Dom
11
Nov
2018

Homilía XXXII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

Ha echado todo lo que tenía para vivir

Pautas para la homilía de hoy

Reflexión del Evangelio de hoy

Alcuzas vacías

Nos recuerda el episodio de la viuda de Sarepta que la voluntad de Dios sobre el ser humano es siempre una promesa de bienestar y plenitud.  La entrega incondicional, la desinstalación, el “dar todo lo que se tiene” tiene como resultado el cumplimiento de esa promesa.

Argumentando en sentido contrario, podríamos decir que no hay más camino para hacer realidad  la voluntad salvífica de Dios que esa primera “kénosis”, ese abandonarse desde la esperanza, en la confianza de que la promesa se haga verdad en nosotros.

Dios sale a nuestro encuentro desinstalándonos, sacándonos de nuestras pequeñas seguridades, para abrirnos a un futuro de plenitud que únicamente somos capaces de entrever –contra toda evidencia- desde la fe.

En este tiempo de “alcuzas vacías” para millones de seres humanos condenados a una existencia precarizada y despojada de dignidad, la Palabra alumbra el caminar del creyente. Se nos propone el “decrecimiento” voluntario, la puesta a disposición del hermano, la entrega radical como único medio de allanar la llegada del Reino en su plenitud. Solamente donde existen discípulos y comunidades dispuestas a vaciarse de sus bienes, de su orgullo, de su posición, se hace presente el Señor que libera al cautivo, el que ama al justo. El Señor que endereza nuestros caminos.

Morir una sola vez

La carta a los Hebreos nos habla de las dos venidas del Señor. Esperamos ese tiempo de salvación definitiva. Un mundo nuevo en el que veremos colmadas nuestros anhelos  de una realidad distinta y mejor para todos. Y mientras tanto, es el tiempo de los creyentes, el tiempo de la esperanza, la hora del Espíritu.

Una vez más, la Palabra nos urge a acoger la llamada a ser protagonistas de nuestro momento histórico, desde una actitud de abandono que nos haga capaces de abrirnos a la búsqueda de aquello que se nos promete.

En nuestro contexto socioeconómico, ese destino del que nos habla la Palabra, ese “morir una sola vez”, parece una quimera inalcanzable para tantas hermanas y hermanos que llevan en su existencia la condena a la muerte lenta y reiterada del abandono y la exclusión.

Son ellos, los olvidados, quienes poco o nada tienen que perder, quienes acaso están en mejor disposición de enarbolar la bandera de la esperanza en esa otra realidad posible. Nosotros, tantas veces confiados en otros salvadores,  en tantas ocasiones satisfechos de nosotros mismos, quizás hayamos perdido el horizonte y la capacidad de escucha de la verdadera liberación que el Señor nos ofrece.

Una sentencia rigurosa

El evangelista Marcos, actualizando el episodio de la viuda del libro de los Reyes, nos habla precisamente de esa actitud imprescindible en todo creyente.  Frente al rigorismo y la ley, el Señor apoyándose en el testimonio de la sencilla limosna de la viuda, marca el camino a los discípulos haciéndoles  reconducir su mirada: es sólo la verdad del corazón la que nos acerca a Dios. Cuando el ansia de poder, la búsqueda de notoriedad se convierten en el centro de nuestro horizonte vital, nos inhabilitamos para el encuentro con la potencialidad liberadora del mensaje cristiano.

La misma intuición nos proponían en la segunda mitad del siglo XX algunos teólogos latinoamericanos  al decir que la “salvación viene de abajo, del pobre”. De ese mundo provienen elementos e impulsos de  salvación que difícilmente podemos encontrar en otros entornos. Los portadores simbólicos de la salvación son lo pobre y lo pequeño, como el siervo sufriente y mesías crucificado (cf. Jon Sobrino)

Ha tenido éxito entre nosotros la expresión del Papa Francisco en la que nos propone la construcción de una “Iglesia en salida”.  Además de incidir en la vertiente misionera de la comunidad cristiana, la expresión acoge también el sentido de presentar a una Iglesia desinstalada, despojada, voluntariamente empobrecida para hacer más creíble su mensaje y como signo de cercanía y acogida de las víctimas de la “cultura del descarte” (nuevamente en palabras de Francisco) en la que vivimos.

Una mirada sincera a nuestra realidad personal y eclesial quizás nos haga temer –como a aquellos escribas del evangelio- una sentencia rigurosa del Señor.