión. Pero conversión ¿a quién o a qué? Jesús de Nazaret inicia su misión profética invitando: “convertíos porque ya está irrumpiendo el reino de Dios” (Mc 1,14-15). No es conversión a una divinidad ofendida por nuestros pecados, a fin de aplacar su ira para evitar el castigo que merecemos. Eso no es tan buena noticia. La predicación del Bautista era muy amenazante, y más aún la de algunos predicadores cuaresmeros que te metían el miedo en el cuerpo y enseguida ibas a confesar para evitar posibles represalias. Jesús más bien presenta la buena noticia: Dios está interviniendo ya como amor construyendo con y desde dentro de la humanidad esa sociedad fraterna, simbolizada en un banquete de bodas al que todos somos invitados para sentarnos a la mesa común de la creación como personas libres, y participar como hermanos y amigos en la alegría de la fiesta. La conversión cuaresmal no es por miedo al castigo. Es por haber descubierto un tesoro escondido, algo que nos hace felices, y para conseguirlo, “con alegría” empeñamos todos nuestros recursos para encontrar ese tesoro que nos hace felices.

El papa Francisco hace una sugerente observación: “Hay cristianos cuya opción parece la de una Cuaresma sin Pascua”. Ya filósofos del s. XIX se declararon ateos en buena parte porque los cristianos que creían en Dios, andaban por el mundo con la cara de poco redimidos. Si de verdad creemos que el amor incondicional de Dios en favor de la humanidad ha llegado hasta soportan la cruz donde ha vencido a la muerte ¿no deberemos vivir con profundo gozo nuestra conversión cuaresmal? Según el ritual antiguo en la imposición de la ceniza se decía: “recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. La fórmula está bien y es interpelante para denunciar nuestras muchas vanidades, pero más que buena noticia, es constatación de las limitaciones que todos experimentamos. Según el ritual renovado, ahora se dice: “convertíos y creed en el evangelio”. La verdadera conversión o fe cristiana es abrirse con amor a la buena noticia de Jesucristo: Dios nos ama gratuitamente a todos sin discriminaciones. Cuando nos hacemos permeables a ese amor de Dios encarnado en la conducta histórica de Jesús, estamos en camino de la verdadera conversión cristiana.

En este tiempo de cuaresma somos invitados a vivir la verdad del ser humano y nuestra propia verdad con “la certeza personal” de que todas las personas, incluidos nosotros mismos, estamos sostenidos y afirmados “por una amor más allá de todo”. En consecuencia, no sólo somos amados y llamados cada uno en particular. Jesús llamó “a los que quiso para que estuvieran con él y pare enviarles a evangelizar” (Mc 3,14). Luego los cristianos somos llamados y convocados. No hay vocación cristiana sin convocación. Y si realmente creemos que Jesucristo es Palabra que ilumina a todas las personas, el bautizado tiene una vocación católica. Se siente convocado con todos los hombres y mujeres de buena voluntad y sincero corazón. No hay nada más opuesto a la vocación cristiana que el espíritu sectario.

Cuaresma es el tiempo de la misericordia. Para celebrar y dejarnos transformar por la misericordia de Dios, siendo compasivos y misericordiosos con todos los seres humanos y con toda la creación que continuamente brotan y se mantienen por esa misericordia. Como dice la segunda lectura de hoy “todos somos obra suya”. En una sociedad cada vez más agresiva y en una economía individualista deformada por la fiebre posesiva en todos los ámbitos se ha puesto la lógica de la comercialización, la comunidad cristiana debe actuar con entrañas de misericordia escuchando, dejándose convertir, por la invitación de Jesucristo: “dadles vosotros de comer”. Ofreced de modo creíble una conducta de la misericordia que se hace compasión eficaz ante las víctimas y compromiso con la justicia en situaciones de injusticia. En cuaresma tenemos la oportunidad de convertirnos. De interpretar y organizar nuestra existencia como servicio a la verdad o dignidad del ser humano, y de así vivir nuestra propia verdad. De tener como criterios: compartir en vez de acaparar, valorar a las personas polo lo que son y no por lo que aparentan o económicamente aportan; de ejercer el poder momo servicio a los demás y no como medio para asegurarnos sólo nosotros y nuestro gripo; para ser solidarios y no individualistas en la organización social. Por ahí tiene que ir la conversión en cuaresma.

  • En la verdad del mundo (Evangelio 3,14-21: encuentro de Jesús con Nicodemo)

El encuentro de Jesús con Nicodemo, es la confrontación de la verdad de Dios y la verdad del ser humano, con la verdad o realidad del mundo aquí representada por el rabinismo infectado de hipocresías o apariencias.

En sus escritos el cuarto evangelista presenta dos dimensiones reales en la verdad del mundo. Por una parte una dimensión positiva: “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito” (Jn 3,16). Es decir, tanto ama Dios a este mundo que continua y gratuitamente se está autocomunicando “como amigo” (Vaticano II). Por tanto cabe una mirada de simpatía y de amor al mundo. Pero también destaca otra dimensión negativa: “no améis al mundo ni lo que hay en el mundo- la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas-no viene de Dios sino del mundo” (1 Jn , 2,15-16). Esta es la verdad o realidad del mundo.

Nicodemo está viviendo esta verdad del mundo. Por una parte vive de miedos al qué dirán, de apariencias. Por eso se acerca a Jesús “de noche”, para que no le vean. Por otra parte siente atracción por el evangelio de Jesús en quien vislumbraba la presencia de Dios ¿Cómo hacer la verdad de Dios misericordia entrañable y la verdad del ser humano inseparable de Dios, en la verdad o ambigüedad de este mundo?

Jesús habla de un nuevo nacimiento en el Espíritu. El verbo griego empleado significa “nace de nuevo” y “nacer de arriba”. Un nuevo nacimiento para entrar “en el reino de los cielos”. La expresión es de los evangelios sinópticos y concretamente del evangelista Mateo. Nicodemo representa al rabinismo cerrado en sí mismo, integrado por ciegos que aparentar ser los únicos que ven. Lo explicita bien el relato sobre la curación del ciego de nacimiento (Jn c.9). Esos rabinos –cuando Juan escribe su evangelio son los fariseos- se creen dueños de la verdad e impiden que el ciego vea, es decir que sea él mismo. En ese mundo de la hipocresía y del poderío, Jesús curando al ciego de nacimiento, defiende la verdad del ser humano, su vocación creacional; es significativo el gesto de amasar un poco de barro con saliva para curar al ciego evocando lo que cuenta el relato bíblico sobre la creación del ser humano: “he venido a este mundo para que los que no ven vean” (Jn 9,39).

Y Jesús acentúa la dimensión positiva del mundo: “Dios amó tanto al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él sino que tenga vida eterna”. Según esta revelación debe cambiar nuestra forma de mirar al mundo. Está sostenido y arropado por el amor de Dios ¿por qué vamos a condenarlo sin más? El Vaticano II ratificó la alianza y la solidaridad de la Iglesia con el mundo. Y en la clausura del concilio habló de la actitud samaritana de la respecto al mundo contemporáneo.

Pero la Palabra que es luz y a todos los seres humano ilumina, no es recibida por todos los seres sino frecuentemente rechazada. Fue la conducta de aquel rabinismo cerrado que rechazó la luz del evangelio: “vino a los suyos pero los suyos no lo recibieron”. Y aquí tenemos también la verdad del mundo, su lado sombrío, generado por la concupiscencia de los ojos y la arrogancia del prepotente que cada uno llevamos dentro. ¿Cómo hacer la verdad de Dios y la verdad del ser humano en esta verdad ambigua del mundo?

“El que cree en mi no será condenado; el que no cree ya está condenado”. La fe no es sólo admitir verdades formuladas con autoridad por otros. Es ante todo y sobre todo apertura incondicional de la persona a esa presencia del “Abba” revelado en Jesucristo. Un acto complejo que implica sintonía espiritual profunda, confianza gozosa y sumisión. Sobre todo en el cuarto evangelio, creer es consentir con todo lo somos hacemos a Jesucristo, en quien la humanidad se ha hecho totalmente permeable a la presencia de Dios que es amor y no sabe más que amar.

“El que hace la verdad llega a la luz”. No se trata de ortodoxias: formular y aceptar verdades formuladas. Se trata de hacer la verdad de Dios y la verdad del ser humano en la verdad del mundo. El cristianismo es una práctica, un estilo nuevo de vivir, re-crear y actualizar en nuestra propia historia la conducta histórica de Jesús, “el que hace la verdad”. Es decir el que cada día se empeña en escuchar y poner en práctica lo que el Espíritu le sugiere en su conciencia mirando a la conducta de Jesús.

El evangelio de San Juan relatando el encuentro de Nicodemo con Jesús habla del nacimiento “del agua y del Espíritu” aludiendo al sacramento del bautismo. Se trata de un punto de partida pues toda la vida cristiana es bautismal. Necesitamos renovar cada día nuestro bautismo, nacimiento del Espíritu, memoria de Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien y curando a los oprimidos por las fuerzas malignas. La fe cristiana no existe en abstracto sino en los creyentes que caminamos en el tiempo y cada día tenemos que renovar nuestra vocación bautismal. Pero el Espíritu actúa también en todas las personas que se dejan alcanzar por su luz, muchos que no son cristianos, tienen otras creencias religiosas, o no tienen ninguna religión. En el sagrario de su conciencia, trabajada por el Espíritu, son invitados a este nuevo nacimiento.

Cuando los cristianos con todas las personas de buena voluntad que actúan según su recta conciencia, tratamos de hacer la verdad, se está fraguando ya en nuestro mundo “la vida eterna”. No es sólo para después de la muerte. La vida que nace del Espíritu es una nueva forma de vivir que significa intimidad con Dios, apasionamiento por la fraternidad, compasión eficaz ante las víctimas. Una vida inspirada y tejida en el amor que es más fuerte que la muerte: “Yo soy la resurrección; el que cree en mí aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11,26).