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El cardenal Fr. Timothy Radcliffe OP invita a estudiar para sanar la polarización

9 de diciembre de 2025

El dominico compartió en Barcelona, en la XX Jornada Sant Jordi, una esperanza hecha de escucha, presencia y rostro, y defendió el estudio como camino para superar la polarización que hiere la sociedad

El cardenal dominico Fr. Timothy Radcliffe, fraile de la comunidad de Oxford y maestro de la Orden de Predicadores entre 1992 y 2001, volvió a situar el carisma dominicano en el centro del debate eclesial —pensar, dialogar y buscar la verdad como servicio a la esperanza— en Barcelona, durante la XX Jornada Sant Jordi, donde compartió el encuentro con el filósofo Josep Maria Esquirol en una jornada inaugurada por María del Mar Galceran y el obispo de León Luis Ángel de las Heras, con la participación de Ramón Bassas y Joan Lluís Pérez Francesch, y un diálogo final moderado por la periodista Laura Mor ante más de 170 asistentes.

En su intervención en Barcelona, Radcliffe defendió que el estudio no es un lujo para tiempos tranquilos, sino una respuesta concreta cuando la convivencia se rompe: “el estudio nos llama más allá de la polarización”. Y lo expresó con una imagen directa: si la violencia crea desierto, la educación abre futuro.

El diálogo con el filósofo Josep Maria Esquirol reforzó esa intuición: estudiar es “estar en camino”. Frente al fundamentalismo —que se instala y no se mueve—, Radcliffe reivindicó una fe que aprende, escucha y se deja ensanchar por todo lo humano: pensamiento, arte, literatura y ciencia.

También matizó algo muy dominicano: no toda “doctrina” encierra. Algunas formulaciones de la fe, bien entendidas, abren la mente, empujan a seguir buscando y evitan convertir el Evangelio en un peso. En sus palabras, la verdad no sirve para “cerrar” preguntas, sino para mantener el corazón despierto.

En el turno de preguntas, un capellán de prisión compartió la fuerza de una frase escuchada en la cruz —“aquí todas las preguntas están permitidas”— y la unió a un verbo humilde y decisivo: permanecer. En la cárcel, dijo, muchas veces no se “hace” nada espectacular: se está, se acompaña, se sostiene la esperanza con la presencia.

Ese testimonio evocó también la fidelidad cotidiana del papa Francisco con la comunidad católica de Gaza, recordada en la sala como ejemplo de cercanía: llamar cada día, preguntar, sostener. Un gesto pequeño, pero enorme para quien vive el miedo y la intemperie.

Cuando los jóvenes preguntaron cómo ser escuchados en la Iglesia, Radcliffe respondió sin rodeos: hay que dejar que intenten cosas nuevas, incluso a riesgo de equivocarse. Y recordó una escena de santo Domingo que resume la confianza en los jóvenes: “Nosotros dejaremos a nuestros jóvenes y ellos volverán”.

Esquirol añadió una precisión necesaria: no basta con “participar” mucho si no hay escucha real. El diálogo de verdad —explicó— es un esfuerzo compartido “a través” de la palabra, y exige madurez interior para no convertir la conversación en un monólogo disfrazado.

Ante la cuestión de los abusos (también los de tipo espiritual), Radcliffe subrayó que hoy la Iglesia no puede “exigir” confianza: debe ganársela mostrando que es digna de ella, reconociendo la dignidad infinita de cada persona. Y ambos volvieron a una clave concreta: ver el rostro del otro, especialmente en un tiempo en que las pantallas facilitan el anonimato.

El encuentro concluyó con un hilo conductor nítido: la esperanza cristiana no se reduce a ideas, sino que toma cuerpo en el estudio que une, en la escucha que desarma, y en la presencia que permanece. Porque la esperanza, al final, tiene rostro.

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