Dom
24
Dic
2017

Homilía IV Domingo de Adviento

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

Había unos pastores que pasaban la noche a la intemperie

Pautas para la homilía

Este cuarto domingo de Adviento de 2017 es muy especial, porque cae en 24 de diciembre, día en el que celebramos la Noche Buena, con su Misa del Gallo. Por ello, en sólo unas horas pasaremos de esperar al Niño Jesús a recibirlo.

En la lectura del Evangelio que la Iglesia nos invita a meditar en esta Eucaristía, encontramos al menos dos elementos en común entre la escena del nacimiento de Jesús y la del anuncio a los pastores, a saber: los protagonistas, en ambos casos, son humildes y están fuera de casa.

De la humildad de Jesús poco necesitamos decir porque la conocemos bien. San Pablo, en su cántico de la carta a los Filipenses nos dice que Jesús «se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos» (Fil 2,7). Y tanto fue así, que quiso nacer en un establo de Belén, a varios días de camino de Nazaret, de donde eran María y su esposo José. Es decir, Jesús, siendo Dios, nace como un humilde indigente.

Ciertamente, la humildad y la indigencia son dos elementos fundamentales para que nosotros vivamos espiritualmente la Navidad. Y un buen ejemplo son los pastores. ¿No es significativo que el ángel anuncie el nacimiento del Señor a unas personas que duermen al raso fuera del pueblo, en lugar de a los vecinos que están en sus casas? Algo importante nos está diciendo el Espíritu Santo con esto.

Efectivamente, los pastores de Belén sintonizaban muy bien con la humildad y la indigencia de Jesús. Pensemos en esto: los que estaban cómodamente en sus casas, ¿iban a dejar su confort para ir a un establo a alabar a un bebé? Y los que se creían sabios e importantes, ¿iban a aceptar que ese bebé era el Hijo de Dios? Recordemos, cómo, años más tarde, los propios paisanos de Jesús le van ningunear por ser el humilde «hijo del carpintero» (Mt 13,55).  

El propio Jesús se consideraba a sí mismo indigente. En una ocasión le dijo a un escriba que deseaba seguirle: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Sabemos que su pobreza le ayudaba a predicar el Evangelio. Le daba libertad para «anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos» (Lc 4,18). En efecto, Jesús estaba disponible para todos gracias a su indigencia. Por eso no es casualidad que fuera ejecutado fuera de los muros de Jerusalén, subrayando así su condición de desamparo, desde la cual abrió su corazón a toda la humanidad.

Esto, en cierta medida, lo vemos también en los pastores. Ellos tenían que dormir a la intemperie en medio del monte y rodeados de ovejas y otros animales. Pero esa indigencia la vivían sobre todo interiormente, porque eran muy conscientes de no ser apreciados por la sociedad. Los humildes pastores de ovejas eran considerados personas rudas y poco de fiar, pues estaban en contacto con la gente más marginal de la sociedad, la que vivía fuera de los pueblos: los locos, los leprosos, los ladrones, las prostitutas… Ello hacía que fueran rechazados y excluidos de muchos actos sociales. Por eso estaban abiertos a todas las invitaciones, aunque se tratara de ir a alabar a un bebé que había nacido en un establo. Los pastores agradecían enormemente los gestos de cariño, y correspondían a ellos.

Y esto es clave para celebrar la Navidad. Pues sólo la experimentaremos interiormente si la sabemos compartir abiertamente con los demás. Es cierto, sólo los que tienen un corazón acogedor y receptivo escucharán el anuncio del ángel en lo profundo de su corazón y aceptarán su invitación. En cambio, los que se sienten superiores o especiales, los que se muestran simpáticos sólo con un grupo selecto de personas, los que rechazan charlar con gente que consideran inferior o diferente, les costará mucho más vivir la Navidad. Estas personas pasarán esta fiesta de un modo superficial y puramente comercial. Quizás se diviertan recibiendo regalos, comiendo y bebiendo, pero no experimentarán el nacimiento del Salvador.

Los pastores de Belén son animan a ser humildes y abiertos, sencillos y simpáticos, dóciles y tiernos con todos. Pero mucha gente no sigue su ejemplo. Por ello el Tiempo de Navidad es, desgraciadamente, la época en la que más antidepresivos se venden en las farmacias. Todos conocemos a personas que lo pasan francamente mal en estas fechas. Quizás alguno de nosotros seamos uno de ellos. Pues bien, salgamos de nuestra coraza interior y arriesguémonos a «estar en descampado». Seamos como los humildes pastores del Evangelio, que no tienen reparos en escuchar la voz de un extraño que les invita a pasarlo bien alabando al Niño Jesús.

Nos costará hacerlo, porque quizás nos resulte extraño o embarazoso, pero el premio merece la pena, pues compartiremos la experiencia de la Navidad con otras personas, y así, sentiremos que nuestra vida se ilumina, como profetiza Isaías en el texto que hemos leído. Y seremos testigos de que no se trata de una ilusión o un mero sueño, sino de algo muy real, pues, como le dice san Pablo a su amigo Tito: veremos «la bondad de Dios, que trae la salvación a toda la humanidad» (Tit 2,11).

Aprovechemos pues estas pocas horas que faltan para Noche Buena para hacer nuestra la actitud de los pastores de Belén. Seamos humildes y abiertos como ellos, y viviremos realmente la Navidad.