Revista CR ‘Amor’

18 de Julio de 2017
Etiquetas: Estudio / Cultura / Teología
Revista CR ‘Amor’

“No hay nada encubierto que no se descubra, ni nada escondido que no se divulgue y se manifieste” (Lc 8, 17). La luz de la Fe, la luz del Amor, no resisten el ocultamiento. Si no queremos ver, no por eso algo no existe, sino que lo perdemos. En el camino de la vida sus piedras hablan, y no sólo catástrofes y penas, también aliento y esperanza. Nadie puede mandar callar, sólo los mentirosos, hipócritas, se atreven a hacerlo para proteger sus “dioses”. El Amor, el lenguaje de Dios y pedagogía de Jesús, nos envuelve de valor y confianza para ver y escuchar la vida, para saberse hermano de los hermanos, para proclamar una palabra, para vivir como la Familia de Dios, donde todos necesitamos ser cuidados y cuidar. Amar  

Número: 519 (Mayo-Junio, 2017)

AMOR

Si callamos ¡Las piedras hablarán!

            El amor es exigente, quiere decir, que no ve ni oye a medias. Desde esa hondura de conocimiento que nos permite el amor ¿cómo es posible callar? El amor de verdad grita las alegrías, celebra y comparte… y, por lo mismo, grita el dolor, padece y comparte… Si callamos ¿dónde está el amor?

           Cuando Jesús entra en Jerusalén, la gente y los discípulos alzan su voz para aclamarlo. Este canto de alabanza no puede ser acallado. Los fariseos hubieran preferido el silencio, y otros que ciertas voces no fueran escuchadas. Hay verdades que se manifestarán. Y si es necesario, las gritarán hasta las piedras.

            Mandar callar… ¿Por qué? “No hay nada encubierto que no se descubra, ni nada escondido que no se divulgue y se manifieste” (Lc 8, 17). La luz de la Fe, la luz del Amor, no resisten el ocultamiento. El Amor, el lenguaje de Dios y pedagogía de Jesús, nos envuelve de valor y confianza para ver y escuchar la vida, para saberse hermano de los hermanos, para proclamar una palabra, para vivir como la Familia de Dios, donde todos necesitamos ser cuidados y cuidar.

            Guardar silencio no esconde la injusticia, la persecución, el abandono, el abuso de los más débiles, la desigualdad… Guardar silencio hace más aguda y larga la agonía, el sin sentido, más largo y profundo el problema, y el que así actúa está dando la razón y apoyando al que provoca y es responsable de esa realidad que si la callamos, las piedra hablaran.

            ¿Por qué señalamos, reprendemos y castigamos al mensajero, en vez de escuchar el mensaje, el contenido de la denuncia, de la protesta, de la queja, del grito, del llanto? Lo que importa es el mensaje y éste no se detendrá. Si el miedo hace posible el silencio, otros lo levantaran y volverán a proclamar, a gritar...

            Gritaran las piedras y la cruz no es el final. Sí acaso, es locura para algunos y es sabiduría y poder de Dios para otros (1Cor 1, 18). Lo triste, la experiencia nos lo recuerda, es que sea necesaria la sangre y la muerte, como hizo falta la cruz, para tomar conciencia y despertar nuestros corazones de carne donde la misericordia y la compasión oyen el grito del necesitado como la voz del hermano que pide nuestra atención y nuestro amor.

            Antes de la cruz, el testimonio de las Escrituras es rico y no menos conmovedor detallando por lo que tuvo que pasar Jesús, el Hijo de Dios. Hay un gesto que sigue dándose entre nosotros: en el momento en que le declaran reo de muerte, ya está condenado y “entonces le escupieron al rostro, le dieron bofetadas y lo golpeaban…” (Mt 26,67)

            La realidad que vivimos, de la que somos testigos, también suelta salivazos y bofetadas. ¿A qué nos estamos refiriendo? A rostros de familias, de mujeres, de hombres, de niños, que están cubiertos de ese desprecio que significa el salivazo y la bofetada. Por qué unos son protegidos hasta el extremo (que a lo mejor es lo que se debe hacer) pero otros son tan desprotegidos hasta el extremo que se les niega el derecho a la vida, la vida digna. Hemos sido testigos de manifestaciones, de sentadas delante de instituciones públicas y ante alguna casa de algún que otro político, y lo hemos calificado de “escrache”. Hemos sido testigos de cómo familias han sido arrastradas por el suelo, echadas de sus viviendas, y…

            Amor. Si callamos… No es nuestra referencia un programa político, ni un panfleto de próximas elecciones. La referencia la tenemos en el Evangelio. El paradigma es Jesús, el Hijo de Dios, que no se sentía llamado por el Padre –su Padre, nuestro Padre- a salvar a Israel por o con un bautismo de arrepentimiento. Había decidido otra cosa y otro método o pedagogía para llevar a cabo el “Plan de Dios”: El Amor

            ¿Y a quiénes se dirigía Jesús? Según los Evangelios: a los pobres, los ciegos, los lisiados, los cojos, los leprosos, los hambrientos, los miserables (los que lloran), los pecadores, las prostitutas, los endemoniados (los poseídos por espíritus impuros), los perseguidos, los pisoteados, los presos, todos los que trabajan y se sienten agobiados, las multitudes, los pequeños, los ínfimos, los últimos, los niños… A todos aquellos que, en boca de los fariseos, eran gentuza que no saben nada de leyes.

            Seguramente acudiendo a la historia escrita podemos conocer la vida de un rey de cualquier época. Para conocer a Jesús, no nos sirve la historia escrita, tenemos que adentrarnos en este contexto dónde realmente se sitúo, se desenvolvió, opto por vivir y llevar a cabo el plan de Dios, y no fue el mundo de los poderosos. Bien sabemos que sus discípulos soñaban con lo que podía llegar a ser, lo que tenía que ser, el rey de los judíos… Pero como respondió el mismo Jesús a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo…” (Jn18, 36). Y las mismas autoridades lo llevaron ante Pilato y le acusaron: “Hemos encontrado a éste agitando a nuestra nación… “(Lc 23, 2)

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