Dom
26
Abr
2020

Homilía III Domingo de Pascua

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

Lo habían reconocido al partir el pan

Pautas para la homilía

La narración que ofrece el Evangelio según San Lucas (24, 13-35) en este domingo III de Pascua puede sinterizarse en el siguiente lema: «Emaús como camino hacia la fe desbordante de vida». Cleofás y su compañero eran, en verdad, discípulos de Jesús, pero se trataba de unos seguidores con mucho camino todavía por recorrer, si de verdad querían hacerse acreedores a la condición de discípulos. Se hallaban situados muy en la periferia de su enseñanza y, sobre todo, muy distantes del encuentro con la persona de Jesús.

Cierto que lo apreciaban y una muestra de su valoración se advierte en que no podían alejar de su pensamiento, conversación y hasta debate entre ellos el drama que había consternado a toda Jerusalén: la tragedia de la traición de los suyos, entrega a las autoridades religiosas para que procuraran su muerte y evitar así la ruina de todo un pueblo. Asustaba la presencia de un libertador que pudiera acarrear el hundimiento del conjunto de la nación. De este modo se hallaban cerrados sus ojos, a pesar del repaso incansable que hacían de la Escritura.

Los caminantes hacia Emaús en el día de Pascua valoraban su condición de profeta, se admiraban de sus palabras y de sus obras, ponderaban el sólido liderazgo que poseía, pero esto mismo los sumergía en un mar de confusión. Con semejante llave no lograban abrir la única puerta para adentrarse en el misterio de Jesús y conseguir la liberación por la que suspiraba todo su ser.

La historia de Israel estaba poblada de grandes personajes como, por otra parte, lo está la magna historia de la humanidad. Sin embargo, su repaso no los llevó a la fe, como no llevará a nadie su sola consideración. Todos los prohombres de cualquier época murieron. Jesús fue uno más, pensaban. Su ceguera los conducía al escepticismo más cerrado. Su discipulado, pensaban, había terminado en fracaso y era preciso alejarse hasta del escenario que les recordaba y que los retuvo entretenidos en vanas ilusiones.

Pero si estos simpatizantes de Jesús manifestaron de manera clara su hundimiento, el Maestro continuaba intacto en su paciencia, perseverante en su empeño y, sobre todo, empujado irresistiblemente por un amor infinito orientado al rescate. Una vez más salió en busca de los incontables tardos para entender, y utilizó las palabras más dulces que jamás pudieran oírse: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!».

Les había faltado la llave de la humildad y de la confianza en Dios para descubrir cuanto transmitía la Biblia. Jesús se la ofrece de nuevo y, esta vez sí: la recibieron en el encuentro amoroso con el Maestro que, ya resucitado, se había dignado quedarse con ellos, bajo la especie del pan que bendice, parte y entrega. Entonces «se les abrieron los ojos y lo reconocieron». Su fe se hizo de golpe viva y operante, forzosamente comunicativa. Se fortificó todavía más en la asamblea de los Once que, a coro, proclamaban: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Cleofás y su compañero relataron lo que les había pasado por el camino y como en la posada lo habían reconocido al partir el pan. La resurrección de Jesús les proporcionó la vida que por sí solos nunca hubieran alcanzado. Entendieron entonces que por ella lograron una liberación, sí, pero que era nada más y nada menos que una justificación de la integridad de sus personas, para que se proyectara en transmisión desbordante de vida. La humanidad glorificada de Cristo fue para nuestros caminantes un puente seguro hacia la divinidad, enlace no necesariamente perceptible por los ojos corporales. De vuelta a Jerusalén y, en lo sucesivo, lo contemplaron con certeza mediante los ojos de una fe plena de vida.