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Carlos José Romero Mensaque presenta un libro sobre la historia y el patrimonio de Santa María la Real de Sevilla y Bormujos

7 de octubre de 2026

La obra recorre la trayectoria del primer monasterio dominico de Sevilla, coincidiendo con el 50 aniversario de su traslado a Bormujos

El 6 de octubre se presentó en la iglesia del monasterio el libro El monasterio de Santa María la Real de Sevilla y Bormujos: aproximación a su historia y patrimonio, del que es autor el doctor en Historia y laico dominico Carlos José Romero Mensaque, presidente de la Sociedad Andaluza de Estudios Dominicanos y miembro del Instituto Histórico de la Orden.

El acto se enmarcó en el 50 aniversario de la llegada de este monasterio a la localidad de Bormujos. Fue presidido por la priora, sor Montserrat Román, y la presentación del autor corrió a cargo de Ignacio Jáuregui.

Santa María la Real es considerado el primer monasterio dominicano femenino de Sevilla y fue fruto de muy distintas iniciativas: la beata María la Pobre, el cenobio de Santo Domingo el Real de Toledo, el apoyo económico de miembros de la familia real de Castilla y Aragón y también de destacados miembros de la nobleza sevillana. Todos estos factores conocidos, y seguramente otros todavía por documentar, hicieron que el monacato dominicano fuera una realidad.

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La historia de este monasterio no es fácil de investigar por la falta de documentación, tanto directa como indirecta, especialmente en lo que respecta a los siglos XV y XVI. A lo largo de los distintos capítulos, la obra muestra cómo la comunidad vivió en una clara precariedad económica durante toda su historia, habiendo de sostener no solo la subsistencia de las monjas y la observancia de su instituto oracional y de culto, sino también la siempre débil fábrica del cenobio en todas y cada una de sus dependencias: iglesia, coro, celdas, dormitorios o cocina.

A ello se sumaba el sostenimiento de las muchas personas empleadas y sirvientes al cuidado de los distintos oficios: médico, cirujano, donados y mandaderos. También convivían en el monasterio niñas educandas y pupilas, así como señoras, normalmente viudas, que residían con su servidumbre en celdas y suponían una importante ayuda económica, aunque también dificultaban la vida y misión de la comunidad monástica. En definitiva, el monasterio era como una gran ciudad dentro de la ciudad.

Para su sostenimiento contaban con las dotes que cada novicia debía aportar en su profesión y con un conjunto heterogéneo de fincas y casas dadas en tributo, los juros, las capellanías y, sobre todo, las limosnas o donativos de familias o personas concretas de la nobleza y la burguesía, de donde procedían muchas pupilas y futuras vocaciones. A ello se añadían las pensiones de las señoras que allí vivían.

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Esta estructura económica terminó traumáticamente con las leyes desamortizadoras del Gobierno en la primera mitad del siglo XIX. A partir de entonces, Santa María la Real vivió, hasta tiempos muy recientes, de las dotes, de algunas aportaciones institucionales, de las pensiones de las monjas mayores, del trabajo de la comunidad en la confección y el bordado y, sobre todo, de los donativos particulares de personas de la feligresía que mantenían una relación entrañable con la comunidad y estaban pendientes de sus necesidades. En muchas ocasiones, estas personas se hacían cargo de dotar a las novicias.

Hoy en día también ha desaparecido todo el entramado de personas laicas que trabajaban para la comunidad, al hacerse cargo esta de las funciones necesarias para su sustento. Tampoco se exige dote para el ingreso, ni existe distinción entre monjas profesas y legas. La clausura, siempre fundamental, tampoco tiene las connotaciones negativas de tiempos pretéritos. La comunidad vive de su trabajo, fabricando y vendiendo dulces artesanales, así como de las pensiones de las monjas mayores y de los donativos que muchas personas aportan en reconocimiento a su carisma y oración.

El estudio histórico presta una especial atención a las propias monjas: sus nombres y oficios, especialmente los de las prioras; cómo vivían y rezaban; sus momentos de alegría y entusiasmo y aquellos otros de incertidumbre, extrema pobreza y persecución. También aborda los momentos en que tuvieron que abandonar su cenobio, tanto en 1868 —aunque pudieron regresar— como en el traslado definitivo desde su sede de San Vicente a Bormujos.

La obra se detiene igualmente en el momento de la muerte de cada hermana, especialmente significativo para la comunidad, que acompaña en el tránsito, reza, da gracias por su vida y guarda su memoria.

Un aspecto fundamental en la historia de este monasterio ha sido la agregación de otras comunidades dominicanas: primero la de Santa María de Gracia, en el siglo XIX, y después, ya en los últimos años del siglo XX y comienzos del XXI, las de Santa María de los Reyes y Santa Catalina de Osuna. Cada una de ellas precisaría y merecería una monografía propia, aunque por razones de tiempo, espacio y otras circunstancias no ha sido posible abordarlas con esa extensión en esta obra.

En la actualidad, la comunidad de Santa María la Real, en la línea del Concilio y de su vocación dominicana, vive centrada en la oración, el estudio y también en la misión compatible con la clausura. Esta se concreta en el servicio a la feligresía próxima al monasterio mediante la oración y el culto en su iglesia, la promoción de actividades en su salón de actos y, especialmente, la fundación y acompañamiento de una fraternidad de laicos dominicos.

El capítulo dedicado al patrimonio quiere ser un estado de la cuestión respecto a las piezas no solo de Santa María la Real, sino también de los monasterios agregados que hoy conforman una sola comunidad: Santa María de Gracia, Santa María de los Reyes y Santa Catalina de Osuna.

Por esta razón, el capítulo es breve y conciso, deteniéndose únicamente en algunos aspectos menos estudiados y teniendo muy en cuenta el trabajo predoctoral de Ana Pérez Tena, al que el autor se remite en diversos aspectos, así como las aportaciones de especialistas en Historia del Arte como José Luis Romero Torres y María Teresa Ruiz Barrera, quien ha estudiado las pinturas miniadas y las cartas de profesión.