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El pozo de Caleruega: crónica de una generación bisagra

7 de septiembre de 2026

Siete frailes dominicos comparten en Caleruega un itinerario de revisión de la propia vida, fraternidad y discernimiento en una etapa decisiva de su camino

Caleruega no recibe a nadie de paso. Quien cruza su puerta con cuarenta, cincuenta o sesenta años a cuestas y, además con hábito blanco y negro sobre los hombros, sabe que no viene a hacer turismo espiritual. Viene a asomarse a un pozo, como en el cuadro de Sieger Köder que nos acompañó desde el inicio de la mujer samaritana en el pozo de Jacob asomándose y sosteniendo la mirada sobre el brocal del pozo. Y en los pozos, como bien sabía Jesús con la samaritana, uno no mira solo el agua: se mira a sí mismo. Nos hemos asomado al pozo de Caleruega con un doble fondo: el de la propia biografía y el de los orígenes mismos de la familia dominicana como si el pozo primero siguiera dando de beber, ochocientos años después, a quienes vienen a fundar de nuevo su propio seguimiento.

A ese pozo se asomaron, entre el 27 y el 30 de agosto, siete frailes dominicos de entre 40 y 65 años, calificada como la “generación bisagra”, la que ni es joven ni es mayor, la que sostiene el puente entre unos y otros. Los guiaron, con mano firme y oído atento, fray Rafael Colomé y fray Germán Pravia.

El título del curso-taller no engañaba a nadie: Seguimiento de Jesús en la mitad de la vida. Desafíos, proceso humano y espiritual. Pero el subtítulo real, el que circulaba en los pasillos y en las sobremesas, era más sencillo y más incómodo: ¿qué hago yo aquí, a estas alturas del partido?

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Nadie mira solo el agua en un pozo: también el propio reflejo. Y quedó claro desde el principio que esta no es una cuestión de edad, sino de biografía, de camino ya recorrido: ni joven con el proyecto por estrenar, ni mayor con la vida ya sellada, sino en la hora bisagra que sostiene a unos y otros. Es una etapa que, cuando se procesa bien, hace que después se envejezca bien; y cuando se evita o se ignora, pasa la misma factura, pero al revés.

Un itinerario vital repasado sin anestesia

El itinerario (reconocer, asumir, orientarse) se trabajó con más lápiz que discurso: miradas a las propias luces y sombras, alegrías y frustraciones; un itinerario vital repasado sin anestesia; un relato simbólico donde cada uno tuvo que convertir su propia historia en parábola. De fondo, fray Juan Taulero y su imagen de la serpiente que debe restregarse entre dos piedras para mudar de piel: hay que dejarse raspar, y eso escuece.

Y de ahí, del reconocimiento y de la aceptación, se pasó a lo concreto: cada uno esbozó su propia línea de acción para el año que viene, con nombre y apellido, con comunidad y tarea reales que impiden que lo trabajado se quede en buena intención y lo convierten en camino andado.

Pero lo más hondo del encuentro no solo ocurrió en los cuadernos personales, sino también en las comidas compartidas, donde la fraternidad se hizo cotidiana y desarmada; en la escucha atenta de cada trabajo personal, donde el hermano se convirtió en lugar de escucha de Dios mismo; en los tiempos de oración que sostuvieron el proceso; y en la Eucaristía de cada día, que cerraba la jornada integrando en un solo gesto lo reconocido, lo asumido y lo orientado.

De Caleruega no se salió con las respuestas cerradas, sino con las preguntas mejor formuladas y con la certeza de que la mitad de la vida no es el principio del descenso, sino el momento en que, bien procesado, empieza a construirse de verdad la casa que sostendrá la vejez.

Y cuando el taller terminó, llegó a Caleruega un buen grupo de hermanos para el encuentro provincial. Los recibimos ya de otra manera, y ahí estaba, sin necesidad de decirla, la respuesta a aquella primera pregunta de qué hago yo aquí, a estas alturas del partido: recibimos a los hermanos más ligeros y, a la vez, más hondos, con la propia un biografía “pelín” mejor pertrechada, con los hermanos más cercanos y menos solos, con el Espíritu reconocido en gestos tan sencillos como una mesa compartida o un silencio de oración. Un tiempo, en definitiva, verdaderamente provechoso, humana y espiritualmente, para cada uno de los que se asomaron juntos, en el mismo pozo de Domingo, a su propia mitad de la vida.