Mié
29
Abr
2020

Evangelio del día

Tercera Semana de Pascua

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados

Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 1, 5 — 2, 2

Queridos hermanos:
Este es el mensaje que hemos oído de Jesucristo y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.
Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Salmo

Sal 102, 1b-2. 8-9. 13-14. 17-18a R/. Bendice, alma mía, al Señor

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.
No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo. R/.

Como un padre siente ternura por sus hijos,
siente el Señor ternura por los que lo temen;
porque él conoce nuestra masa,
se acuerda de que somos barro. R/.

La misericordia del Señor
dura desde siempre y por siempre,
para aquellos que lo temen;
su justicia pasa de hijos a nietos:
para los que guardan la alianza. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 11, 25-30

En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Reflexión del Evangelio de hoy

1 Juan 1-5. 2,2

Hay un tono de gozo pascual en este trozo de la carta de Juan. Habla como el testigo fiel que ha visto y experimentado a quien desde el principio ya se esperaban: Jesucristo, que es la Palabra de vida. Son los primeros testigos los que han visto, oído y tocado. Esa es una garantía de experiencia no ya solo psicológica o espiritual, sino física. Oír, ver, tocar. Su imaginario del resucitado no es mera ficción, sino experimentación, porque no sólo en Jesús se manifestó la vida, sino que ellos han sido unos privilegiados por haber creído con firmeza en Él. Eso no les eximía de sus momentos de incertidumbre y duda. El miedo, la duda, la inseguridad, la falta de certeza… iba en el zurrón pascual. Al abrirlo y compartir lo que dentro llevaban: trozos de luz, retazos de alegría, migajas de eucaristía… también salían aquellas piedrecillas de perplejidad, titubeos y vacilaciones…

Al igual que nos pasa a nosotros: ponemos nuestra vista/visión interior en un resucitado/testificado por los discípulos. No tendremos la misma experiencia “física” que va más allá de los sentidos. Pero sí la certeza interior, la confianza de que no hemos sido engañados. Son las razones del corazón confiado, del sentimiento acendrado, que la razón no pocas veces no comprende, pero que están ahí y de las que nos alimentamos para seguir viviendo de manera pascual. Ilusos, ingenuos, infantiles, no llamarán algunos. Que sigan haciéndolo. A nosotros nos plenifica la actitud de los que se saben van a resucitar con Él. Fue su palabra. En Él confiamos. Bendita ingenuidad la nuestra.

Salmo 102 

En plena primavera pascual el salmista grita su desesperación inicial. Está exhausto y le suplica a Dios que le responda. Está enfermo y abatido. La comunidad se apropió de esta súplica que con su voz se hace eco de esta actitud humana cuando el abandono, la soledad, el cansancio y el dolor, cercenan la vida. Esa experiencia la tenemos casi todos en muchos momentos. Pero el Señor no es sordo para siempre; también Él supo y sabe lo que es el abandono, la sospecha. Sufre cuando le abandonamos y marginamos de nuestras vidas. Y espera que la Pascua florida florezca. Y termina floreciendo.

Mateo 11, 25-30

En el evangelio encontramos la respuesta. Él, que ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos, termina mostrándoselas a quienes sabiéndose pequeños y necesitados de su presencia/ayuda, saben confiar, esperar. Es una Buena Noticia para los cansados y agobiados si vamos hacia Él que nos invita, no nos fuerza a ir hacia su hombro amigo, donde encontraremos el descanso necesario para nuestro cansancio y agobio.

Yugo llevadero. Carga ligera. Por eso suele decirse y es verdad: Dios no da más cargas que las que podamos soportar. Sabe de nuestras fortalezas y de nuestras debilidades; pero sabe también que Él tiene arte y parte en ellas y no abandona a los suyos. Jesús habla aquí con el conocimiento que le proporciona su observación de las gentes, aquel palpar cuánto dolor y cuántas cargas tenían que soportar.

Eso hace que Él se muestre como el que arrima el hombro, la palabra animosa, el silencio respetuoso. Él es el salvador/palanca que levanta a cada uno que a Él acude desde la postración y la experiencia del necesitado de ayuda. Esa debe ser nuestra actitud pascual, la de la sensatez, la de la confianza, la de quien pone los ojos en quien inspira toda la confianza y no en otros que llenan de promesas su boca y al final nada hacen.

Y no se trata tan solo de que Él nos ayude y ponga su hombro, sino de que nosotros seamos continuadores de esa actitud: poner el nuestro para que otros se apoyen y encuentren el consuelo anhelado. “No basta sostener al débil, hay que sostenerlo después”, decía Shakespeare. Todo aquello que hagamos por otros no entra dentro del mundo del absurdo, sino que es justo lo que da sentido al absurdo de este mundo. Pero hemos de tener cuidado: ayudar a levantar las pesadas cargas a otros, no te obliga a llevárselas siempre.

Que este día se celebra Sta. Catalina de Siena, laica dominica, la mujer que puso su vida en manos de Dios, con su entera juventud, es la señal más clara de que lo femenino no es debilidad, sino fortaleza interior bien asentada. Luchadora de la unidad de la Iglesia dividida entre Roma y Aviñón, lográndolo por su íntima convicción y confianza en Jesús. Supo apoyar su cabeza y corazón en el hombro suave del Salvador.