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Unamuno: en busca de la fe perdida

24 de enero de 2013

El pasado martes 22 de enero tuvo lugar la quinta sesión de las “Conversaciones de San Esteban", a cargo de Dn. Manuel María López, Prof. de Literatura Española de la Universidad de Salamanca.

Unamuno: en busca de la fe perdida

El ciclo de conferencias de las Conversaciones de San Esteban ha retomado su programación con una sesión sobre Miguel de Unamuno, a quien la ciudad de Salamanca dedicó el año 2012 con múltiples actividades culturales. En este “Año de la Fe” no podía faltar por tanto una reflexión desde la perspectiva religiosa sobre un personaje tan entrañable para nuestra ciudad.

En opinión de Dn. Manuel María López, Prof. de Literatura Española de la Universidad de Salamanca, Unamuno fue un hombre que se entregó con verdadera pasión, a veces rayana en la vehemencia, a las sucesivas “fes” o sistemas de convicciones que articularon su trayectoria espiritual: la fe ancestral y familiar de su infancia; la fe racionalista de su juventud empeñada en transformar el mundo desde los presupuestos del positivismo y de su personal asunción de la militancia socialista; la fe personalizada de un ser que ansía la inmortalidad pero que se debate al mismo tiempo en la angustia por la carencia de respuestas satisfactorias tanto por parte de la misma fe como de la razón.

En la obra El sentimiento trágico de la vida (1913) refleja el autor esa quiebra radical de una fe dogmática e irracional y de una razón insuficiente y falible (la “tragedia de la razón”) que envuelven toda su vida y que le llevan, cual otro Don Quijote, al “agnosticismo agónico” fundamentado sobre la piedra angular de la duda.

Será en San Manuel Bueno, mártir (1931; versión definitiva en 1933) -para algunos su testamento espiritual- donde mejor plasme su pensamiento vitalista en la madurez plena de su arte. A través de un entramado simbólico, trabado y armónico, encuentra los recursos adecuados para expresar literariamente su pensamiento esencial. Simbolismos cargados de una clara referencia bíblico-religiosa así como autobiográfica, y en los que aplica de forma coherente la ética positiva derivada del “sentimiento trágico” de la vida, esa fe que no tiene pero que quisiera tener.

En definitiva, -concluía el profesor- no caben interpretaciones ideológicamente cerradas de un texto tan vivamente abierto, expresión de una radical incertidumbre que diluye las fronteras entre lo soñado y lo real. Así lo confiesa Ángela (encarnación individualizada del pueblo e investida de un revelador carácter sacerdotal): “yo no sé lo que es verdad o lo que es mentira, ni lo que vi y lo que sólo soñé –o mejor lo que soñé y lo que sólo vi-, ni lo que supe ni lo que creí... ¿Es que sé algo?... ¿Es que todo esto es más que un sueño soñado dentro de otro sueño?”. Una incertidumbre esperanzada que le impidió a Unamuno caer en el nihilismo de algunos de sus coetáneos.