Dom
18
Oct
2015

Homilía XXIX Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2014 - 2015 - (Ciclo B)

El Hijo del hombre ha venido para servir y dar su vida

Pautas para la homilía

  • “Lo que el Señor quiere prosperará por su mano”

Merece la pena considerar esta frase extraída de la primera lectura porque lleva consigo, podríamos decir, la esperanza escatológica y da “el salto en el vacío” hacia una concepción de Mesías que nada tiene que ver con la figura triunfal del rey David. El Mesías es el siervo sufriente que expía los pecados del pueblo, aquel que carga con nuestros crímenes, que se anonada a sí mismo para llegar a nosotros. Si bien es cierto que esta comprensión teológica no deja de tener eco en el evangelio de hoy, no está demás señalar que corresponde a un concepto de redención mal entendido, que viene de la noción de “sacrificio expiatorio” por medio del cual Jesús, con su sangre y su muerte, “paga a Dios” por nuestros pecados.

Así pues, el designio de Dios prosperó en Jesús no a causa de su muerte, sino de su propia vida coherente, entregada y pro-activa; de su fidelidad a la voluntad y amor misericordioso de Dios Padre que quiere que todos los hombres se salven. Fueron esas notas características de su vida y misión las que le acarrearon la muerte y no una voluntad preconcebida de Dios como si de algún trueque se tratase ya que Dios no cobra por perdonar. El riesgo patente de comprender así el designio y la actuación de Dios para con su Hijo en esta historia de salvación es que nos perdamos en la imagen de un Padre legalista cuya bondad está sujeta a nuestro comportamiento No obstante, siempre podemos seguir dejándonos sorprender por el impulso del Espíritu en la comprensión de este misterio pues los designios del Señor son insondables e inescrutables sus caminos (Cf. Rm 11, 34).

  • “No hay criatura que escape a su mirada”

La palabra de Dios se nos presenta descubriendo, juzgando y vigilando al ser humano hasta el punto de penetrar en lo más íntimo de su propio ser. Hasta allá alcanza el conocimiento de Dios de modo que no hay quien escape a su mirada. A pesar de su tono amenazante, este pasaje nos invita a acoger la Palabra de Dios como aquella capaz de transformar nuestros corazones, de animarnos en el ejercicio diario de conversión personal desde dentro, desde aquello que no se ve y que se esconde en nuestras intenciones y deseos.

En un mundo que solo valora la efectividad de las acciones y, en función de ella, las juzga, es muy importante no perder de vista la necesaria purificación del corazón, de nuestras intenciones y deseos, no por medio de un ejercicio ascético trasnochado, sino desde la apertura a la gracia que nos comunica Dios Padre por medio de su evangelio de vida. Hablamos, pues, de una conversión desde la gracia que nos impulsa a amar y nos mueve siempre a reconciliarnos para volver a empezar.

  • “Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir”

La petición de los hijos del Zebedeo no está relacionada, como frecuentemente sucede en el evangelio, con alguna curación o liberación. Al contrario, ellos no manifiestan esa necesidad, sino más bien una tendencia muy humana y presente en todos nosotros: el deseo de dominar y estar por encima de muchos o pocos, da igual. La cuestión es colocarnos en un plano superior. Con esta declaración de intenciones por parte de Santiago y Juan, Marcos pone de relieve que los discípulos aún no han comprendido el término de la subida de Jesús a Jerusalén, esto es, su propia muerte. Ellos están instalados en otra lógica y desde ella se preocupan solo por pedir privilegios personales.

El desconcierto que posteriormente debieron sentir los discípulos ha de asemejarse al que sentimos nosotros, cristianos de este siglo, cuando aún no acabamos de comprender el mensaje de Jesús y las repercusiones que tiene para el momento actual de nuestra Iglesia y de nuestra vida creyente. Ciertamente, la actitud de los discípulos es criticable, no porque estén pensando en los privilegios de un reino mesiánico de carácter temporal, sino porque olvidan que la revelación en Jerusalén pasa por el camino de la cruz.

Posteriormente, Jesús va desarticulando las pretensiones personales de aquellos dos seguidores para terminar afirmando que el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. Estas palabras nos invitan a dejarnos contrastar por la palabra de Dios que es viva y eficaz, y a no edulcorar un evangelio que, si bien es Buena Noticia, no deja por ello de comportar dolor, renuncia y sufrimiento. No es un llamado al pesimismo, sino a asumir los riesgos de una misión que siempre encontrará resistencia dada nuestra natural inclinación a encerrarnos en nosotros mismos y no emprender el camino hacia el horizonte de plenitud que, en la persona de Jesús, se nos mostró para siempre en la historia.