Meditaciones Eucarísticas

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Meditaciones Eucarísticas

Meditaciónes con motivo de la fiesta del Corpus, realizadas por Cándido Ániz a partir de textos de Antonio Moreno


El domingo celebramos en casi todas las comunidades cristianas la solemnidad de la Cena Eucarística o fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. Cristo realmente presente en el Sacramento del altar, bajo los símbolos del pan y del vino.

Esta celebración de la Cena Eucarística es muy antigua en la Iglesia de Cristo.

El apóstol san Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto su primera carta, a poco más de veinte años de la última Cena de Jesús, habla expresamente de esa Cena Eucarística y llama la atención

Sobre el modo poco digno como algunos la celebraban:

“oigo que al reuniros hay entre vosotros cismas..., y cuando os reunís no es para comer la cena del Señor, porque cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro está ebrio. ¿Es que no tenéis casas para comer y beber?...

Sobre la tradición recibida y el sentido de la Cena:

 “yo he recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó el pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en memoria mía...”

Sobre la dignidad de la participación en la Cena:

 “Cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciais la muerte del Señor hasta que Él venga. Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma y beba...”(ICor 11, 17-28).

Leer estos textos de san Pablo, escritos cuando todavía estaba palpitante la pasión, muerte y resurrección de Cristo, es de gran luz y consuelo para nuestra vida en fe.

En este mes queremos prolongar esa luz y consuelo en tres meditaciones sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, sirviéndonos principalmente del libro Pan de Eucaristía escrito por Ángel Moreno, en la BAC  2000.

Eucaristía: un amigo te está esperando.

Es duro vivir incomunicado

¡Señor, que estás en el sagrario!, permíteme contar a otros la historia de mi encuentro contigo en campos de soledad.

“Es mi experiencia más personal; y la presento como testimonio más que como doctrina. Llegué a Buenafuente, lugar monástico desde el siglo XII, recién ordenado sacerdote, con veinticuatro años. Un lugar frío ya en el mes de octubre. En 1969 el pueblo estaba casi deshabitado, ruinoso, con dos únicos vecinos. Mas poseía una historia de oración, gracias a la presencia de unas monjas del Cister que lo habitaban.

En los primeros meses vagué por montes, espacio agreste, fascinante, solitario... Mis jornadas eran desiertas, sin presencia humana, entre recios combates conmigo mismo, que consolaba con sorbos de silencio y soledad, abriendo mi puerta a todos los que llegaban: pastores, carboneros, madereros, cartero... Todos eran buena noticia.

En estas circunstancias, recuerdo de manera muy viva lo que significaba un rato de oración ante el sagrario, solo, en la iglesia vacía y heladora. Esta era la única posibilidad

  • de sentirme acompañado
  • de mantener una conversación con alguien que me comprendiera,
  • y de sentir que otro me escuchaba, me miraba.

No creo que fuera sólo necesidad psicológica.

Entre los muchos huéspedes que han pasado por mi casa, uno de ellos, que había estado en la cárcel de gran seguridad, me contó su caso. Decía que le habían prohibido hablar y que en algunos momentos no sabía si había perdido la voz. Como remedio, se embozaba con la toalla, para que no lo oyeran los vigilantes, y hablaba solo.

No es esa mi experiencia. Lo que yo sentí e hice no fue terapia de solitario, sino necesidad humana y de fe, experiencia de relación... Yo tenía como único rumor externo el chorro de la fuente de la plaza y las pulsaciones de la máquina de escribir”.

Don de fe: Creer en la presencia real de Jesús amigo

“Doy fe de lo que significa creer en la presencia real, viva, de Jesús: del tú amigo que respondía a mi necesidad más sentida, la de poder hablar con otro de amistad o de las dificultades y esperanzas.

Después, en mis viajes de un lado para otro, encontrarme con la Eucaristía era hacerlo con el amigo que me libraba del sentimiento solitario.

¡Qué difícil es vivir y pasar las jornadas por empeño, por disciplina, para no deteriorar la propia imagen, por coherencia con el ministerio, por coincidencia con el papel que se debe asumir!

¡Qué distinto es sentirse relacionado, querido, estimulado por la presencia de un tú amigo!  Para mí, en esos momentos tuvo especial realismo la presencia sacramental de Jesucristo en la Eucaristía.

Fue como el ángel en desierto del Néguev..., como el ángel que en Getsemaní consolaba a Jesús..., como los ángeles de la mañana de Pascua que anunciaban a las mujeres la resurrección... Esta relación fue para mí el Tú esencial, necesario para poder atravesar mis desiertos externos e internos, la presencia viva y favorable de alguien que, fuera de mí mismo, me hacía sentirme persona”.

Reflexión: Sed de Dios

 “Deseé gustar lo que da de sí la vida
y conocí, escèptico, el lamento

cuando la sed se calma enteramente
al tener lo que no puede perderse.

Insatisfecho corazón humano
que busca mas no encuentra.

Pretensión de hallar en extramuros
lo que cobija dentro...

Tú estabas dentro de mí, divino aliento,
en este santuario de mi cuerpo.

Don es saberte compañero,
huésped amigo,
amor secreto,

amigo estable,
uente, manantial
que en sed de ti se trueca.

Tú estabas dentro de mí
y yo ausente.

Me quejé de soledad,
ensimismado, extrovertido,
inconsciente”

Dame, Señor, el pan de cada día.

Confidencias ante ti, Señor

¡Señor!, Tú sabes bien que  “en mis largas estancias solitarias, me he asomado, aun dentro de mí mismo, por un instante, al vértigo del mundo.

¡Cómo aparecieron ante mis ojos, nebulosas, las lacras y miserias de la vida!  Estuve a punto de ceder al desespero y emitir un juicio despiadado por tanta insensatez... : violencias, guerras, traiciones, pobrezas...

 Me estremeció también la impotencia ante la muerte y el sufrimiento por causa de la miseria, de la desgracia de tantos inocentes, y ver hasta dónde puede desgarrarse el corazón del hombre. No llegaba a comprender tanta amargura...

Todo esto me sucedía en las alas de un claustro enriquecido con relieves de figuras y dragones, de monstruos y ángeles celestes. Y me decía: este discurso mío es demasiado mental, está vacío, resulta ocioso, es fruto intelectual..., no llega a resolver tantas cuestiones. Y me parecía vivir como desencarnado, ajeno a los avatares de la historia, refugiado en cuestiones estéticas, mientras que otros morían. Estaba, sin embargo, yo también herido.

Pero de pronto, sin salir del claustro, me fijé en la materia en que se había esculpido una historia con figuras y dragones, y descubrí la misma realidad: también la piedra se dolía inerte,  frágil, en las manos de un artesano que grababa en su cuerpo bellezas y escenas fascinantes”.

Dios baja y transfigura el pan

“Entonces sentí que la piedra me hablaba: si yo, decía, siendo fragmento inerte, duro y muerto, recupero un rostro tan humano en las manos hacendosas del artista, ¿estará acaso el hombre sometido a peor fin por saberse mortal en tanta guerra, esclavo de tantos intereses?

Y vi a Dios que bajaba a tomar mi carne tan herida; y que en las mismas facciones dolorosas, en las mismas llagas, resplandeció la luz y que todo se convirtía en transparencia. Fue un instante de luz en la materia.

No sé si es cierto el resplandor que me penetra, pero conservo la luz que transfigura un trozo de pan. Ante él mi fe confiesa:

“Donde ves masa,  ahí está la entrega de Dios a cada ser humano”.

 Bien sé que a pesar de ese instante de luz, la vida seguirá entre estrecheces permanentes y oscuras... , mas yo sabré que la historia y la materia, el hombre y su dolor...  no tienen vocación de consumirse sin sentido...

Cada uno en su piedra inerte, en su conciencia de desgracia, puede, por el pan de la Eucaristía, anticipar el icono, el rostro que adelante la belleza que Dios ha revelado como fin universal de nuestro mundo y de cada una de sus criaturas.

Ahora ya sé... que la historia de los hombres, esculpida en sus vidas cada día, lleva la belleza del amor divino hecho tierra, pan y vino, cuerpo humano, anticipo feliz, transparencia de eternidad anticipada, la de formar entre todos el único cuerpo glorioso, el de Cristo”.

Oración  de amigo

“Ante ti, Señor,  mi súplica de amigo importuno:

Dame el pan de cada día, el pan de esta jornada. Solo te pido el trozo suficiente que alivie mi cansancio y mi fatiga.

Dame la fuerza necesaria, solo aquella que me permita dar respuesta concreta y fiel a la vocación que a cada instante me confirmas...

Te pido el hálito de vida que me dé capacidad en este ahora... Dame el sorbo de agua imprescindible, que me libre del agobio y preste a mis caminos la alegría de no arrastrar, sediento y agotado, los pies en la obediencia.

Hazte agua de torrente o manantial; que no perezca sediento de sentido...

Sólo te pido que permanezcas discreto junto a mí en los senderos, sin derroches de visiones, pero que yo esté seguro de tu acompañamiento...

Hazte, Señor, la brisa de la tarde, la cena de la noche, pan partido, albergue de mi sueño, aceite de mi lámpara en la vela. Hazte amanecer y luz del alba...

Dame hoy el pan de la mañana, el que cada día adelanta la mesa de mi esfuerzo y de mi esperanza. Que no vuelva la mirada atrás, ni me pueda la nostalgia por el tiempo perdido...

Dame, Señor, el pan que me saque del tedio y de todo ensimismamiento, pan partido, pan comunitario, pan de Eucaristía”. Amén.

 

La Eucaristía: centro, culmen, fuente de vida.

“Yo soy el pan de vida, dice Jesús. 
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo” (Jn 6, 48-51).

A los pies del sagrario quiero saborear palabra por palabra y afecto por afecto los cuatro pensamientos encerrados en estos versículos.

Cuando me dices Yo soy, te miro, Señor, desde la ventana de la fe que me has dado, y confieso que te reconozco como Hijo de Dios que has venido hasta mí. Tú eres el Amor, la Vida, la Amistad, la Salvación.

Cuando me dices que eres Pan vivo bajado del cielo, pienso en que te ofreces a mí como manjar en mesa de banquete, amistad, conversación, abrazo. ¡Tan humilde te haces que llegas a mi tienda pobre para invitarme!

Cuando me dices que Comer de tu pan es tener vida para siempre, me haces olvidar mis apetencias de placeres y manjares terrenos. Tú ofreces otros tan elevados y nobles que mantienen la vida para siempre en tu felicidad. ¡Dame, Señor, hambre de tu pan de vida, hambre de vivir en ti!

Y cuando me dices que Tu pan es tu carne, vida del mundo, me sumerges en el misterio de tu amor y de tu poder. ¡Tú mismo estás en la mesa a que me invitas, bajo las especies de pan y vino, y es tomando ese pan y vino como el mundo se transforma en ti!

“En verdad os digo: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Jn 6, 52-56)

Ahora, Señor, parece que me fuerzas a tener hambre y comer, a tener sed y beber. Mas no a comer y beber de la cosecha de nuestros campos y de nuestras viñas, sino a comer y beber de ti mismo : de tu cuerpo y sangre.

Y tan fuerte es tu palabra como que me amenaza solemnemente: sin participar de mi banquete, en  mi carne y en mi sangre, vuestra vida fluye sin sentido, por ríos que nacen en manantiales turbios, y yo no la reconozco.

¡Tánta es la fecundidad que concedes a la vida eucarística, a la comunión espiritual-sacramental contigo, al compromiso sellado en la intimidad de un banquete de bodas!

Te doy gracias, Señor. Vivir en ti y contigo, alimentándome en la corriente viva de los sacramentos, y en el amor que se derrama en caridad, es ponerme en camino a la vida eterna.

“Venid, benditos de mi Padre. Tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis...”(Mt 25,34 ss).

Esta palabra tuya, Señor, la entiendo mejor, sin velos de misterio, aunque también ella se alimente y nutra en la mesa de tu amor.

Entiendo, Señor, que comer tu cuerpo y beber tu sangre es vivir en ti, y que viviendo en ti hay que prodigarse en las obras de amor que quedaron selladas en la mesa del banquete eucarístico.

No hay traje de boda sin caridad, no hay invitación al banquete si no media el amor y la solidaridad, no hay nacimiento a la eternidad venturosa si no se lleva en la frente el sello de predestinados en el amor universal, generoso, oblativo...

¡Gracias, Señor, por tu palabra, por tu verdad, por tu Eucaristía! 

Fr. Cándido Ániz Iriarte O.P. - Antonio Moreno