Vie
20
Feb
2015
Romperá tu luz como la aurora.

Primera lectura

Lectura del libro de lsaías 58, 1-9a

Esto dice el Señor Dios:
«Grita a pleno pulmón, no te contengas;
alza la voz como una trompeta,
denuncia a mi pueblo sus delitos,
a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario,
desean conocer mi voluntad.
Como si fuera un pueblo que practica la justicia
y no descuida el mandato de su Dios,
me piden sentencias justas,
quieren acercarse a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso;
mortificarnos, si no te enteras?”
En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios
y apremiáis a vuestros servidores;
ayunáis para querellas y litigios,
y herís con furibundos puñetazos.
No ayunéis de este modo,
si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo.
¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia:
inclinar la cabeza como un junco,
acostarse sobre saco y ceniza?
¿A eso llamáis ayuno,
día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero:
soltar las cadenas injustas,
desatar las correas del yugo,
liberar a los oprimidos,
quebrar todos los yugos,
partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo,
cubrir a quien ves desnudo
y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6ab. 18-19 R/. Un corazón quebrantado y humillado, oh, Dios, tú no lo desprecias

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R/.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 14-15

En aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».

Reflexión del Evangelio de hoy

  • "No te cierres a tu propia carne”

Siete veces resuena la palabra ayuno o la conjugación de su verbo, ayunar, en los 9 versículos que comprende esta lectura del profeta. Con las 6 primeras, el profeta denuncia la doblez del pueblo, la falsedad, lo equivocado de su actitud aparentemente religiosa y piadosa. Ese no es el ayuno que Dios quiere.

El punto de inflexión comienza con la séptima vez que aparece el ayuno en la lectura, el mismo Dios nos dice: “éste es el ayuno que yo quiero”, o sea, el auténtico, el perfecto.

El ayuno que agrada a Dios se basa en la liberación y en la misericordia. No es un ayuno sólo penitencial, sino centrado en las obras de misericordia. El “no te cierres a tu propia carne”, es traducido también por “no te desentiendas de tu semejante”.

Por eso al comienzo de la cuaresma, estaría bien meditar sobre cómo queremos que sea nuestro ayuno.

Ayunar, no cerrarte a tu propia carne, es dar de comer al hambriento y de beber al sediento.
Ayunar, no cerrarte a tu propia carne, es vestir al desnudo y dar techo a quien no lo tiene.
Ayunar, no cerrarte a tu propia carne, es visitar a los enfermos y a los presos.
Ayunar, no cerrarte a tu propia carne, es enseñar al que no sabe y dar consejo al necesitado.
Ayunar, no cerrarte a tu propia carne, es consolar al afligido y perdonar al ofensor.
Ayunar, no cerrarte a tu propia carne, es corregir al pecador, es sufrir las injusticias con paciencia y rezar por los vivos y los muertos.
Ayunar, no cerrarte a tu propia carne, es en definitiva, vivir la misericordia que transfigura al hombre y hace que su vida sea como una nueva aurora.

  • “El gozo del Reino”

Ni entendían los fariseos la actitud de Jesús eligiendo a Mateo, el publicano, y comiendo con pecadores públicos, ni entendían los discípulos de Juan la libertad con que los de Jesús y Él mismo se tomaban las prácticas judaicas de penitencia. Ninguno de ellos ha encontrado ni tampoco ha entrado en el gozo del Evangelio. Jesús se autoproclama el Esposo, el deseado, el que viene a renovar todo y por eso, no se pueden utilizar las antiguas formas en la novedad del Evangelio, si no se les da una nueva esencia.

Juan el Bautista había proclamado claramente que él no era el Mesías, que el que tiene a la novia es el novio y que él no era digno ni de desatarle la correa de su sandalia. Sin embargo, sus discípulos, cerrados sobre sí mismos, no admiten a Jesús como el novio, el Esposo que da cumplimiento a la esperanza de Israel.

Las lecturas de hoy nos enseñan a que no caigamos en ninguno de estos extremos: ni una religiosidad falsa y doble, ni tampoco una religiosidad ortopédica, anquilosada en sus formas, incapaz de vivir en la alegría de la novedad evangélica.

El camino hacia la Pascua está teñido también de dolor, “el novio les será arrebatado”, pero no por eso es un camino triste, opaco, angustioso. Todo lo contrario, el Novio está con nosotros y nos anima a vivir con coherencia nuestra fe.