Dom
25
Nov
2018

Homilía XXXIV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

Tú lo dices: Soy Rey

Pautas para la homilía

¿Cristo Rey?

Es probable que a muchos cristianos les chirríe esta forma de llamar a Jesús. Por sus connotaciones seculares, pero también por el recuerdo de su rechazo a que intentasen hacerle rey.

Y, sin embargo, Jesús acepta ante Pilato que lo es. Aunque, a decir verdad, habla más del Reino de Dios que de sí mismo como rey. ¿Quería evitar equívocos dadas las esperanzas políticas de parte de su pueblo?. Desde el inicio del ministerio público proclama que el Reino de Dios está cerca, está en medio de nosotros, más aún, está dentro de nosotros.

El Reino es el núcleo de la experiencia religiosa de Jesús. Cree en un  Dios Padre que disfruta incorporándonos a su Reino. Habla de él en sus parábolas, lo manifiesta en sus signos, nos enseña a pedirlo en la oración, nos lo confía para vivirlo, celebrarlo y anunciarlo. En el Reino eclosiona nuestra plena verdad como hombres y mujeres. Para esto vino Jesús, para dar testimonio de la verdad. Ese es, según Él, el secreto de su realeza.

Pilato no lo entendió, a juzgar por la causa de la condena que fijaron en la cruz.  No comprendió que el Reino de Jesús no es de este mundo. Quizá, a él y a las autoridades del pueblo, les desasosegó entrever que, no obstante, ese Reino no es ajeno al mundo y puede trastornar las formas habituales de situarnos y movernos en él. Este Reino de Dios tiene que ver con nuestra historia y con la promesa de Dios de hacerla mejor.  

Un Reino de hermanos y servidores

Jesús sabe cómo los reinos de este mundo se fundamentan sobre el poder de unos pocos que oprimen a los demás. Y nos enseña otra forma de relacionarnos: la que se asienta sobre el servicio. No puede ser de otra manera cuando se concibe como único poder el del Dios que prefiere la misericordia al sacrificio.

Jesús no llama rey a Dios, aunque pudiera haberlo hecho como el Antiguo Testamento. Prefiere llamarle Padre y eso nos convierte a todos en hermanos. No nos hizo el Padre solitarios, sino solidarios. Todo en el evangelio respira convivencia y anhela cercanía y trato afable entre los hermanos. Y no sólo con los mejores, ni con quienes pueden devolvernos nuestros gestos de servicio, también con los más débiles y los más pequeños. La fraternidad sólo es auténtica cuando alcanza a todos y se manifiesta con gratuidad.

Un Reino así no se impone. Para instaurarlo no sirven las leyes, ni las prohibiciones, ni las coacciones. De cuando en cuando los cristianos hemos sucumbido a la tentación de convertir el mundo en Reino por la imposición y la violencia, nuestros o de los Estados. Muy al contrario, este es un Reino que procede del amor y que se expande por la libre acogida y el decidido cambio de los corazones.

Un Reino que incluye

El Papa Francisco nos ha invitado a releer las bienaventuranzas desde la clave de una vida en el Reino en contraste con las desventuras de una vida “sin Dios y sin carne” (Alegraos y regocijaos).

Los reinos de este mundo se excluyen mutuamente cuando exacerban sus diferencias o ven amenazados sus intereses. El Reino de Dios no excluye. Incluye a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de justicia… a los perseguidos por causa de la justicia. Jesús mismo realizó sus gestos o milagros para reintegrar en el pueblo a aquellas personas que eran excluidas de él.

El Reino de Dios, es el Reino de un Padre que, sin acepción de personas, “hace salir el sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos”. Porque es un reino de compasión, desarrolla nuestra sensibilidad y compromiso para incluir a quienes hoy se excluye y quedan “sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Hemos dado inicio a la cultura del ‘descarte’ que, además, se promueve”, como nos enseñó el Papa Francisco en su Alegría del Evangelio.

¿Algo que excluir? Sí. Los muros físicos que segregan y los muros mentales que, so capa de identidades, excluyen al extranjero y al diferente.

Un Reino que ya está aquí, pero todavía no

Este Reino ya ha llegado con Jesús y a él nos ha incorporado nuestro bautismo. No se trata pues, de un ejercicio futurista. Pero nuestras resistencias y pecados retrasan su plena manifestación. En nuestra fe hay una escatología realizada y por venir.

Que haya llegado ya nos invita a tomarnos en serio el presente. Es aquí y ahora donde nacemos de nuevo y vivimos como miembros del Reino. Esto nos habla de contemplación de la presencia de Dios y su Gracia en la naturaleza y la vida cotidiana. También de compromiso, de tareas éticas tan bellamente descritas por Jesús en su relato del Juicio final (Mt. 25,31-46).

Que aún esté por llegar nos invita a tomarnos en serio el futuro. A mantener la esperanza en la bondad y la misericordia de Dios, que nos regalará el Reino que no tendrá fin.