El amor y la humildad

El amor y la humildad


El amor y la humildad como fundamento de toda construcción espiritual. Textos escogidos del Sermón 14 por la MM. Dominicas del Monasterio de la Piedad


En este mes tomaremos como tema central de nuestras meditaciones el amor y la humildad, fundamento de toda construcción espiritual.

La humildad y el amor, la pequeñez y la fuerza, el anonadamiento y la grandeza de alma se dan la mano continuamente.

Lo consideramos en palabras del místico renano, Juan Taulero, quien nos iluminará y enriquecerá, y nos animará a buscar la intimidad de Dios y a pedirle que viva dentro de nosotros mismos.

Pedimos a cuantos compartan con nosotras -comunidad de Dominicas de LA PIEDAD, Palencia-  estas reflexiones, que nos ayuden con sus oraciones a ser fieles a nuestro Amor con sincera Humildad.

Amor fariseo ni es amor ni es humilde

Ofrecemos en esta consideración la primera parte de; un sermón del maestro Taulero. El interés espiritual del sermón total es tan grande que mantendremos casi íntegramente su exposición. Aquí, como primera entrega, se trata de la falsedad del espíritu fariseo en nuestra vida, y se agrega el texto de lo que en lenguaje de Taulero es primer grado del amor y humildad, el amor sensible.

Queda para consideración segunda el amor de sabio; y para la tercera la exposición del amor fuerte o divinizado

Amarás al Señor tu Dios (Lc 10,2 7)

"Un fariseo, queriendo poner a prueba a Nuestro Señor le preguntó qué debía hacer para conseguir la vida eterna. Nuestro Señor le remitió a su propio discurso y parecer, diciendo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees? El fariseo dijo entonces: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente". Pero, mis amigos, este hombre no buscaba ni a Dios ni la vida eterna. Sus intenciones eran desleales . ¡Qué lástima!

1. Amor-humildad farisea ni es amor ni es humildad.

"¡El fariseísmo está muy extendido por el mundo!
¡Cuántas apariencias de religiosidad!

1.1. Hay muchos que cifran su fe en palabras y obras,

Pero en realidad no se preocupan sino de apariencias, pues ponen la mira en el dinero, el honor, la propia conveniencia, la fama, el disfrutar. Todo lo hacen  con intención de medrar, sirviéndose de tener más y mejor apariencia, de ser más distinguidos y famosos: cosas, todas ellas, que, por grandes y dignas que parezcan, no valen nada a los ojos del Señor, pues, como los efectos dependen de la causa, las obras valen por la raíz de intención que tiene quien las hace.

¡Ay del fariseísmo interior, mis amigos! 

Cualquier cosa que haga el hombre farisaico siempre procede de egoísmo. Y esto acontece incluso en algunas personas religiosas, las cuales, sin embargo, piensan que son las mejores ante Dios. Si se observa de cerca sus obras, oraciones o cualquier otra actividad, en el fondo no hay más que egoísmo, ya que en todo persiguen el propio interés, aun sin advertirlo...Hacen grandes cosas y hermosas, corren a ganar las indulgencias, rezan, se dan golpes de pecho. Delante de imágenes se paran para engordar sus gustos, y van de iglesia en iglesia...

Estos distan mucho de poner por obra el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el espíritu. Nada cuentan sus obras ante Dios.

1.2. Hay otros fariseos que son un poquito mejores.

Estos, reconocida su equivocación, tratan de dar la espalda a los primeros extravíos, pero su vida religiosa sigue descansando en los sentidos. No saben desprenderse de la imaginación.

Piensan con frecuencia en la dulce humanidad de Jesucristo, en las circunstancias de su nacimiento, vida, pasión y muerte, y sienten gran deleite en hacerlo, y las lágrimas fluyen como barcos deslizándose por el Rin. Pero allí no hay más que emociones sensibles.

Esto es lo que en el Florilegio de homilías se llama amor carnal y yo prefiero llamarlo amor sensible. Con ello se indica que tales personas contemplan a Nuestro Señor -de los pies a la cabeza- sólo con los sentidos y la imaginación. Lo que les atrae de ordinario es el gozo y sentimiento por ciertas devociones, mucho más que el amor realmente divino.

¡Todavía les quedan restos de fariseísmo!

 Piensan más en su propia obra que en el Señor a quien las obras se dirigen, y anteponen sus gustos y comodidades a lo que debería ser centro de su atención e intención. En ellos, lo accidental es preferido a lo esencial, el camino a la meta, lo exterior a lo interior. Tan apegados están a lo de fuera que es mínima la parte de Dios en su intención. Tan de la mano van en ellos amor natural y amor de Dios que confunden amor divino y egoísmo.

Ciertamente, sería más provechoso al hombre hacer todo lo que pueda, privándose de esos consuelos. Llegaría a mejor conocimiento de sí mismo. Quiera Dios, sin embargo, que no falten gentes de esta clase, a pesar de su manera de vivir y de sentir".

2. Amor y humildad verdadera, y su primer grado.

"Vengamos al tema del amor, y distingamos en él, como san Bernardo, tres clases o grados: amor sensible, amor sabio y amor fuerte; y para entenderlo mejor, hagamos un paralelo con tres clases de estatuas. Al amor primero, amor dulce,  correspondería una estatua de madera bien dorada. Al segundo, amor sabio, otra de plata. Al tercero, amor fuerte, otra de oro puro... Y en esta consideración hablemos del primero:AMOR SUAVE..

Amor suave.

La estatua de madera es amor dulce, sensible, de la imaginación.

A una estatua se la mira con deleite si es bella, bien esculpida y dorada. Mas cuando el oro se desprende, apenas vale doce ochavos.

Es lo mismo que ocurre con el amor dulce de la imaginación: es dorado por la buena intención; y si ésta falta, vale poco, y es placentero solamente a los sentidos.

Dios, no obstante, se vale de esas dulzuras para atraer al hombre y ejercitarle luego en prácticas más duras de virtud. Dios, por medio de gustos y consuelos, hace que nazca en el alma el verdadero amor.

El gusto de la devoción puede apagar el placer que encuentra el hombre en las criaturas.

No debe, por tanto,desechar el hombre esta gracia, sino más bien recibirla con reverencia y humildad, atribuyendo a la propia pequeñez y cobardía el hecho de que Dios así le trate. Pero debe servirse de la imaginación para subir por ella y trascenderse.

Pase, pues, de la práctica exterior y sensible a la interior devoción. Entre en sí mismo, que el Reino de Dios está realmente en lo más hondo. Aunque hay hombres tan versados en prácticas de la imaginación que en ello hallan gran deleite,  en realidad no entran en lo íntimo del alma, porque les parece una montaña de hierro sin camino, inaccesible en su interior. Les sucede así por falta de ejercicio, y también porque se complacen demasiado en imágenes sensibles. Se ceban en ellas con fuerza y no van más allá. Ni siquiera intentan llegar al trasfondo donde brilla la verdad viva.

¡Lástima! No se puede servir a dos señores: los sentidos y el espíritu.

Amor fariseo ni es amor ni es humilde

Ofrecemos en esta consideración la primera parte de; un sermón del maestro Taulero. El interés espiritual del sermón total es tan grande que mantendremos casi íntegramente su exposición. Aquí, como primera entrega, se trata de la falsedad del espíritu fariseo en nuestra vida, y se agrega el texto de lo que en lenguaje de Taulero es primer grado del amor y humildad, el amor sensible.

Queda para consideración segunda el amor de sabio; y para la tercera la exposición del amor fuerte o divinizado

Amarás al Señor tu Dios (Lc 10,2 7)

"Un fariseo, queriendo poner a prueba a Nuestro Señor le preguntó qué debía hacer para conseguir la vida eterna. Nuestro Señor le remitió a su propio discurso y parecer, diciendo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees? El fariseo dijo entonces: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente". Pero, mis amigos, este hombre no buscaba ni a Dios ni la vida eterna. Sus intenciones eran desleales . ¡Qué lástima!

1. Amor-humildad farisea ni es amor ni es humildad.

"¡El fariseísmo está muy extendido por el mundo!
¡Cuántas apariencias de religiosidad!

1.1. Hay muchos que cifran su fe en palabras y obras,

Pero en realidad no se preocupan sino de apariencias, pues ponen la mira en el dinero, el honor, la propia conveniencia, la fama, el disfrutar. Todo lo hacen  con intención de medrar, sirviéndose de tener más y mejor apariencia, de ser más distinguidos y famosos: cosas, todas ellas, que, por grandes y dignas que parezcan, no valen nada a los ojos del Señor, pues, como los efectos dependen de la causa, las obras valen por la raíz de intención que tiene quien las hace.

¡Ay del fariseísmo interior, mis amigos! 

Cualquier cosa que haga el hombre farisaico siempre procede de egoísmo. Y esto acontece incluso en algunas personas religiosas, las cuales, sin embargo, piensan que son las mejores ante Dios. Si se observa de cerca sus obras, oraciones o cualquier otra actividad, en el fondo no hay más que egoísmo, ya que en todo persiguen el propio interés, aun sin advertirlo...Hacen grandes cosas y hermosas, corren a ganar las indulgencias, rezan, se dan golpes de pecho. Delante de imágenes se paran para engordar sus gustos, y van de iglesia en iglesia...

Estos distan mucho de poner por obra el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, con todo el alma, con todo el espíritu. Nada cuentan sus obras ante Dios.

1.2. Hay otros fariseos que son un poquito mejores.

Estos, reconocida su equivocación, tratan de dar la espalda a los primeros extravíos, pero su vida religiosa sigue descansando en los sentidos. No saben desprenderse de la imaginación.

Piensan con frecuencia en la dulce humanidad de Jesucristo, en las circunstancias de su nacimiento, vida, pasión y muerte, y sienten gran deleite en hacerlo, y las lágrimas fluyen como barcos deslizándose por el Rin. Pero allí no hay más que emociones sensibles.

Esto es lo que en el Florilegio de homilías se llama amor carnal y yo prefiero llamarlo amor sensible. Con ello se indica que tales personas contemplan a Nuestro Señor -de los pies a la cabeza- sólo con los sentidos y la imaginación. Lo que les atrae de ordinario es el gozo y sentimiento por ciertas devociones, mucho más que el amor realmente divino.

¡Todavía les quedan restos de fariseísmo!

 Piensan más en su propia obra que en el Señor a quien las obras se dirigen, y anteponen sus gustos y comodidades a lo que debería ser centro de su atención e intención. En ellos, lo accidental es preferido a lo esencial, el camino a la meta, lo exterior a lo interior. Tan apegados están a lo de fuera que es mínima la parte de Dios en su intención. Tan de la mano van en ellos amor natural y amor de Dios que confunden amor divino y egoísmo.

Ciertamente, sería más provechoso al hombre hacer todo lo que pueda, privándose de esos consuelos. Llegaría a mejor conocimiento de sí mismo. Quiera Dios, sin embargo, que no falten gentes de esta clase, a pesar de su manera de vivir y de sentir".

2. Amor y humildad verdadera, y su primer grado.

"Vengamos al tema del amor, y distingamos en él, como san Bernardo, tres clases o grados: amor sensible, amor sabio y amor fuerte; y para entenderlo mejor, hagamos un paralelo con tres clases de estatuas. Al amor primero, amor dulce,  correspondería una estatua de madera bien dorada. Al segundo, amor sabio, otra de plata. Al tercero, amor fuerte, otra de oro puro... Y en esta consideración hablemos del primero:AMOR SUAVE..

Amor suave.

La estatua de madera es amor dulce, sensible, de la imaginación.

A una estatua se la mira con deleite si es bella, bien esculpida y dorada. Mas cuando el oro se desprende, apenas vale doce ochavos.

Es lo mismo que ocurre con el amor dulce de la imaginación: es dorado por la buena intención; y si ésta falta, vale poco, y es placentero solamente a los sentidos.

Dios, no obstante, se vale de esas dulzuras para atraer al hombre y ejercitarle luego en prácticas más duras de virtud. Dios, por medio de gustos y consuelos, hace que nazca en el alma el verdadero amor.

El gusto de la devoción puede apagar el placer que encuentra el hombre en las criaturas.

No debe, por tanto,desechar el hombre esta gracia, sino más bien recibirla con reverencia y humildad, atribuyendo a la propia pequeñez y cobardía el hecho de que Dios así le trate. Pero debe servirse de la imaginación para subir por ella y trascenderse.

Pase, pues, de la práctica exterior y sensible a la interior devoción. Entre en sí mismo, que el Reino de Dios está realmente en lo más hondo. Aunque hay hombres tan versados en prácticas de la imaginación que en ello hallan gran deleite,  en realidad no entran en lo íntimo del alma, porque les parece una montaña de hierro sin camino, inaccesible en su interior. Les sucede así por falta de ejercicio, y también porque se complacen demasiado en imágenes sensibles. Se ceban en ellas con fuerza y no van más allá. Ni siquiera intentan llegar al trasfondo donde brilla la verdad viva.

¡Lástima! No se puede servir a dos señores: los sentidos y el espíritu.

Alabanza del llamado “amor de sabio”

2. Amor de  sabio.

Viene luego el amor sabio, es decir, basado en el espíritu.

"Mis amigos, este amor maravilloso dista mucho del primero.

Estatua dorada es la estatua con que lo hemos comparado. Es tan preciosa y tan grande esta estatua que basta por sí sola para decorar toda una iglesia.  

El noble y sabio amor de razón es ciertamente cosa noble, preciosa y deleitable. Atiende, pues, y mira cómo debes alcanzarlo.

2.1. Aplica tu impulso substancial a las cosas trascendentes.

Antes tu meditación consistía en imaginar el nacimiento temporal de Jesucristo, circunstancias de su vida, sus obras. Aplícate ahora más al interior, al eterno nacimiento.

Considera cómo el Verbo, nacido del Padre, es distinto del Principio pero permanece en El; cómo el Espíritu Santo fluye del Padre y del Hijo y se dilata en amor y complacencias inefables; cómo la esencia divina, una, simple, pura, es la misma de los Tres.

Penetra allí, arroja dentro tu nada, tu miserable nada, tu multiplicidad y dispersión.

Considera el secreto del misterio interior y compara con él tu necesidad de dispersión, la fuga al exterior.

Considera su eternidad: no tiene ni pasado ni futuro, únicamente la posesión presente de sí mismo, todas las cosas en él, en un solo e igual presente, siempre estables.

Y coteja con esta eternidad el fluir de tu tiempo y la inseguridad; tu vida y tu alma movedizas, sin estabilidad.

2.2.  Yendo por esa vía, que es de desprendimiento

Tu amor acertará a separarse y elevarse, y vendrá a ser parecido al amor sabio. Excederá toda imagen, formas concretas y símbolos. Pasará por todo y todo lo trascenderá.

El amor sabio dirige el impulso substancial del hombre lejos de las cosas exteriores, y termina por olvidarlas realmente.

En el primer amor, el amor dulce, el alma se desprendía de las cosas exteriores a precio de mucho sufrimiento. Aquí, en cambio, las cosas caen del alma por sí solas. El alma las desprecia como si el disgusto la hiciera vomitarlas. El alma es todo desdén para el desorden., y este disgusto la eleva por encima de aficiones y la desprende de las cosas temporales más eficazmente que cualquiera de las prácticas externas.

2.3. Mis amigos, aquí recibe el hombre el nacimiento interior más elevado.

Aquí los ojos alargan su mirada con/por las tinieblas divinas, oscuras para toda inteligencia. Aquí Dios rebasa toda capacidad humana de conocer y de visión, lo mismo que el sol ciega los ojos del hombre en su fulgor. Dionisio Areopagita nos dice que Dios está muy por encima de todo lo que puede imaginarse humanamente, y todos los conceptos y representaciones son impropios. Él es absolutamente trascendente.

2.4. Esta piedad puramente interior, una vez gustada, hace al hombre fundirse en su pequeñez y propia nada.      

Cuanto más resplandece con claridad y nitidez la grandeza de Dios tanto más tiene conciencia de su pequeñez y de su nada. En ésta el hombre se sumerge. Este es el criterio para conocer si de verdad el fondo del alma ha sido divinamente iluminado o si lo que aparece es fruto de la imaginación o del esfuerzo meramente humano.

Digo esto a propósito de los del Libre Espíritu, que se imaginan, por falsa iluminación, haber reconocido la verdad. Se entusiasman con el placer y complacencia de sí mismos. Se recogen en falsa pasividad de donde les nacen despropósitos que tanto deshonran al Señor. Llegan a manifestar extrañeza porque Jesucristo es considerado en su santa humanidad y dicen palabras injuriosas.

Un hombre verdaderamente bueno no se cree jamás superior a cualquier otra persona, por pequeña e insignificante que esta fuere, siempre que sea buena. Aunque haya dejado atrás las formas inferiores de piedad, continúa amándolas con el más subido aprecio. Tiene la convicción de haberse quedado debajo de todo y no haber sobrepasado nada.

Esos que llegan con sus razonamientos se dan gran importancia y piensan les ha sido revelado el bien más puro, cuando apenas han oído algún sermón de raras novedades, que no contienen ni vida ni doctrina. Oyéndolos hablar se conoce lo que son. No gustan la verdad viviente y limpia que tanto necesitan, ni la distinguen de la amalgama. Son prisioneros del egoísmo.

Se atienen a sus luces naturales, de donde les nace tanta vanidad. Jamás han penetrado en la adorable vida del Señor. Nunca se han cultivado a fondo practicando la virtud ni han pasado jamás por el camino de la verdadera caridad. Se atienen a la luz de su razón y falso ocio interior en que tanto se complace el gusto natural, vacíos de imágenes, en calma y reposo.

Tienen tan enraizado este ocio y calma en su naturaleza que debe causar lástima a Dios, que es misericordia, ver cómo está tan difundido este error en nuestros días. El amor de sí mismos les incapacita para hacer vida de sacrificio.

Por contraste con ellos, los que han llegado verdaderamente al amor sabio tienen sed de sufrir, de verse despreciados y de imitar las amables lecciones de Jesús, el amadísimo Señor. No caen en falsas libertades ni pretenden honras. Se ven pequeños, se ven nada ante sus propios ojos. Por eso son grandes en la mirada de Dios.

Amor fuerte o divinizado

Presentamos en esta consideración tercera el grado más elevado del amor, el momento de la deificación e inmersión del alma en Dios, según el lenguaje místico. Taulero hace una descripción sublime de ello.

3. Amor fuerte, deificador.

Mis amigos, si el hombre no posee este triple amor -sensible, sabio y fuerte- ; si no lo encuentra en el fondo de su alma, reconozca que está lleno de peligro. Llore bien por ello día y noche.

3.1. Anegarse en el amor divino     

Mis amigos, el oro al que se compara este amor fuerte es tan pulido y brillante que apenas puede resistirlo la mirada. Es deslumbrante, fuerte para nuestros débiles ojos.

Así ocurre al alma con este amor fuerte en que el Señor está presente. Ilumina tan esencialmente lo más hondo del alma que el espíritu, a consecuencia de su flaqueza natural, no puede aguantarlo y necesariamente desfallece. Y cuando tal cosa sucede no hay apoyo más que en sumergirse y anegarse en el abismo divino. Está tan bien perdido allí que no sabe más nada ya de sí. Es el piélago divino desbordado en respuesta al amor fuerte.

3.2. Su acción es de Dios, infusa   

"Precisamente entonces le sucede al alma lo de Elías a la entrada de la cueva, es decir, de su humana flaqueza, cuando Dios le vino a ver. Cubrió entonces Elías su rostro con el manto. Eso significa que el espíritu está ya desasido del propio conocer y propia operación. Su acción es ya de Dios. Dios conoce en el alma, Dios ama en el alma, porque con este amor fuerte el espíritu se ha desprendido de sí mismo para sumergirse en el Amado. En El está perdido, como la gota de agua en el profundo del mar. Mucho más unido que el aire a la claridad del sol brillante al mediodía.

Lo que sucede entonces en el alma es mejor sentirlo que expresarlo con palabras. ¿Qué le queda al hombre en tal estado? Nada. Insondable desprecio de sí mismo y completa renuncia al espíritu de propiedad en todo: voluntad, espíritu, prácticas de vida. Porque perdiéndose aquí el hombre, se hunde en lo más hondo de humildad. Si pudiese descender más todavía, de suerte que en amor y humildad venga a ser nada, lo haría de buen grado. ¡Tan grande es el deseo de rebajarse que ha nacido en él!...

3.3. Efectos de humildad y nonadammiento  

"Le parece entonces que es indigno de ser hombre, de entrar en una iglesia, de mirar un crucifijo en la pared. Se cree peor que el diablo. Jamás le fueron tan queridas la Pasión del Salvador y su Santa Humanidad. Le parece que comienza entonces a vivir.

En realidad es para él un nuevo comenzar en la virtud y santos ejercicios de piedad. Esta vida nueva nace en él de manera esencial, tanto en las cosas pequeñas como grandes. Lo pequeño y lo grande en él se identifican. ¿No ha dispuesto Dios la naturaleza de tal suerte que lo más bajo corresponda a lo más alto? El cielo es lo más alto, la tierra lo más bajo, pero la acción del sol no es en ninguna parte tan fecunda como en la tierra más baja. De igual modo la majestad de Dios no opera en parte alguna con más fruto que en el hombre anonadado. Como el sol absorbe y levanta la humedad de las honduras, así Dios, en su altura, atrae el espíritu hacia El hasta hacerle sentirse complemento de Dios mismo.

Luego el hombre vuelve a sumergirse tan profundo que piensa ser indigno de ser hombre. En una gran marmita, cuando el calor es fuerte, hierve el agua y sube unos momentos hasta el borde. Luego se desploma, apenas el fuego se retira. El amor fuerte en su ímpetu es así. El espíritu lanzado en su impulso quiere salir de sí mismo y sumergirse sin saber. Permanece unos momentos inconsciente. Vuelve luego a sumergirse en la conciencia de su nada.

3.4. Propiedades del amor fuerte 

"El amor fuerte posee tres propiedades. Primeramente rebosa los límites humanos hasta alcanzar a Dios en olvido de toda propiedad y rebasando la actividad de entendimiento, memoria y voluntad. Fenómeno que excede nuestras ideas y sentidos.

En segundo lugar, hace bajar el espíritu hasta el fondo, es decir, anonadarse. Tal humildad escapa al dominio de la conciencia sensible, que pierde aquí su nombre.

En tercer lugar, se da al hombre una hondura maravillosa de carácter. El hombre se interioriza y conserva la paz en cualquier contrariedad, sin alterarse, en tranquilo reposo, listo a caminar por donde el Señor quiera llevarle. Cooperando con Dios en lo que El quiera. Está como la sirvienta delante de la mesa de su señor, sin hacer otra cosa que mirarle, lista a cumplir lo que él indique.

 

3.5. Tentaciones que siguen asaltando al alma llena de Dios

Pero después de todos los progresos habidos, es todavía muy posible que el Enemigo le obsesione a este hombre tan noble con las más inmundas y horrorosas tentaciones, que causan más dolor de lo que se pueda imaginar.

Sirven, sin embargo, para elevarle a lo más alto. Cuando hay movimiento de la tierra los peñascos se levantan aún más. Si algo queda en la naturaleza que no esté impregnado de Dios, con estas pruebas el alma se limpia por completo.

Cuando el hombre ha pasado por aquí se mantiene como el sacerdote al lado del altar. Los utensilios y él mismo han sido consagrados para Dios. El tiene poder sobre el adorable cuerpo del Señor, y a pesar de todo no osa decir Padre Nuestro sin un preámbulo de excusa, cuando dice: "Os rogamos con todo el ejército del cielo... y en virtud de sus divinas enseñanzas nos atrevemos a decir".

Requiere la profunda bajeza del hombre y la gran dignidad de Dios Padre que se ore con temblor reverencial. Debe el hombre considerar atentamente la maravilla de poder llamar a Dios su Padre, a pesar de la propia indignidad y las flaquezas.

¿Qué le queda al hombre deiforme?

El alma llena de Dios y el cuerpo en sufrimientos. La mirada de Dios penetra fulgurante como un rayo en el fondo de esta alma y ésta queda tan pagada que todo sufrimiento sabe a poco. La súbita entrada de Dios en lo más hondo le hace ver como un rayo lo que falta por hacer. Esta es la razón de por qué debe orar y por qué ha de predicar.

Pidamos vivir de tal manera que el verdadero amor de N. Señor nos ilumine. Que a esto nos ayude aquel que por esencia es el amor verdadero.

Juan Taulero, O.P.
Sermón 14: Amarás al Señor...

MM. Dominicas del Monasterio de la Piedad