Revista CR: ¿Solamente…? Lo más es la gratitud. “Dad gracias por todo...” (1Tes 5, 18)

“¿Solamente…?” Yo esperaba más… Es una interpretación de lo que nos pasa e influye en nuestro pensar y sentir y, consecuentemente, en la forma de cómo gestionamos nuestras relaciones: creyéndonos los culpables o acusando a los demás de lo que nos acontece o, lo que es lo mismo, en forma de culpa o creyéndonos victimas de la sociedad o de la vida.
Cuando hacemos algo, un servicio, un favor, una atención, a los demás, y lo hacemos esperando una recompensa, ésta nunca parece justa, adecuada y, de ahí, el sentimiento y la expresión: “¿solamente?” Por el contrario, cuando el servicio no exige, no pide, no espera recompensa alguna, cualquier respuesta por pequeña que sea es otro mundo… Gratitud, por haber podido servir, ser útil a los demás.
Esto sería algo así como hacer de la tierra el cielo. William Blake (Poeta, pintor británico, siglo XVIII) lo expresaba así: “La gratitud es el paraíso”. Y lo mismo se puede decir, calificar, cuando se trata del servicio a los demás.
La gratitud reconoce el valor de lo que la vida nos ofrece. Así como la posibilidad de sentirse agradecido es una cuestión personal que está al alcance de todos. Bien sabemos, la experiencia nos lo enseña, que todo éxito tiene su secreto: el secreto de la renuncia, renuncia de uno mismo y reconocimiento de los demás. ¿Qué seríamos, quién seríamos, sin los otros?
Otra realidad a experimentar: cuando nos sentimos agradecidos, todas nuestras defensas caen y nos mostramos como somos, nuestra realidad, que dicho con palabras agradecidas, enamora. La gratitud como el servicio desinteresado, necesitan del amor, son amor. “Esto es lo que quiere Dios de nosotros”.
Sabemos que hay una gran diferencia entre la gratitud y la ingratitud. La gratitud cuando es un sentimiento básico es amor, reconocimiento, receptividad, intimidad. La ingratitud, sin embargo, significa frialdad, distancia, indiferencia, aislamiento. Desde la gratitud la vida es más fácil y permite comprobar que la felicidad existe.
No olvidamos, ni ignoramos ni negamos, que en la vida también tenemos experiencias y realidades nada gratas, dificultades, problemas, de los que podemos aprender y hacer de esas realidades nada gratas, nuevas oportunidades, lecciones de vida, capacidad de resiliencia. Será verdad ese viejo axioma: “Lo que viene, conviene” o como afirma Melloni: “Todo lo que necesitas está aquí; y todo lo que está aquí es lo que necesitas”. Demos gracias.
Lo más es la gratitud, que provoca alegría y ésta nos amplía el horizonte, nos lleva a proyectarnos más allá de lo que vemos. Alimenta nuestra fe y esperanza “… de modo que logréis comprender, junto con todos los consagrados, la anchura y longitud y altura y profundidad, y conocer el amor del Mesías, que supera todo conocimiento. Así os llenaréis del todo de la plenitud de Dios.” (Ef 3, 18-19)
San Pablo en su carta a los Tesalonicenses les recuerda el don del Espíritu que aparece en toda la carta: La alegría, “Estad siempre alegres” (1Tes 5,16), que debe caracterizar su vida de cristianos. Les recomienda mantener el ritmo de su oración perseverante: “rezad ininterrumpidamente” (1Tes 5,17) y la acción de gracias continua: “Dad gracias por todo” (1Tes 5,18).
¿Es la alegría la que da lugar a la acción de gracias o es la acción de gracias la que genera alegría? Sea lo que sea, sin dudar, dar gracias promueve la alegría. Por otra parte, estar alegres, estar felices nos impulsa a expresar nuestra acción de gracias. La alegría es una emoción, la acción de gracias es una actitud ante las acciones o fuentes responsables de la alegría que se sintió. Y, es que, agradecer es oportunidad de descubrir que hay muchas cosas, vivencias, gestos, relaciones, actos, presencias, experiencias, sorpresas, que nos sacan de nosotros mismos y así podemos ser conscientes, apreciar esa “realidad externa” que amplía nuestro contexto, nuestro vivir y sentir, conocer, que nos manifiesta el valor y la riqueza que son los demás y los reconocemos como dignos de nuestro amor, respeto, consideración. Agradecer es ponerse en camino de vivir como hijos de Dios.
“Agradecer es dar; dar las gracias es compartir. Este placer que te debo no es sólo para mí. Esta alegría es nuestra. Esta felicidad es nuestra. El egoísta puede alegrarse de recibir. Pero incluso la alegría es su bien y se la guarda para él solo. Y, si la muestra, es más para despertar la envidia que la felicidad: exhibe su placer, pero es su placer. Olvida que los demás pueden tener algo que ver en esta alegría. ¿Qué le importan los otros? Por eso el egoísta es ingrato: no porque no le guste recibir, sino porque no le gusta reconocer lo que debe al otro –y la gratitud es precisamente este reconocimiento–, porque no le gusta devolver –y la gratitud da las gracias–, porque no le gusta compartir, porque no le gusta dar. ¿Qué da la gratitud? Se da a sí misma: como un eco de alegría, decía yo, y por eso es amor, por eso es compartir, por eso es un don. Es placer que se añade al placer, felicidad que se añade a la felicidad, gratitud que se añade a la generosidad… El egoísta es incapaz de todo esto, sólo conoce sus propias satisfacciones, su propia felicidad, a la que vela de la misma forma que el avaro lo hace con sus tesoros. La ingratitud no es la incapacidad de recibir, sino la incapacidad de devolver –bajo forma de alegría, bajo forma de amor– un poco de la alegría recibida o sentida. Por eso la ingratitud es tan frecuente. Absorbemos la alegría como otros la luz: el egoísmo es como un agujero negro.” (André Comte-Sponville)
La gratitud es don, afirmamos, cuando es un acto de libertad; si es algo exigido, obligado, no tiene carácter de regalo. La gratitud expresa lo que los demás son para cada uno. La experiencia nos enseña que somos más felices cuando vivimos para los demás –dar lo que somos y revelar lo que llevamos dentro–, que cuando vivimos exigiendo primero a los demás para luego responder. Si nuestro objetivo está en recibir, la insatisfacción es su resultado, nunca nos parece suficiente: “¿Solamente?”
Si nos remitimos al filósofo Aristóteles vemos que su idea es que todo ser humano, por el mero hecho de serlo, desea ser feliz. Este deseo solo se alcanza cuando uno da al mundo lo que es, cuando práctica la donación de sí mismo. Por tanto, la condición para ser feliz está en vaciarse para darse: la liberación del ego es el requisito para conseguir esa posibilidad de ser feliz. El ego nos impide, es un obstáculo que dificulta todo deseo de darse porque dar es salir de uno mismo. ¿Cuál es el obstáculo para la felicidad? El obstáculo no depende de elementos externos, no son los demás, no se puede imputar a variables exógenas: está dentro del individuo, en su misma raíz, y se llama el ego.
“La persona que a mí me parece religiosamente ilustrada es la que se ha liberado, en la medida máxima de su capacidad, de los grilletes de los deseos egoístas y está entregada a pensamientos, sentimientos y aspiraciones a los que se adhiere por el valor suprapersonal que poseen”. (Einstein)
Liberarse de los grilletes de los deseos egoístas y entregarse a pensamientos, sentimientos y aspiraciones por su valor suprapersonal, más allá de lo “personal”. En esta estación, ante esta experiencia, el hecho de agradecer se impone, descubrimos quiénes somos y de qué somos capaces, como de nuestras limitaciones, gracias a los otros, a lo que está fuera…
“Agradezco a Dios ser como soy, las cualidades que me han sido dadas, los tesoros secretos que ha desempozado de mi ser y que he ido descubriendo, con paciencia, a lo largo del tiempo. También le agradezco las limitaciones y las carencias, porque son un estímulo para ponerme en movimiento, para aprender de los demás […] Le agradezco a Dios la existencia de seres que me quieren, que desean mi bien, que me lo han demostrado en reiteradas ocasiones, a pesar de mis errores. Esta experiencia, la de ser querido incondicionalmente sin merecerlo, es una de las fuentes más perfectas de felicidad”. (Francesc Torralba)
Lo contrario de la envidia es la gratitud
Hacemos presente al Cardenal José Tolentino Mendonça con una de sus breves reflexiones: El arte de la gratitud.
“La psicoanalista austríaca Melanie Klein cuanta esta historia, que vale por mil palabras: Había una vez un hombre que vivía envidiando a su vecino. Un día recibió la visita de un hada, que le ofreció la increíble posibilidad de concederle un deseo; por grande que fuera, en ese mismo instante, pero con una condición: “Puedes pedir lo que quieras, con la condición de que tu vecino reciba lo mismo pero doblado.” El envidioso, entonces, respondió: “Deseo que me arranques un ojo inmediatamente.”
La obsesión por perjudicar a su vecino prevaleció por encima de cualquier otro deseo positivo, incluso con relación a sí mismo.
Extraño sentimiento, la envidia. Y, aun así, tan presente en las relaciones humanas, tan dañina para la vida interior, tan capaz de hacer añicos cualquier entorno (familiar, laboral o amistoso). Muchas veces miramos la envidia con impotencia, como si no tuviera remedio, o incluso con cierta condescendencia, porque una cosa es cierta: ninguno de nosotros está libre, en algún momento de su vida, de caer en ella.
Encogerse de hombros, no obstante, es corroborar una derrota. Dudo que haya de ser este nuestro papel en la vida de los demás.
Kierkegaard explicaba la envidia como una admiración distorsionada, y ahí pone el dedo en la llaga. De hecho, el envidioso revista su objeto de una admiración que poco tiene que ver con la realidad.
Se imagina que lo que posee el otro (inteligencia, éxito, belleza, propiedades o cualquier otra cosa) le confiere una suerte de omnipotencia, lo coloca a salvo de la fatiga de vivir, del desasosiego y del dolor, algo completamente falso. Nos obsesiona la desmedida felicidad que imaginamos en los demás, y experimentamos esa admiración enfermiza como un agravio personal u como una injusticia, de una forma tan avasalladora que despierta un anhelo destructor irreversible, un deseo de anular al otro. La envidia es un sentimiento disruptivo con relación a la persona que posee o disfruta algo deseable, y el impulso del envidioso es eliminar o estropear lo que considera fuente de esa alegría. El otro deja de ser un amigo y se convierte en un rival.
Deja de ser una existencia autónoma y diferenciada para, en la mayoría de los casos de forma inconsciente, enredarse en los dramas, ficciones y combates fantasmales del yo. Deja de construir la posibilidad creativa de un encuentro para vivir atrapado en el resentimiento que todo lo inunda de mezquindad y sombra.
No sé si Melanie Klein tiene o no razón cuando dice que el objeto primitivo de la envidia fue el nutriente pecho materno. Para el bebé que fuimos, el pecho de la madre, con la secreción ilimitada de leche y amor, poseía todo cuanto podíamos desear. Puede que en la mente de una criatura exista la fantasía de un pecho inagotable y omnipresente, y que la envidia surja por la simple razón de que no hemos sido bien amamantados. Todos acarreamos nuestra porción de carencias amorosas; la cuestión es cómo reconocerlas, integrarlas y transfórmalas. El niño tiene que aprender a controlar su voracidad y a ver a la madre no solo como fuente de alimento. Cuando se ha establecido una buena relación, prevalece el deseo de conservar en lugar de destruir y secar.
Lo contrario de la envidia es la gratitud, íntimamente ligada a la confianza, al bien que crece en los otros, al bien que el otro es en sí mismo (independientemente de mí) y al bien que yo recibo de él. La grata experiencia que constituye el otro se convierte en una escuela de generosidad: somos capaces de compartir con los demás nuestro don. La envidia es una reivindicación estéril y desdichada. La gratitud construye y reconstruye el mundo, dentro y fuera de nosotros”. (Pequeña teología de la lentitud. Fragmenta Editorial, 2017)