Dom
23
May
2010

Homilía Pentecostés

Año litúrgico 2009 - 2010 - (Ciclo C)

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Pautas para la homilía

  • El Espíritu Santo

Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. El Verbo, la segunda persona de la Trinidad “se hizo carne”, como dice san Juan; el Espíritu Santo, la tercera persona, se hace espíritu. Qué sea hacerse espíritu está significado en los símbolos, que en la primera lectura manifiestan su presencia: lengua de fuego y viento. El Espíritu Santo es una “lengua de fuego”. Cristo era la Palabra. Esa palabra necesita lengua de fuego, encendida de valor y amor, para que sea proclamada. Es lo que sucede en Pentecostés. Pero no acontece de manera imprevista, se necesita preparación. Bajo la guía de María los primeros seguidores de Jesús, en unos días de “retiro” reflexionaron sobre cuál era su misión tras la Ascensión. En la escucha de María se dejaron llenar del Espíritu Santo.

  • La mayoría de edad apostólica de los Doce

La Pascua de Pentecostés celebra la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Es el momento en que el Espíritu Santo les hace tomar plena conciencia de cuál es su misión, y asumir el compromiso de llevarla a cabo. Pentecostés es el momento de la madurez de la fe de los discípulos. Que es fe en la resurrección de Cristo, a la que, con la venida del Espíritu Santo se une la decisión de proclamarla. Vivirán para eso. La primera consecuencia de ello fue salir del lugar del “retiro” y lanzarse, ya sin miedo a los judíos, como viento fuerte, -segundo símbolo del Espíritu-, a proclamar lo que el Espíritu les había revelado. Fue su decisión, su energía, la valentía y el ardor con que proclamaban la Palabra lo que llegó a la mente y al corazón de los oyentes y suscitó las conversiones. No eran ellos los que hablaban, sino el Espíritu de Jesús: ellos ponían la lengua y la decisión, pero la Palabra venía de lo alto.

  • Nuestro Pentecostés

¿Cuál ha de ser nuestro Pentecostés? Necesitamos, como los apóstoles, dedicar tiempo a la reflexión, a la oración en silencio, como paso previo para sentirnos iluminados y animados por el Espíritu Santo, y acomodar nuestra vida a la Palabra de Dios. Y proclamar, también sin miedos, con entusiasmo esa Palabra cuando las circunstancias lo exigen.

Todo es necesario para movernos de acuerdo con el Espíritu Santo, que es el espíritu de Jesús, el espíritu del Evangelio. No basta el entusiasmo y la decisión de quien se cree “iluminado” por el Espíritu. El Espíritu no ilumina si no se dedica tiempo a la reflexión, a la escucha de la Palabra de Dios, a ver qué dice el evangelio. Sólo así podemos pasar a hablar. Eso sí, con decisión “no se nos ha dado un espíritu de cobardía, ni de esclavos, sino de amor de Dios y de hijos”, como dice san Pablo. Saber del Espíritu es buscar la luz y no quedarnos en las tinieblas, y es salirse de nuestros lugares de refugio, nuestros nidos, y afrontar con decisión nuestro testimonio cristiano. Quizás no se nos entienda bien, pero al menos quienes nos oigan se sentirán interpelados por la convicción de nuestra fe y por el ardor con la que la exponemos. Siempre habrá alguien que juzgue que estamos locos o borrachos – como juzgaron a los apóstoles este día de Pentecostés -, o anticuados, o que somos ilusos; pero otros muchos serán removidos en su interior y se abrirán a la fuerza del evangelio que se proclama con nuestra palabra y nuestra vida.

  • Pentecostés despide el tiempo –litúrgico- de Pascua y lo continúa en la vida

Esta fiesta de Pentecostés, con la que despedimos el tiempo pascual, quiere dejarnos ese mensaje: nada puede suceder en la vida que nos aparte de la confianza en que el Espíritu del Señor está en nosotros haciéndonos hijos de Dios, iluminando nuestras mentes, llenando nuestro corazón de amor y comprometiéndonos con ardor en la causa del evangelio. Esta causa es la lucha por construir una sociedad realmente humana, sin esclavitudes, sin la inhumana miseria de tantos, sin la opresión de unos pocos sobre la mayoría; una sociedad donde se respire el viento de la libertad, de la justicia, de la paz. La Iglesia, que nace bajo la llegada del Espíritu Santo en Pentecostés, tiene esa responsabilidad. Que es responsabilidad de cada uno los fieles, de cada uno de nosotros.