Modo octavo

El santo padre Domingo tenía además otro modo de orar bello, devoto y armonioso.

Inmediatamente después de las horas canónicas o de la acción de gracias que se da en común tras la comida, el sobrio y delicado padre, llevado del espíritu de devoción que le habían provocado las divinas palabras cantadas en el coro o en la comida, se retiraba a un lugar solitario, en la celda o en otra parte, para leer o rezar, entreteniéndose consigo mismo y estando con Dios.

Se sentaba tranquilo y abría ante él un libro. Hecha la señal protectora de la cruz, comenzaba a leer. Su mente se encendía dulcemente, cual si oyese al Señor que le hablaba, según se lee en el salmo: Oiré lo que el señor Dios habla en mí, pues hablará de paz para su pueblo, para sus santos y para los que se convierten de corazón(Sal 85, 9). Por los gestos de su cabeza, se diría que disputaba mentalmente con un compañero. Pues tan pronto se le veía impaciente como escuchando tranquilo; discutir y debatir, reír y llorar a la vez; fijar la mirada y bajarla, y de nuevo hablar muy quedo y golpearse el pecho.

Si un curioso lograra observarlo sin que él se diera cuenta, el santo padre Domingo le parecería Moisés adentrándose en el desierto, contemplando la zarza ardiente y postrado ante el Señor que le hablaba (Ex 3, 1s.). Pues el varón de Dios tenía esta profética costumbre de pasar sin solución de continuidad de la lectura a la oración, y de la meditación a la contemplación.

Cuando leía solo de esta manera, reverenciaba el libro, se inclinaba hacia él y a veces lo besaba, sobre todo si era un códice evangélico o si leía las palabras que Cristo pronunció de su misma boca. En ocasiones escondía la cara y la volvía a otro lado; se tapaba el rostro con las manos, o lo cubría ligeramente con el escapulario. También entonces se tornaba todo ansioso y lleno de deseo. Y, como si diera gracias a una persona superior por los beneficios recibidos, se incorporaba parcialmente con reverencia e iniciaba una inclinación. Una vez recuperado y tranquilo, volvía de nuevo a la lectura del libro.

Versión Castellana del siglo XIV

El octavo modo de orar

Era otro modo de orar a nuestro padre santo Domingo fermoso e devoto e grato.

Después de las horas canónicas e después de las graçias que se fazen comúnmente después de comer, el mesurado e devoto padre con spíritu de devoción, el qual spíritu tomara de las palabras de Dios que se cantaban en el choro o en el refectorio, luego se ponía en algún logar solo, en la çella o en otro logar para leer o orar fablando consigo e stando con Dios.

E posábase tan quieto e abría algún libro ante la su cara e signábase del signo de la cruz, e leya e aconsolábase en la su voluntad muy dulçemente, assy como sy oyesse al Sennor Dios fablar, assy como se dize en el psalmo: Audiam quid loquatur in me Dominus Deus, ca fablará paçem in plebem suam, “Oyré lo que fablará en mí el Sennor Dios, ca fablará paz en el su pueblo e sobre los sus santos e en aquellos que se tornan al su coraçón” (Sal 85, 9).

E assy commo sy disputasse con otro compannero con gesto e con voluntad, agora paresçía con furia, agora quieto e oydor sannoso, e luchar e reír e llorar e aguzar la cara e fincar los oios e amansar, e luego fablar en silençio e ferir en los pechos. Sy alguno curase de lo ver ocultamente, pareçíale padre santo Domingo assy commo Moysés quando entraba al medio del desierto, e mirasse la çarça arder e al Sennor fablar e a sy mesmo humillar (Ex 3, 1s). E tan súbito este prophético siervo de Dios era levantado de la lección a la oración e de la oración a la contemplación. E leyendo assy solo, onraba el libro e enclinábase al libro e besaba el libro algunas vezes, mayormente sy era código de los evangelios o sy leya las palabras que el Sennor Iesu Cristo por su boca dezía.

Algunas vezes tornaba la cara e ascondíala. Algunas vezes ponía la cara en las sus manos e cobríala un poco colgando la capiella sobre los oios. E entonçe se fazía todo affligido e pleno de deseo, e assy commo que daba graçias a la exçellente persona de los benefiçios reçebidos, e levantábase un poco con reverençia e enclinaba.E, todo aconsolado e quieto en sy mesmo, otra vez tornaba a leer en el libro, según paresçe en esta figura: