Dom
9
Dic
2018

Homilía II Domingo de Adviento

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

Una voz grita en el desierto

Pautas para la homilía

Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción que llevas… (Ba 5,1)

En un contexto de exilio y todo lo que ello conlleva para el pueblo de Israel, se alza la voz del profeta Baruc. Un mensaje claramente esperanzador en medio del luto y el duelo a causa de la desgracia sufrida. Por un momento, tratemos de imaginar siquiera lo que habría sido el exilio: despojos, violencia, enfermedades, muertes, pérdida de seres queridos, pérdida de bienes, posesiones, privilegios, tierra, templo, culto y un largo etc.

El profeta no solamente invita imperativamente a despojarse de todo luto y tristeza, sino que también ordena ponerse los vestidos de fiesta y es más, anuncia que Dios mismo guiará a Israel con alegría, a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia. Es que la justicia de Dios se manifiesta no cuando condena o juzga sino cuando Él salva, rescata y le devuelve todo el esplendor a su pueblo gracias a su misericordia. “Dios ha mandado rebajarse a todos los montes elevados y a todas las colinas encumbradas; ha mandado rellenarse a los barrancos hasta hacer que el suelo se nivele, para que Israel camine seguro, guiado por la gloria de Dios”.

A la luz de estas palabras esperanzadoras y cargadas de alegría podemos preguntarnos también nosotros cómo podemos actualizarla: ¿Has tenido experiencia de exilio (real, social, espiritual, afectivo, etc.)? ¿Cómo ves/contemplas la realidad que te rodea (local, regional, internacional)? ¿Eres una voz de esperanza para tantos exiliados de nuestro mundo? ¿Cómo lo haces o colaboras a preparar el camino?

Que vuestro amor siga creciendo más y más… (Fil 1,9)

San Pablo se dirige a los cristianos de Filipos con una carta que trasluce alegría, amor y confianza. Los recuerda con alegría en la oración porque han colaborado con la difusión del Evangelio desde el primer momento. ¡Los ama entrañablemente! Además, confía plenamente en que el Señor llevará a buen término la obra que ha comenzado en ellos. El deseo hecho oración del apóstol es que el amor siga creciendo más y más entre los cristianos y puedan profundizar en todo conocimiento y discernimiento, en otras palabras, que ese amor los lleve a una sabiduría experiencial, una sabiduría de vida.

¿Cómo podemos y debemos recibir las palabras de san Pablo? ¿Recordamos a nuestros hermanos y hermanas con alegría en la oración? ¿Confiamos en la obra que Dios realiza en los demás? ¿Cómo podemos crecer más y más en el amor -a Dios, a los hermanos, -a todo ser humano?

Preparad el camino del Señor… (Lc 3,4)

El evangelista Lucas nos sitúa en unas coordenadas históricas concretas, en un tiempo y lugar determinados (imperio romano, procurador romano en Judea, poder religioso en Jerusalén, río Jordán, desierto de Judea). Nos quiere hacer pensar que Dios se ha hecho historia, su palabra se ha encarnado y se manifiesta en personas concretas: Juan, la voz que grita en el desierto.  La profecía de Isaías se concreta en la persona de Juan que invita a la conversión y al bautismo para el perdón de los pecados.

Fijémonos en las imágenes que utiliza la voz que clama en el desierto: senderos, valles, montes, colinas, caminos torcidos y escabrosos o ásperos. Resulta más fácil comprenderlo in situ: en el desierto de Judea y las regiones circunvecinas; es el típico paisaje del sur de Palestina. Los verbos son muy interesantes porque indican distintas acciones que desembocan en un mismo objetivo: preparar el camino, el terreno, el territorio por donde el Señor ha de pasar. Estos son: rellenar, rebajar, enderezar, nivelar o allanar. Nos recuerda a lo que decía el profeta Baruc: El Señor ha ordenado que se preparen los caminos…

Hoy esa misma voz sigue gritando… en el desierto… paradójicamente en un lugar que no habita la gente y donde nadie escucha. Simbólicamente el desierto da mucho que pensar. El desierto de nuestros días puede tener múltiples sentidos: ¿con cuál nos identificamos?

La voz de Juan el bautista nos invita a la conversión, una conversión que implica enderezar nuestros caminos, nuestras vidas; rebajar los montes y colinas de nuestro orgullo, vanidad, de lo superfluo, de discriminación, de desprecio, de intolerancia y prejuicios de todo tipo, etc. Una conversión que nos invita a rellenar los valles de nuestros vacíos existenciales, afectivos, de fe, de confianza y esperanza. Una conversión que invita a allanar y nivelar todo aquello que es sinuoso o áspero en nuestras vidas, en nuestras comunidades, en nuestra iglesia y por qué no, en nuestra sociedad. ¡El Señor ya viene!

Estamos invitados a reflexionar sobre la invitación que nos hace Juan el Bautista hoy: ¿en verdad somos personas con esperanza y con una fe que nos capacita para cambiar el mundo? ¿somos buena noticia para las personas que viven en situaciones de exilio, tristeza, dolor, sufrimiento, marginación, etc.? ¿Hacemos algo para que el amor entre nosotros crezca cada día? ¿Creemos realmente que el Señor viene a nuestras vidas y que necesitamos prepararnos?

Este domingo destila esperanza y alegría, nos invita a ser gente que da lo mejor de sí para hacer realidad la justicia y misericordia de Dios porque creemos inquebrantablemente que todo el mundo verá la salvación de Dios. ¡Cantemos con el salmista que nuestro Dios ha estado grande con nosotros y estamos alegres!