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León XIV abre la Cuaresma el Miércoles de Ceniza en Santa Sabina

19 de febrero de 2026

El Papa recuperó la procesión penitencial por el Aventino con la celebración de la Ceniza en la Basílica confiada a la Orden de Predicadores desde el siglo XIII

La Cuaresma comenzó este 18 de febrero con un gesto profundamente romano y, a la vez, muy dominicano: la liturgia estacional del Miércoles de Ceniza en Santa Sabina, basílica del Aventino confiada desde hace siglos a la Orden de Predicadores.

En la primera “estación” cuaresmal, invitó a una conversión personal y comunitaria que no se queda “entre las cenizas”, sino que se levanta para reconstruir con esperanza pascual.

Antes de la misa, León XIV encabezó la procesión penitencial desde la vecina iglesia de San Anselmo, retomando el recorrido a pie por la colina que el obispo de Roma realiza tradicionalmente para abrir el tiempo cuaresmal. Estación de penitencia que en los últimos años no había podido ser presidida por el papa Francisco. En este inicio, caminaron juntos benedictinos de San Anselmo y dominicos de Santa Sabina: dos casas religiosas “puerta con puerta” que subrayan el carácter comunitario y eclesial del camino hacia la Pascua.

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El Papá León XIV por el Aventino

La escena tiene historia. La tradición de las “estaciones” —las stationes romanas— se consolidó en la antigüedad cristiana y quedó fijada en su forma clásica en el siglo VI, asociada al impulso litúrgico de san Gregorio Magno, que convirtió la Cuaresma en un verdadero itinerario por las iglesias y memorias martiriales de la ciudad.

Miércoles de Ceniza en Santa Sabina

Por eso no es casual que el primer día sea Santa Sabina: desde hace más de un milenio, la basílica figura como statio del Miércoles de Ceniza, el pórtico cuaresmal desde el que Roma se pone en camino. Y aunque el uso nunca desapareció del todo, la participación papal en esta tradición fue reavivada en el siglo XX, especialmente tras la restauración promovida por san Juan XXIII en 1959.

La elección de Santa Sabina tiene además una densidad dominicana única. La basílica, fundada en el siglo V y consagrada en tiempos de los papas Celestino I y Sixto III, fue confiada por Honorio III a los dominicos en 1222, cuando la Orden apenas comenzaba a echar raíces en Roma.

El conjunto conventual anexo está vinculado a la Orden ya desde 1219 y se convirtió pronto en un lugar clave de estudio y predicación. La investigación histórica subraya que aquí se asentó el primer “studium” dominicano en Roma, uno de los rasgos carismáticos propios de los Predicadores, su perfil intelectual. Dicho de otro modo: comenzar la Cuaresma en Santa Sabina no es solo iniciar un rito, sino que es hacerlo en un espacio que respira predicación y estudio desde los orígenes de la Orden.

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Leon XIV en el atrio de Santa Sabina

Santa Sabina no es un museo de recuerdos, es el convento donde reside una comunidad numerosa de frailes y donde trabaja la Curia generalicia que acompaña al Maestro de la Orden, sucesor de santo Domingo y principio de unidad para la familia dominicana. Por eso, cada Miércoles de Ceniza allí se unen la gran tradición litúrgica romana y la vida cotidiana de los Predicadores en el corazón de la Iglesia.

Una Cuaresma para Escuchar y Ayunar en Comunidad

En su homilía, León XIV puso el foco en el núcleo de este tiempo: la Cuaresma como comunidad convocada. Al hilo del profeta Joel, insistió en que la conversión no es un ejercicio intimista, sino una urgencia “personal y pública”: se reúne al pueblo para reconocer el propio pecado, no para buscar culpables fuera. Y lanzó una frase que marcó el tono del inicio cuaresmal: el mal no viene de “presuntos enemigos”, sino que ha tocado los corazones y pide una valiente asunción de responsabilidad.

Desde ahí, el Papa habló de “estructuras de pecado” —económicas, culturales, políticas e incluso religiosas— y describió el signo de la ceniza como el peso de un mundo que arde: guerras que reducen ciudades a escombros, heridas del derecho internacional, crisis ecológicas, debilitamiento del pensamiento crítico y del sentido de lo sagrado. Pero la ceniza, recalcó, no es la última palabra: reconocer los pecados para convertirse es ya un presagio de resurrección, una forma de no quedarse en la ruina, sino de levantarse y reconstruir.

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León XIV durante su homilía

En paralelo a esta liturgia, el mensaje cuaresmal que León XIV publicó días antes —“Escuchar y ayunar”— ofrece claves para vivir este tiempo. El Papa pidió dar espacio a la escucha de la Palabra, como primer signo de una relación verdadera con Dios y con el otro; y vinculó el ayuno con una educación del deseo que despierte el hambre y la sed de justicia, sin resignación.

Entre sus propuestas, una destaca por su concreción: ayunar también de palabras que hieren. “Desarmar el lenguaje”, renunciar al juicio inmediato, a hablar mal de los ausentes, a la calumnia; cultivar la amabilidad en la familia, el trabajo, las redes y la conversación pública.

Esa llamada encaja con lo vivido en Santa Sabina: un inicio cuaresmal que no se queda en el símbolo, sino que reclama cambios de rumbo para hacer más creíble el anuncio cristiano.

Así, Roma abrió la Cuaresma con una imagen elocuente: el Papa caminando hacia una basílica dominicana que es primera estación del itinerario, memoria de mártires y hogar de predicadores. En Santa Sabina, León XIV dejó planteada una alternativa frente a la impotencia: una Iglesia que reconoce sus heridas, escucha, ayuna, se convierte y se pone en marcha —con sobriedad y alegría— hacia el Dios de la vida.