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Mendicantes y solidarios: para una cultura de la solidaridad al servicio de la predicación

6 de Mayo de 2017
Mendicantes y solidarios: para una cultura de la solidaridad al servicio de la predicación

Carta a la Orden en el día de la Traslación de Santo Domingo de 2014

En un mundo con una cantidad de riqueza y una circulación de dinero sin precedentes, pero donde el abismo entre ricos y pobres crece cada vez más, la Orden no puede permanecer indiferente, ni permitir que las «lógicas del mundo» determinen las relaciones entre nosotros. Por eso, debemos desarrollar entre nosotros una «cultura de la solidaridad», auténtica y exigente, de modo que nuestra predicación esté arraigada en la búsqueda de un mundo más igualitario. Dicha cultura también puede ayudar a fortalecer nuestra unidad, que es una característica fundamental de nuestra Orden. 

Mendicancia

La Orden de Predicadores fue fundada como una orden mendicante y, aunque resulta evidente que los tiempos han cambiado, es importante recordar siempre este elemento cuando hablamos de nuestra identidad dominicana. Sabemos que Domingo era exigente de modo radical frente a la pobreza: en su época, decidió optar por un estatuto que lo hiciera solidario con aquellos que se encontraban en una situación de abandono; también insistía en no tener propiedades, sea a nivel personal o comunitario. Esto lo llevó naturalmente a adoptar el estatuto de mendicante, siguiendo el ejemplo del mismo Jesús (cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae III, 40 3). La mendicancia, además de ser consecuencia de una opción radical por la pobreza, manifiesta también la opción de vivir en dependencia de aquellos a quienes son enviados los predicadores, a imagen de la dependencia de Jesús y los primeros apóstoles cuando van en medio de pueblos y ciudades para proclamar el Reino de Dios (Lc 8, 1-3). Esta dependencia manifiesta la voluntad de asumir el riesgo que implica una cierta precariedad material, un abandono a la Divina Providencia (a imagen de Santo Domingo) y  la opción por una predicación itinerante. Por eso, cuando hablamos de solidaridad frente la misión universal de la evangelización, recordamos que es necesario apoyarse mutuamente, dentro de la itinerancia evangélica que cualifica nuestra vida (itinerancia por causa del Evangelio) y que determina nuestro objetivo: (itinerancia para llevar el Evangelio).

Por diferentes razones, no resulta nada fácil optar hoy por una precariedad mendicante. Tenemos el deber de responder a un cierto número de obligaciones, como por ejemplo, la formación de los frailes más jóvenes o una atención de calidad para los mayores, los aportes necesarios para la seguridad sanitaria o para la pensión de ancianidad, además del mantenimiento razonable de nuestros lugares de vivienda y de celebración. Si tenemos en cuenta la realidad de precariedad social que sufren muchas personas en tantos países, no sería ni sano, ni justo pretender que nos identificamos con ellos. Además, dado que existen sistemas de solidaridad establecidos entre los miembros de cada sociedad, los religiosos no pueden ponerse voluntariamente en una situación donde los demás tendrían la obligación de subsidiar las necesidades que ellos mismos podrían cubrir. Esto no quiere decir que la opción por cierta «frugalidad» y sencillez de vida no deba constituir una opción concreta para no  distanciarnos de los más necesitados, ni descubrir que nos «solidarizamos» con los ricos y los poderosos sin tan siquiera haberlo decidido realmente. Por eso, es necesario reconocer que progresivamente nos hemos ido acostumbrando a ciertos niveles de vida que nos exigen asegurar la cantidad de recursos correspondiente y que no siempre estamos dispuestos a  bajarnos del nivel de vida y de confort que tenemos en muchos países. Del mismo modo, en muchos lugares nos acostumbramos a ser propietarios de grandes bienes inmuebles y, cuando no,  buscamos serlo. Pero después difícilmente seremos capaces renunciar a esos bienes para cubrir otras necesidades más esenciales, aun cuando, a veces, necesitemos pedir la generosidad de otros para poder mantenerlos.

Por eso, no hay que quedarnos en puras palabras, más bien debemos dejarnos interpelar por un reflexión sobre la mendicancia que nos lleve a evaluar objetiva y humildemente lo que tal opción supone y a reflexionar sobre cuáles son las necesidades reales en vista de la cuales pedimos la ayuda de los demás. Debe preocuparnos, especialmente, una pregunta: ¿en qué medida nuestra relación con la mendicancia nos pone en una situación de dependencia frente a los demás, para cubrir las necesidades de nuestra vida cotidiana y en qué medida vemos la mendicancia como la manera moderna de pedirle a los demás que financien necesidades que nosotros mismos establecemos? ¿O queremos, por el contrario y de manera más justa, pedir el apoyo de los demás, aprendiendo a determinar a partir de «relaciones vivas» (LCO, 99 II) el nivel de vida que sería adecuado para nuestra misión de predicadores?...

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