Recursos


Revista CR: ¿Y qué tienen que ver conmigo? Todos nos necesitamos. Solidaridad

2 de julio de 2026
Revista CR: ¿Y qué tienen que ver conmigo? Todos nos necesitamos. Solidaridad

Hoy es un hecho, ya sea como grupo de poder o individualmente, la falta de consideración, la falta de reconocimiento de los demás como fraternidad, compañeros de camino, humanidad. Se parte de una conciencia individualista que arrasa con todo que entiende está impidiendo ser uno mismo; conciencia individualista: los demás son mis enemigos, los culpables, un hándicap para lograr mis deseos.

¿Dónde está tu hermano? Caín responde a Dios: “¡No lo sé!”. Lo que no sabe es quién es y dónde está a menos que sepa quiénes son y dónde están los hermanos y hermanas.

No predomina la conversación, el diálogo: “Toda la violencia del mundo, desde el primer asesinato hasta hoy, pasando por el lanzamiento de bombas atómicas, tiene su origen en el silencio sepulcral, en el rechazo de la conversación… Pero con infinita paciencia, nuestro Dios nos ofrece palabras que rompen el silencio, hasta que el Verbo se hace carne, abraza el silencio más profundo de la cruz y lo rompe en la mañana de Pascua.

“¿Dónde están tus hermanos y hermanas?” Esta pregunta se nos plantea cuando entramos en un periodo de profunda inestabilidad política y ecológica, con un aumento de la violencia, natural y política, con millones de emigrantes que huyen de la guerra y la pobreza, que mueren en tierra y en nuestros mares. ¿Nos negamos, como Caín, a escuchar sus voces: “No lo sé; ¿soy yo su guardián? Las brutales palabras de Caín se oyen hoy cada vez con más fuerza. “No lo sé y no me importa”. (Timothy Radcliffe)

“¿Y qué tiene que ver conmigo?” “¡No es mi problema!” … Son pensamientos, respuestas que marcan distancia; revelan escasa responsabilidad afectiva y, sobre todo, una actitud individualista que hace imposible unas relaciones satisfactorias.

Tenemos que salir del mundo propio, romper todo lo que abriga y pone en primera fila el ego y ponerse en camino al encuentro del hermano. Es un modo, el más eficaz, de crecer y superar el círculo cerrado del egoísmo. Madurar en la capacidad de renuncia y de liberación… imprescindible para intuir, descubrir, el encuentro con Dios que pasa por el encuentro con el hermano.

Otra pregunta en esta misma línea: “¿Y quién es mi prójimo?” (cf. Lc 10,29-37). Esta pregunta la hace un doctor de la ley y en la respuesta aparecen sacerdotes y levitas que dan un rodeo para no contaminarse, caer en la impureza tocando a un malherido y aparece un samaritano que atiende al malherido. Los samaritanos eran herejes apóstatas. Jesús nos ha puesto todo patas arriba. Lo importante no es el hecho de aceptar unas verdades, cumplir unas normas morales, quedar bien. Si no te aproximas a los demás te alejas de Dios.

No hay como creerse dios para instaurar el mal en el mundo… No hay como creerse dios para sentir desprecio e ignorar al prójimo… No hace falta hacer mucho esfuerzo para comprobar lo afirmado: presidentes de gobierno, por ejemplo, entre otros, que se creen la encarnación de dios o se creen enviados por Dios… “salvadores”. ¡Qué mentira más grande! Lo que les importa es salvar sus intereses particulares a costa de hacer daño a los demás ya sea explotándolos, ya sea eliminándolos. Y siempre son los más débiles los que sufren las consecuencias…

"¡Ay de quienes doblegan las religiones y el mismo nombre de Dios a sus propios intereses militares, económicos y políticos, arrastrando lo que es santo hacia lo más sucio y tenebroso!" (León XIV en Bamenta, Camerún -abril 2026-)

Y hablando de débiles, se puede constatar, muchas veces, cómo a la hora de la crítica, de la culpabilidad de lo que ocurre en este nuestro mundo se señala, se juzga, al más débil como provocador y, consecuentemente, nos olvidamos de los victimarios.

¿Es una fiesta, es lo más cómodo, abandonar a los tuyos, abandonar la tierra que te vio nacer, prescindir de todo aquello que te permite expresarte, comunicarte, relacionarte, que forma parte de tu cultura, lengua, religión? Abandonar tu casa… Volver a empezar, a aprender, a resituarte, encontrar tu espacio para “ser”, y saberte y encontrarte con los demás. Ser con los demás, la realidad del encuentro con los otros hace posible ser uno mismo y saber de tu realidad. Ser con los demás y salir de uno mismo, ser conscientes de los que acompañan, los otros y del mismo Dios. Cuanto más cerca estoy de mi prójimo, más cerca estoy de Dios.

León XIV, en Bamenta, dijo: Esto es un mundo al revés, una distorsión de la creación de Dios que toda conciencia recta debe denunciar y repudiar, eligiendo una vuelta en “U” —la conversión— que conduce en la dirección opuesta, por el camino sostenible y rico en fraternidad humana. El mundo está siendo destruido por unos pocos dominadores y se mantiene en pie gracias a una inmensidad de hermanos y hermanas solidarios. Son la descendencia de Abraham, tan incontable como las estrellas del cielo y los granos de arena en la playa del mar.

Mirémonos a los ojos: ¡ya somos este pueblo inmenso! No hay que inventar la paz, hay que acogerla, asumiendo al prójimo como hermano y como hermana. Nadie elige a sus hermanos y hermanas: ¡sólo tenemos que aceptarnos unos a otros! Somos una sola familia y habitamos la misma casa, este maravilloso planeta que las culturas antiguas han cuidado durante milenios.

La solidaridad actúa, lucha por la justicia. La solidaridad actúa, lucha por la paz. Un mundo solidario puede ser un mundo justo y pacífico (Carl Friedrich von Weizsäcker). Hoy precisamos de paz y justicia, somos testigos de guerras y abusos, de la imposición de los menos (los más poderosos) y del desprecio a muchos (los más débiles).

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedaran saciados” (Mt 5,6). La propuesta de Jesús: “el hambre y sed de justicia” es una invitación a mejorar la justicia humana de forma que se haga presente la voluntad de Dios. La falta de solidaridad es un dato de cuál y cómo es nuestra relación con Dios. “Si uno posee bienes del mundo y ve a su hermano necesitado y le cierra las entrañas y no se compadece de él, ¿cómo puede conservar el amor de Dios?” (1Jn 3,17). La solidaridad fortalece a la comunidad porque todos dependemos unos de otros, todos nos necesitamos. La solidaridad es posible cuando dejamos de centrarnos solo en nosotros mismos.

Los discípulos acudieron a Jesús para decirle: “-El lugar está despoblado y la hora está avanzada, despídelos para que vayan a los campos y a las aldeas vecinas a comprar algo para comer. El les respondió: -Dadles vosotros de comer.” (Mc 6, 36-37) Solidaridad.

“La palabra “solidaridad” está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos.” (Evangelii gaudium 188)

La solidaridad actúa, lucha por la paz que debe ser libre y justa. El camino de la solidaridad despierta sentimientos y emociones ante la realidad de la que estamos siendo testigos. Sentimientos de miseria humana, irracionalidad, porque ¿a dónde podemos llegar destruyéndonos?

La guerra convierte al ser humano en cosa. La guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario y así alcanzar o mantenerse con el control hegemónico (poder) sobre una sociedad, un Estado o una región. La guerra forma parte de la actividad política, es una herramienta a utilizar para conseguir el poder, anular al adversario y destruir su poder. (cfr. Maquiavelo. El Príncipe. Lo que debe hacer el gobernante para sostenerse en el poder o aumentar en el que ya tiene.)

La guerra, una forma de relacionarse que no tiene nada que ver con la solidaridad. La guerra mata la vida, anula la existencia. La solidaridad permite la existencia, transforma la vida, es consecuencia de la colaboración que se da entre las personas, colaboración que nace de un sentimiento que las mantiene unidas en todo momento, sobre todo cuando se viven experiencias difíciles.

La solidaridad es una toma de conciencia de las necesidades ajenas y la voluntad de ayudar para cubrir esas necesidades. Así es posible superar los desastres (guerras, pestes, enfermedades) ya que la solidaridad conlleva, tiene como sinónimos la adhesión, el amor, el apoyo, la devoción, la fraternidad, la hermandad y la protección. Y la solidaridad es mirar, ver a los otros con respeto, empatía, de tal manera que tomamos conciencia del estado de ánimo de los demás que nos conduce a un comportamiento más solidario.

La solidaridad evita toda separación entre “nosotros” y “ellos”. ¿La “prioridad nacional” no es lo mismo que la “discriminación por origen”? Esto es el resultado del uso de la política como poder y no como servicio; es una de las consecuencias de una convivencia, unas relaciones con los demás, desde el poder y no desde el servicio, la fraternidad.

Desde un espíritu cristiano estamos invitados también a reflexionar sobre la caridad: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado: amaos así uno a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros.” (Jn 13, 34-35) Es la hora de una nueva ”imaginación de la caridad” que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno. (Juan Pablo II)

“Ser solidario con los demás es darles la posibilidad de crecer y desarrollar una vida auténticamente humana. No se trata de dar un pescado; se trata de enseñar a pescar, algo largo y difícil pero que es la única manera de garantizar una cierta autonomía, potenciar el talento escondido en el otro y evitar una sistemática y crónica dependencia. […] Ser solidario es potenciar la autonomía del otro, creer en la persona y sus facultades, superando toda veleidad paternalista o victimista.

En resumen, no es un sentimiento superficial que conmociona al corazón. Es una determinación firme y perseverante de hacer el bien común”. (Francesc Torralba)

Ver texto