Beato Manés de Guzmán

Nació en Caleruega, alrededor del año 1170. Se cuenta de él que pudo entrar en un monasterio cisterciense en la comarca de Caleruega. Estuvo presente en la dispersión de los frailes dominicos el 15 de agosto de 1217. Él fue enviado a París junto a otros frailes españoles y allí colaboró a la fundación del convento de Saint Jacques (Santiago). El viaje a España para consolidar y afianzar las nuevas casas, dispuso Domingo que lo realizara con fray Miguel de Fabra. Desde 1219, le fue encomendada por su hermano Domingo, la atención de las monjas del convento de Madrid. Tras la canonización de su hermano (3 de julio de 1234, marchó a Caleruega para proponer la construcción de una iglesia en el lugar de nacimiento del santo, lugar que más tarde sería monasterio de contemplativas. Murió en el monasterio de san Pedro de Gumiel de Izán y allí fue enterrado.

Semblanza espiritual

Todas las fuentes destacan en Manés (Mamés o Mamerto) su carácter recogido y contemplativo. Dando por hecho que fuera el segundo de los tres hermanos, y en función de los roles asignados en la época, el lugar de Manés en la familia Guzmán y Aza pudo ser en ocasiones más discreto que el de los otros dos hermanos que tuvieron más protagonismo en función de su condición de primogénito (Antonio) y de la trayectoria del pequeño (Domingo). Habría pues que preguntarse si el rol familiar de Manés en la familia forjó su carácter discreto y sencillo, o bien si éste fue reforzado por dicho rol.

En la personalidad de Manés podemos adivinar rasgos comunes con Domingo: austeridad, sobriedad y rudeza del varón castellano. También coinciden en la inclinación y curiosidad por ir más allá de los amplios horizontes de Castilla. Su espíritu de servicio y acoplamiento al proyecto fundacional de su hermano muestra que tiene talante de gregario y hombre de segunda línea y no por ello menos importante.

Igualmente, Manés deja entrever un talante comunitario, obediente y en función de la misión que se le presentaba. Su forma de ser y su manera de hacer muestra un destello dominicano: hacerse a sí mismo mientras se hace la comunidad y viceversa, hacer la comunidad mientras se hace uno mismo.

Obra y mensaje

No destaca Manés por su obra escrita, y sí por sus obras en el desarrollo de la Orden. Su principal aportación es la de compartir con su hermano Domingo el proyecto fundacional, un apoyo afectivo y efectivo que sin duda Domingo agradecería. Sus huellas principales nos remiten al celo con que cumplió el encargo de Domingo de atender a las monjas. Finalmente, su principal herencia fue la de mantener viva la tradición y el recuerdo de Domingo en diversas formas: promoción de monasterios y conmemoración en Caleruega de la vida del santo.

Hay que reconocer que la importancia de Manés para la posteridad y para la Orden está muy supeditada a su condición de hermano de Domingo. De hecho, su popularidad apenas trasciende en la práctica los límites de su Caleruega natal. Pero eso no oculta su importancia como compañero de Domingo, no sólo en su infancia en Caleruega, sino también en algunos años en el sur de Francia. Con el tiempo, Manés no sólo se mostrará como hermano de sangre sino también como hermano en la fe y en la esperanza de salvar almas. Domingo lo siente a su lado y confía en él. Le encarga al tiempo una misión de gran importancia para su proyecto. Los resultados de los encargos realizados por Manés hablan por sí solos.

Desde la figura de Manés de Guzmán podemos hoy extraer algunos puntos de reflexión aplicables a nuestra realidad de hoy:

    La importancia de la dimensión contemplativa.- Domingo es un hombre de contemplación y cree en ella como elemento fundamental de la vida dominicana. Sabe que hay que mimar esta dimensión en general, y encarnada en las vidas de las monjas de manera muy particular y peculiar. Esta visión la realiza en sí mismo pero trata de proyectarla por donde vaya. Su hermano Manés es un hombre ideal para hacerlo por otros lares. Su carácter introvertido, recogido y contemplativo le avala. La dimensión contemplativa está, por ello, fuertemente enraizada en los orígenes de la Orden y forma parte de su esencia primera. ¿Cómo la consideramos hoy nosotros?
    Reconocer el auténtico lugar de las monjas contemplativas en la Orden y en su misión.- Y dentro de ese proyecto, aquellas mujeres participaron junto a Domingo y sus compañeros en “dar a luz” el proyecto dominicano. ¡No se puede dar a luz sin la presencia de mujeres! (como madres y como comadronas). ¡No podemos llevar demasiado lejos nuestra misión y nuestra predicación sin la presencia orante de nuestras hermanas contemplativas! Ellas tuvieron su papel y relevancia (fuera el que fuera) en aquel momento fundacional y hoy conforme la Orden y los tiempos corren tienen y deben tener su lugar actual. ¿Cómo y desde dónde podemos nosotros descubrir con ellas nuevos caminos como hizo Manés?
    Retomar las raíces, comprometerse con el presente e imaginar el futuro como rasgos dominicanos esenciales.- Manés está presente en el antes, el durante y el después de Domingo como fundador. Él compartió la trayectoria y dinámica en la que se crió Domingo, compartió las dificultades y logros de los primeros pasos de la Orden siempre difíciles y titubeantes y, después de todo, se afanó en prolongar para siempre la figura de Domingo y su Orden en lo que estuvo en su mano. Caleruega es hoy prueba viva de esta intención. Nosotros debemos hoy hacer un recorrido parecido: recordar los orígenes y razones de ser de nuestra Orden, traerlos y contrastarlos críticamente con nuestra realidad actual y diseñar un futuro que lleve a Domingo y su predicación del Evangelio a quienes más lo están esperando. ¿Sabemos hoy conjugar pasado, presente y futuro en nuestra Orden y en nuestras vidas?

Bibliografía

 Liturgia de las Horas Propio OP. Roma, 1988.

Santos, Bienaventurados y Venerables de la Orden de Predicadores. PAULINO ÁLVAREZ OP. Vol. I. Santos. Vergara, 1920.