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Ponencias para un cincuentenario

18 de septiembre de 2018

"Tras la belleza", con este sugerente título daba comienzo el pasado ocho de septiembre la ponencia a cargo del arquitecto Don Antonio Ruiz Barbarín, profesor de la ETSAM. Enmarcada en los actos conmemorativos del cincuentenario del templo dominicano del Vedat en Torrent. El salón de actos conventual se convirtió en un espacio donde la palabra y las imágenes fueron de la mano para hacer llegar a los presentes que sin verdad no hay belleza y sin belleza se hace difícil sentir la presencia de Dios.

De esta manera fue desgranando la nueva estética impulsada por los dominicos desde 1950 a 1967. Comenzando por Ronchamps construido gracias al Padre Marie Alain Couturier o.p. , donde el interior determina la forma, encontrándonos con las cuatro orientaciones que nos sugieren entrar en el mismo teniendo que rodearlo. Se refirió posteriormente a la Tourette donde el concepto de convento cambia, pues no se repliega hacia dentro sino hacia fuera.

Después Le Corbusier se dedicó a los colores y a la luz para provocar una atmosfera particular presta a la contemplación y la adoración. Un breve apunte sobre Miguel Fisac y paseo por las Arcas Reales de Valladolid con pinceladas descriptivas de su austera belleza. En la última parte extendió su exposición en el convento y templo de San Pedro Mártir en Madrid. Se detuvo a los pies de la emblemática escalera que parte del suelo pero no termina, esbozando imágenes llenas de simbolismo en referencia a la visión de la vida terrena encaminada hacia la eterna. Fijando luego su mirada en el templo con forma de hiperboloide, la historia y curiosidades de sus vidrieras y el Cristo de Carvajal.

Un breve comentario sobre Ntra. Sra. del Camino de León para dar así por finalizado un recorrido por la belleza emanada de la austeridad en las atrevidas y modernas arquitecturas a las que la Orden de Predicadores siempre ha acogido en su constante apertura al mundo contemporáneo, siempre a la escucha del arte como camino indispensable para anunciar el Evangelio.

 

Historia de un templo

A cargo del arquitecto Don Álvaro Gómez Ferrer Bayo, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos y uno de los dos autores del templo de los dominicos del Vedat. Una intervención cargada de nostalgia y recuerdos en cada palabra.

Cincuenta años después los muros volvían a reencontrarse con uno de sus arquitectos, el que aún puede contar agradecido la confianza que depositaron los frailes en ellos para hacer realidad un sueño. La imagen de autor y obra fundidos para llenar de luz los espacios austeros y diáfanos, dejaron en los presentes el sabor a una historia marcada por el afán de que Dios tuviera una morada en este lugar privilegiado. Pormenores de unos primeros esbozos, de un proyecto con escaso sustento económico, conversaciones interminables para buscar soluciones idóneas, vicisitudes de una obra que contaba sólo con la ilusión de quienes se empeñaron, con esfuerzo y sacrificio, en poner los cimientos del nuevo templo.

Muchos fueron los que arrimaron el hombro en dicha empresa, arquitectos, constructores, obreros, bienhechores, los que se denominaron «los amigos del templo», quienes no cesaron en vender papeletas y hacer rifas, incluidos los propios estudiantes dominicos que por entonces residían en el estudiantado de la antigua provincia de Aragón. Todos a una viendo como su colaboración daba frutos y el tiempo no pasaba en vano, llenando el vacío del terreno con un edificio de arquitectura muy acorde con el carisma dominicano.

Una breve intervención la de un arquitecto orgulloso de su obra, agradecido a los frailes dominicos, feliz de contemplar cómo después de cincuenta años los muros siguen cumpliendo su misión, admirado aún de la estructura espacial del techo, característica del templo por ser la primera en su género utilizada en España (estuvo propuesta para premio nacional de arquitectura en el año 1968). Pero en su rostro se reflejaba, sin ningún género de dudas, la ilusión por el presente y el futuro de su obra. Tal vez por eso el aplauso a su término resonó con más fuerza que nunca, como si el templo hubiese agrandado el eco, para agradecer así a su arquitecto el haberlo traído a la luz.

 

Ponencias para un cincuentenario en el Vedat

 

Recuerdo a Don Felipe y Don José Soler Sanz

Un recuerdo a cargo de la hija del arquitecto autor del templo y, al mismo tiempo, sobrina de quién fue el ideólogo de la estructura espacial que sostiene el techo del mismo. De nuevo, el espacio se volvía a llenar de gratitud a la Orden de Predicadores en las palabras de una hija emocionada, quien ponía voz a la ausencia de su padre y de su tío, homenaje merecido a ambos artífices de una obra emblemática por su impronta arquitectónica. El mejor resumen de esta intervención está entresacada de la misma, porque no se podría explicar con más acierto lo que el arquitecto quiso expresar en su obra:

« ¿Qué perseguía? Intentaba que lo que construía se adaptase a su finalidad. Así una vivienda debía ser cómoda para la familia que la habitase, evitar pasillos, tener buena orientación, mucha luz. Su esencia era la sencillez (llegar a ella no es fácil), espacios amplios, luminosos y aireados, líneas depuradas cercanas al minimalismo.

Hoy estamos en un templo en el que él reunió todo esto, en el que volcó su mejor yo. La cruz, esbelta, tan simple y tan pura a la vez, que quiere tocar el cielo. No, no es un campanario que llama a misa. No hace falta que nada suene porque sencillamente su forma y su altura ya es un reclamo. Además, que mejor define la fe cristiana que la cruz. Tres elementos verticales de casi treinta metros y, de tanto en tanto, dos travesaños horizontales, cada vez dispuestos en forma distinta. Todo en hormigón y, sin embargo, ¡tan ligero! Su sutileza remarca el significado tan profundo de la cruz en la que Cristo murió por amor. Y esta cruz que domina El Vedat se sostiene porque las traviesas están colocadas como lo hacen las hojas alrededor de un tallo, siguiendo la sucesión de Fibonacci, 5, 8,13. Se me hace inevitable recordar ese olmo seco de Machado que «con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido».

La vista entre los pinos de este moderno campanario nos llama a la oración y entramos en el templo en el que nos hallamos. Volvemos a encontrarnos la esencia de mi padre: un espacio amplio, sin obstáculos, que deja entrar la luz al jardincillo de la Virgen. Y si queremos más, abrimos la puerta corredera para que nos acaricie y refresque la brisa.

El interior del templo es espacioso y diáfano. Se ha conseguido lo que se buscaba: el vacío y la amplitud. Un vacío que se llena de Presencia y un espacio que alcanza el infinito».