El Rosario

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El Rosario


Con Cristo y con María, las meditaciones de este mes quieren recoger los gozos, sufrimientos y triunfos del Reino de Dios y de la Humanidad, considerándolos a la luz de los misterios del Santísimo Rosario.


Con Cristo y con María, las meditaciones de este mes quieren recoger los gozos, sufrimientos y triunfos del Reino de Dios y de la Humanidad, considerándolos a la luz de los misterios del Santísimo Rosario. Así lo hicieron generaciones y generaciones de fieles que en el hogar, en la parroquia, en los viajes, en las capillas o en los campos fueron recorriendo los dieces del Rosario teniendo ante su mente la imagen de Cristo y María, y en su corazón el afecto de hijos agradecidos, arrepentidos, dolientes o exultantes por el triunfo del Señor Resucitado.

Las meditaciones serán tres, como las series de misterios que, convencionalmente, nos presentan las siguientes quince escenas de la vida de Jesús.

Escenas de gozo: Encarnación del Hijo de Dios, Visita de María a Isabel, Nacimiento de Jesús, Presentación en el templo, Jesús en medio de los doctores de la ley.

Escenas de dolor: Jesús orando en le huerto, Jesús flagelado por los soldados, Jesús coronado de espinas, Jesús camino del Calvario, Jesús muerto y sepultado.

Escenas de gloria o triunfo: Resurrección de Jesús, Ascensión al Padre, Venida del Espíritu Santo, Asunción de María, Coronación de María Reina.

Desde el Monasterio de LA PIEDAD, dominicas de Palencia, ofrecemos a nuestros hermanos visitantes los siguientes temas de meditación:

Alegría en la encarnación del Hijo de Dios

Buenos días, Señor.
A ti el primero encuentra la mirada del corazón,
apenas nace el día:
Tú eres la luz y el sol de mi jornada.

Buenos días, Señor,
contigo quiero andar por la vereda:
tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
tú, la esperanza firme que me queda.

Buenos días, Señor,
a ti te busco, levanto a ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora:
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.

Así es, Señor Jesús, mi alma en la alegría de la vida, de la luz, de la esperanza, de la salvación. Y has sido tú, Señor, quien me la ha proporcionado.

Primero, al anunciarme por los profetas que un día vendrías a este suelo de ingratitudes y miserias, como fuerte Salvador, Mesías, Hermano y Amigo.

Después, al anunciarme que en el seno de una Doncella creyente, confiada, eras concebido, por obra del Espíritu, en un prodigio de sabiduría, ternura y amor.

Más tarde, al difundir la Buena noticia de que -en el silencio de una cueva- María, la esposa de José,  humilde y santo carpintero, había sido la afortunada madre que daba a luz a un niño, que era la Esperanza cumplida de Israel: el Mesías, Salvador.

A los pocos días, al acudir al Templo los esposos, José y María, para hacer la presentación y ofrenda de su Hijo, y escuchar a los ancianos que cantaban de júbilo: ¡Gloria al Señor! Porque sus manos recibían a un niño, y el Espíritu les revelaba que el Niño era la salvación de Israel y de todos los pueblos.

Y a los doce años de edad, cuando el Niño se enfrascó en las cosas de Dios, su Padre, y confundió con su sabiduría a los sabios del mundo y del Templo de Jerusalén,

declarando que el Reino de Dios se estaba inaugurando, que el mismo Hijo del Padre, poderoso y eterno, se había vestido de nuestra naturaleza y andaba entre nosotros, como hijo del hombre, que la cercanía de Dios a sus criaturas hacia de este suelo la antesala de su gloria, que todos estábamos llamados a ser hermanos, porque Dios, encarnado, se había constituido en el Hermano Mayor de millones de hermanos pequeños que podían acudir con él a la casa del Padre.

¿Cómo te agradeceré, Señor, Dios mío, haberme concedido la gracia de conocer y creer que estás tan cerca de nosotros, hecho hombre por nuestro amor?

Y ¿cómo no voy a estar alegre y feliz, si esa revelación de amor y cercanía, de luz y sentido, de anonadamiento y grandeza, me ofrece el poder tener un horizonte seguro, luminoso, en mi existencia?

Déjame repetir, agradecido:

Buenos días, Señor,
a ti el primero encuentra la mirada del corazón,
apenas nace el día...

Contigo quiero andar por la vereda de la vida...
Tú eres mi camino, mi verdad, mi vida

¡Bendito seas!

Dolor arrepentido en la crucifixión del Hijo de Dios

¡Ay dolor, dolor, dolor
por mi Hijo y mi Señor!

Yo soy aquella María, del linaje de David.
¡Oíd, hermanos, oíd la gran desventura mía!

A mí me dijo Gabriel que el Señor era conmigo...
Díjome que era bendita entre todas las nacidas,
 y soy de las doloridas la más triste y afligida...

¡Mataron a mi Señor, mi redentor verdadero!
¡Cuitada!, ¿cómo no muero con tan extremo dolor?

Señora, santa María, déjame llorar contigo,
pues muere Dios y mi amigo, y muerte está mi alegría.

Y, pues os dejan sin Hijo, dejadme ser hijo vuestro.
¡Tendréis mucho más que amar, aunque os amen mucho menos!

En esta segunda mañana de meditación, déjame., Señor, compartir contigo y con María, tu madre y madre mía, el dolor de vuestros corazones. Dolor tanto más grande cuanto que os lo motivó la ingratitud de aquellos a los que vinisteis a traer y ofrecer inmensos dones: luz entre las nieblas, amor en medio de violentos desamores, consuelo en medio de las desdichas, sentido en la noche de desorientación, gracia en tiempo de egoísmos frenéticos, perdón y misericordia en vez de castigo.

¡Que incomprensible es, Señor, nuestra humana ingratitud! Nacida de nuestro hombre corporal, pasional y egoísta, no es controlada por nuestro hombre racional, calculador, previsor, ni es aniquilada por nuestro hombre espiritual, necesitado de Dios, creado para Dios, ansioso de Verdad, Vida y Amor eterno.

Fuimos nosotros, Señor, quienes, habiendo tenido noticia de que te hiciste hombre, y viniste a vivir con nosotros nuestra historia, y te propusiste enseñarnos a vivir conforme a la voluntad y proyecto del Padre, no te recibimos. Quisimos más bien marginarte; y, al fin, conseguimos entre todos -judíos y no judíos, sacerdotes y no sacerdotes, letrados y políticos, ricos y pobres- , que fueras apresado, abofeteado, coronado de espinas, condenado, crucificado y muerto, como si fueras el más grande de los  criminales o delincuentes.

Lo que te hicimos sufrir, Señor, no tiene nombre. Los desgarros morales, físicos, sociales, religiosos, dejaron tu persona mancillada, sin el honor que merecía,  cubierta de sangre y lodo en un cuerpo inocente, virginal.

Tu agotamiento fue tanto, Señor, como dice la escritura, que, si bien nosotros no podamos comprender cómo sucedió, tú, además de sufrir por nosotros y por el dolor inmaculado de tu Madre, experimentaste el desgarrón que se siente al padecer algo así como la ausencia de Dios Padre.

¡Incomprensible! ¡Inaudito! El mayor sufrimiento para el Hijo más inocente... ¡Señor!  Sé por fe que tu anonadamiento (portador de alegría y cercanía para el hombre) y tu muerte (vergüenza de los hombres) fueron camino de salvación para nosotros, impíos y crueles verdugos del Amor encarnado.

Por mí, y por todos los hombres ingratos, te suplico perdón. Dame la gracia de aspirar intensamente a hacer una vida nueva a ti, María, víctima de nuestras inhumanidades, te suplico que me enseñes, como Madre, a convertir todos los dolores de la existencia en una fuente de gracia que salte hasta la vida eterna.

Triunfo de Cristo, de María, y de todos los redimidos.

¡Alegría!, ¡alegría!, ¡alegría!

La muerte, en huída, ya va malherida.
Los sepulcros se quedan desiertos.
Decid a los muertos: '¡Renace la Vida,
 y la muerte ya va de vencida!'

Quien le lloró muerto, lo encontró en el huerto,
hortelano de rosas y olivos.
Decid a los vivos: '¡Vióle jardinero
quien le viera colgar del madero!'

Las puertas selladas hoy son derribadas.
En el cielo se canta victoria.
Gritadle a la gloria que hoy son asaltadas
por el hombre sus 'muchas moradas'.

Este grito de júbilo brota en mi ánimo cuando rezo la tercera parte del Rosario y leo el texto evangélico sobre las apariciones de Jesús resucitado. Señor Jesús, santa María, madre de Jesús y madre mía, quiero compartir hoy con vosotros los sentimientos de felicidad, pues creo y celebro el triunfo de Cristo, que es nuestro propio triunfo.

Cuando tú, Señor, muerto por nosotros, para salvarnos, Resucitas triunfante y te haces señor de la muerte, haces que renazca la vida, la vida para siempre, en nuestros corazones y en nuestra esperanza.

Cristo, tú ya no muere más. No mueres, Señor, porque, resucitado, eres inmortal. Tu cuerpo ya ha cumplido su misión redentora, y ahora es tiempo del espíritu, un tiempo que nunca acabará.

Tú, Cristo, el mismo Hijo de Dios, que se encarnó en el seno de María, el que anunció y proclamó el Reino, el que se entregó hasta la muerte para ser fiel al Padre y a los hombres necesitados de redención, vives ahora en plenitud de espíritu, inmortal, lleno de gloria, junto al Padre.

Porque has vencido al mal, y has vencido sobre todo a la muerte.

Tú nos precedes en la gloria, y nos abres el camino de la eternidad feliz, meta prevista por Dios Padre -para nosotros, sus hijos- desde la creación del mundo, y que está asegurada por ti, Cristo redentor.

Tú, Cristo, muerto y resucitado, subes al Padre, retornas a la gloria, y nos convocas a todos para que, siguiendo tus huellas, sigamos también el camino de la eternidad feliz.

Tú, elevado al Cielo, atraes hacia sí con inmenso amor a tu madre, María, y con ella tiras de nosotros para que no nos desviemos de la senda que conduce a la bienaventuranza.

Tú, Cordero inmaculado, el Mayor de los hermanos, Hijo único en el seno de la Deidad, nos está indicando que bien vale la pena quemar los intereses que nos tienen apegados a la tierra, para acceder al tesoro del Cielo.

Juntemos, pues, en un solo haz, las maravillas de un Dios anonadado, que por nuestro amor se hizo presente en el mundo; de un Dios-Hombre que, en carne pasible, en inteligencia sapiencial, en afecto sin límites, nos tuvo en sus entrañas, para invitarnos a la salvación; de un Dios-Hijo que, tras garantizarnos las muchas moradas preparadas en la gloria para los hijos fieles, nos dijo que se iba a prepararnos la nuestra, si seguíamos sus huellas virtuosas; de un Dios triunfador de la muerte, sepulcro, tristeza, porque no hemos nacido para morir sino para vivir... 

Y aunadas todas ellas, gocémonos, Amado, en la esperanza de eterna unión, amistad, felicidad. El mundo, a pesar de sus miserias e ingratitudes, de sus pecados y rebeldías, no es camino de muerte sino de vida, porque Tú, Señor, Dios mío, así lo que querido y establecido por Cristo, Salvador nuestro.

AMÉN.

MM. Dominicas del Monasterio de la Piedad