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Carta del Maestro a todos los miembros del Movimiento Internacional de la Juventud Dominicana

Carta del Maestro a todos los miembros del Movimiento Internacional de la Juventud Dominicana

El maestro de la Orden, Fr. Francisco Gerard Timoner, O.P., ofrece una profunda reflexión sobre el discernimiento cristiano, la vocación dominicana y la misión compartida de acompañar a los jóvenes en la búsqueda de la voluntad de Dios, con motivo de la festividad de San Pier Giorgio Frassati

Memorial de San Pier Giorgio Frassati
4 July 2026
Prot. n.º 50/26/303 Cartas_MO

Elí le dijo a Samuel: “Ve y respóndele: ‘Habla, Señor, porque tu siervo escucha’” (1 Samuel 3:9).

A todos los miembros del Movimiento Internacional de la Juventud Dominicana

Queridos jóvenes amigos,

Entre todos los grupos vinculados a la Orden, el Movimiento Internacional de la Juventud Dominicana Ocupa un lugar único. Es el único cuya característica definitoria es algo que naturalmente desaparece con el tiempo: la juventud. A diferencia de las diversas ramas de la Familia Dominicana, cada una de las cuales está orientada hacia un compromiso de por vida, el IDYM es intencional y propiamente un tiempo de discernimiento. Es un período privilegiado en el que se invita a preguntarse, con honestidad y libertad, si el estilo de vida dominicano es verdaderamente su hogar y, de ser así, en qué expresión particular de esa vocación le llama el Señor a vivirla: como laico dominico, miembro de un instituto secular, hermana apostólica, monja contemplativa o fraile.

Con el tiempo, la participación en el Movimiento Juvenil Dominicano puede fomentar en algunos de ustedes un profundo sentido de pertenencia a la Familia Dominicana y una gran identificación con su carisma y misión, incluso sin que ello les lleve a discernir una vocación en ninguna de sus ramas específicas. Esto también es una auténtica gracia. La tradición dominicana siempre ha trascendido los límites formales de la Orden, enriqueciendo la vida de la Iglesia a través de hombres y mujeres cuyas mentes y corazones han sido formados por su amor a la verdad, la contemplación, la fraternidad y la predicación, inspirados por el testimonio de los innumerables santos y santas que Dios ha suscitado en el seno de la Familia Dominicana.

Primero, es importante reconocer que algo te ha atraído a la Familia Dominicana. Presta mucha atención a esta atracción, pues a lo largo de las Escrituras vemos cómo Dios llama a las personas antes de que comprendan plenamente el camino que tienen por delante. Quizás esté haciendo lo mismo contigo. El Señor, que conoce el corazón humano con mayor profundidad que nosotros, a menudo obra en nuestro interior mucho antes de que reconozcamos su presencia.

Tal vez aún no puedas nombrar lo que buscas. Sabes solo que hay un anhelo en tu interior: buscar la verdad con humildad, contemplar a Dios en la oración y pertenecer a una familia que, durante más de ocho siglos, ha compartido con la Iglesia y el mundo los frutos de la contemplación a través de las diversas formas de predicación dominicana. Tal anhelo no es una conclusión; es un invitación. Y escribo esta carta para animarte a que la escuches con más atención.

En cierto modo, uno se siente atraído por Santo Domingo y por la extraordinaria familia que ha crecido en su misión de predicar el Evangelio a lo largo de más de ocho siglos. Consideremos a quienes nos precedieron en este camino: Tomás de Aquino, cuyo inmenso intelecto siempre estuvo al servicio de un amor más profundo a Dios; Catalina de Siena, quien, sin formación académica formal, habló con valentía a los papas porque amaba a Cristo y a su Iglesia; Martín de Porres, quien reveló la dignidad del servicio humilde cuidando con serena alegría a los enfermos y olvidados; Beato Angélico, cuyo arte se convirtió en una forma de oración y cuya mirada contemplativa transformó la belleza en una elocuente predicación del Evangelio; Pier Giorgio Frassati, cuya vitalidad juvenil, amor por los pobres y alegría en la amistad nos recuerdan que la santidad no pertenece solo a los ancianos, sino a todo corazón generoso. Sus vidas fueron notablemente diferentes. Predicaron en universidades y mercados, en conventos y hospitales, a través del estudio, la contemplación, las obras de misericordia y la simple amistad. Sin embargo, se pertenecían unos a otros porque pertenecían, ante todo, a Cristo. El mismo espíritu dominicano los animaba a todos: la búsqueda de la verdad en comunidad, el amor a la oración, la compasión por los necesitados y el deseo de compartir la luz del Evangelio. Si algo en sus vidas resuena en tu corazón, no lo descartes a la ligera. Tal reconocimiento puede ser más que admiración. Puede ser el comienzo de una conversación que Dios ha deseado tener contigo desde hace tiempo, una conversación sobre la persona que Él te creó para ser y el lugar donde tus dones pueden servir mejor a su Reino.

Es precisamente esa conversación la que llamamos discernimientoy vale la pena detenerse a comprender qué es y qué no es realmente el discernimiento. No es una técnica que se deba dominar, ni una cuestión de perfiles de personalidad o aptitud vocacional, por útiles que puedan ser tales herramientas. En esencia, el discernimiento es el arte paciente de aprender a escucharA la voz de Dios, a los sentimientos más profundos del corazón y a las necesidades del mundo que Dios ama con inagotable ternura. Esta atención no puede apresurarse. De hecho, la incertidumbre a menudo no es un obstáculo para el discernimiento, sino una de sus compañeras indispensables. Nos enseña humildad, nos predispone a escuchar y, poco a poco, nos libera de la ilusión de que nuestras vidas están, en última instancia, bajo nuestro control.

Muchos jóvenes temen equivocarse, como si Dios esperara para exponer su error o retirar su llamado si tomaban un camino erróneo. Pero este no es el Dios revelado en Jesucristo. El Señor que encontramos en el Evangelio es el Buen Pastor que busca a los perdidos, el Padre que espera a sus hijos, el Cristo resucitado que camina junto a los discípulos desanimados antes de que puedan reconocerlo. En el camino a Emaús, los acompaña con admirable paciencia, abriendo las Escrituras y reavivando la esperanza mucho antes de que abran los ojos. Así es la providencia de Dios. Él nunca deja de acompañar a aquellos a quienes llama.

La Familia Dominicana siempre ha buscado ser una escuela de esta atención paciente. Santo Domingo nunca fue un hombre de urgencia incesante. Antes de que su misión predicadora diera origen a la Orden, pasó años de fidelidad como canónigo en Osma: rezando el Oficio Divino, estudiando las Sagradas Escrituras, compartiendo la fraternidad y aprendiendo la disciplina de la contemplación. Aquellos años de ocultamiento no fueron un preludio a su vocación; fueron su fundamento mismo. Solo quien primero ha aprendido a escuchar puede convertirse verdaderamente en predicador. Solo quien ha aprendido a permanecer en silencio ante Dios puede pronunciar una palabra capaz de llegar al corazón humano.

Esta es la vida a la que les invitamos, un camino para seguir a Cristo. Se sustenta en la convicción de que la verdad merece nuestra búsqueda de por vida, que la belleza de Dios merece nuestra contemplación y que lo recibido en la oración no puede permanecer como un bien privado, sino que debe convertirse en un don para los demás. Como lo expresa tan profundamente Santo Tomás de Aquino: «Así como es mejor iluminar que simplemente brillar, así también es mejor dar a los demás los frutos de la contemplación que simplemente contemplar». Nuestro estudio, nuestra contemplación y nuestra predicación nunca son fines en sí mismos. Son expresiones de la compasión de Cristo, que desea que cada persona llegue a conocer la verdad que nos libera.

Esta visión se materializa de maneras ordinarias pero transformadoras. Está presente en el estudio que gradualmente se convierte en oración, y en la oración que gradualmente ilumina todo lo demás. Está viva en conversaciones que se prolongan más de lo previsto porque la cuestión que se discute resulta ser más importante de lo que nadie se imaginaba. Se siente en amistades arraigadas no solo en intereses compartidos, sino en un amor compartido por Cristo y la verdad que él encarna. Y encuentra su máxima expresión en la predicación, que en la tradición dominicana surge no de poseer todas las respuestas, sino de buscar fiel y alegremente a Aquel que es la Verdad misma. Una y otra vez, quienes entran en la tradición dominicana descubren que los escritos de Tomás de Aquino, Catalina de Siena, Maestro Eckhart o innumerables otros maestros dominicos iluminan cuestiones que antes creían que les pertenecían solo a ellos. La comunión de los santos nos recuerda que la búsqueda de la verdad nunca es una empresa solitaria. Como nos recuerda San Alberto Magno: la búsqueda de la verdad no está destinada a ser un viaje solitario, porque debemos buscar la verdad en la dulzura de la comunión y la fraternidad (in dulcedine societatis quaerere veritatem).

A medida que vayas descubriendo tu propio camino, la riqueza y la diversidad de la Familia Dominicana pueden parecer, al principio, abrumadoras. Los frailes, las monjas contemplativas, las hermanas apostólicas y los laicos dominicos comparten el mismo carisma dominicano, cada uno según una forma de vida distinta. No se trata de vocaciones que compiten entre sí, sino de expresiones complementarias de una misma gracia. La monja que vela en el silencio contemplativo del monasterio, el fraile que proclama el Evangelio, la hermana que sirve a Cristo en el ministerio apostólico y el laico dominico que da testimonio del Evangelio en la vida familiar, el trabajo profesional y el compromiso cívico, todos participan en la única misión encomendada a Santo Domingo: hablar la verdad con amor (Ef 4:15) y así guiar a otros a la verdad salvadora de Jesucristo (cf.1 Tim 2:4). 

Quizás, entonces, tu primera pregunta no sea aún qué forma de vida te llama Dios a abrazar. La pregunta más profunda es si este camino dominicano de seguir a Cristo resuena con los anhelos más profundos de tu corazón. ¿Despierta algo en ti el amor a la verdad? ¿Te resulta extrañamente familiar una vida marcada por la oración, el estudio, la fraternidad y la predicación, como si respondiera a un anhelo que has albergado durante muchos años sin saber cómo llamarlo?

La respuesta se revela gradualmente. Ora con fe y sé sincero en tu oración ante Dios. Busca la guía de un director espiritual o confesor sabio, dispuesto a desafiarte y a la vez animarte. Mantente cerca de la comunidad dominicana. No te fijes en si sus miembros son perfectos, pues no lo somos, sino en si, en medio de las exigencias y los sacrificios de nuestra vocación, poseemos la profunda alegría que proviene de pertenecer plenamente a Cristo. Tal alegría es una de las señales más seguras de una vocación auténtica.

En definitiva, la vocación no consiste en aceptar una misión ni en seguir una carrera profesional. Es descubrir el punto de encuentro entre el llamado de Dios y la verdad más profunda de nuestra propia vida. Es allí donde, poco a poco, la persona se vuelve plenamente viva, plenamente libre y plenamente arraigada en Cristo.

La conocida adaptación de las palabras de Santa Catalina: "Sé quien Dios quiso que fueras, y prenderás fuego al mundo." No son una invitación a la autoafirmación, sino a la santidad. Catalina comprendió que la renovación de nuestro mundo no comienza con grandes estrategias, sino con hombres y mujeres que se dejan transformar por la gracia.

Queridos amigos, el fuego que Dios encendió en el corazón de Santo Domingo hace más de ocho siglos nunca ha dejado de arder. Sigue iluminando mentes, encendiendo corazones y enviando predicadores al mundo. Si han comenzado a sentir aunque sea una chispa de ese fuego, no teman. Puede que el Señor los invite a acercarse, a escuchar con mayor atención y a descubrir la alegría de caminar con Él en compañía de Santo Domingo y de toda la Familia Dominicana.

Que María, Reina de los Predicadores, os acompañe con su cuidado maternal, os fortalezca en vuestro discernimiento y os conduzca siempre a la alegría de seguir a su Hijo.

Tu hermano en Santo Domingo,

P. Gerard Francisco Timoner III, OP

Maestro de la Orden

PS Esta carta se envía también a todos los miembros de la Familia Dominicana, como recordatorio de que acompañar a los jóvenes en su discernimiento es una responsabilidad que todos compartimos. Los animo a que los reciban con afecto fraterno, a que oren fielmente por ustedes y a que los ayuden a discernir el camino particular por el cual el Señor los llama a participar en la misión y la alegría de Santo Domingo.