Dom
16
Dic
2012

Homilía III Domingo de Adviento

Año litúrgico 2012 - 2013 - (Ciclo C)

Estad siempre alegres en el Señor

Pautas para la homilía

El pueblo llano padecía un sistema sociopolítico colonizador y por eso buscan la liberación. Los judíos sencillos que acudían a ser bautizados por Juan y a transformar totalmente su vida vivían en un país reducido a la miseria a causa de la discriminación social que sufrían por parte de los judíos ricos, de la dominación cultural y de la opresión imperialista de los romanos. Ante esta situación, Juan y esta gente sencilla esperaban como liberación una intervención divina a gran escala, una auténtica conmoción universal.

 Jesús no solo cambió la forma de Juan de entender el reino de Dios, sino también al Dios de ese reino. Para Juan, el Reino de Dios estaba por venir y era inminente su llegada. Para Jesús, en cambio, el Reino de Dios es ya una realidad presente: está entre nosotros. Además, para Juan el Dios de Israel es un Dios justiciero y vengador, que pronto habría de realizar una gran limpieza entre los hombres. Dios es presentado primero como un leñador provisto de su hacha que separa los árboles buenos de los malos, y luego como un trillador que separa el grano de la paja. Juan no es porta¬dor de un «evangelio» o de un mensaje gozoso de salvación: es un profeta de desgracias, que amenaza con el juicio inminente de Dios a quien no cambie de rumbo en la vida. El núcleo del mensaje de Jesús, por el contrario, es un euangelion, es decir, una buena noticia de Dios: «el reino de Dios está aquí». Y esto significa para Jesús, que están presentes la absoluta voluntad salvífica de Dios, su compasiva misericordia y su generosa bondad y, por tanto, la oposición a todas las formas de mal, de miedo y de sufrimiento.

¿Intervención solo de Dios o también colaboración humana en la transformación del mundo? Para Juan, Dios es el que tiene todo el protagonismo en esta limpieza del mundo. En cuanto a Jesús, los primeros destinatarios de su mensaje debieron de quedar perplejos ante la proclamación de la presencia ya actual del reino. Porque ¿dónde estaba el mundo transfigurado por Dios? ¿Había cambiado algo en un mundo de pobres campesinos, de injusticia local y de opresión imperialista? Pero para Jesús, el reino de Dios está aquí, pero solo en la medida en que lo aceptemos, entremos en él, lo vivamos y, de ese modo, lo establezcamos los seres humanos. No podemos seguir esperando a que Dios intervenga, porque, al contrario, es Él quien espera nuestra colaboración e intervención. Curar a los enfermos, comer con los pobres y las viudas es participar en que el Reino de Dios se haga presente. El reino de Dios no comienza, no puede continuar y no concluirá sin nuestra participación, potenciada –eso sí– por Dios, y sin nuestra colaboración, también impulsada por él.

El pacifismo de Juan y de Jesús. ¿Cómo debe responder un pueblo oprimido ante la tremenda seducción de la nueva cultura romana, la aplastante superioridad militar, la brutal explotación económica que sufría, y la inapelable discriminación social por parte del opresor romano y de sus colaboradores judíos? Ni Juan ni Jesús están por la rebelión armada, aunque hay en sus respectivas visiones imágenes acerca del futuro juicio que son muy agresivas: la del hacha puesta en la raíz de los árboles está tomada de las guerras orientales de exterminio, ¡en las que se llegaba incluso a destruir los árboles frutales para que no fueran fuente permanente de alimento! (Lc 3, 9). También la gran parábola del juicio universal, que durante siglos fue el modelo de la actuación cristiana, termina con la separación entre justos e injustos; estos últimos son condenados a un castigo eterno (Mt 25,46). La carga de violencia es tan intensa en estas imágenes, que se llega a «llorar y a rechinar de dientes» –y tal es precisamente la intención de estas imágenes (Mt 8,12; 13,42, y passim)–. Con ellas el movimiento de Jesús quería incitar a los hombres a que cambiaran su vida. Estimulaba fantasías agresivas y ¡quería incitar a la vez a una acción no agresiva! Pero, por otra parte, Jesús presentó la no violencia de Dios como la razón de su propia negativa a recurrir a la violencia. «… vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre los malvados y los buenos, y manda su lluvia sobre los justos y los injustos...». Juan y Jesús participaron en una resistencia pública, pero no violenta, frente a la ley y el orden de Roma. Por eso fueron matados. Los seguidores de Juan y de Jesús no «lucharon», no usaron la violencia ni siquiera para intentar liberar a sus líderes.

La actividad de Juan –y también la de Jesús– tenía mucho de provocación. No es la espiritualidad del templo de Jerusalén, sino la espiri¬tualidad del desierto la que domina en la actividad de Juan. El rito del bautismo de Juan quitaba los pecados tan radicalmente como los borraba la intervención de los sacerdotes del Templo de Jerusalén. Se trataba a todas luces de una alternativa deliberada al sistema oficial de purificación, del culto oficial. Convendría que nuestros dirigentes religiosos tuvieran en cuenta y no olvidaran este euangelion. Es más, en las recomendaciones que da Juan a los que acuden a él, no hay nada de actos de culto y sí conductas morales.

Para Juan, la esperanza del futuro está unida al compromiso ético: ¿qué tenemos que hacer? Entre los que preguntan a Juan hay tres grupos. El primero lo forma la gente corriente. La respuesta para ellos es: repartid. Los otros dos grupos –publicanos y soldados– son pilares importantísimos del dominio romano: unos cobrando elevados impuestos para los romanos, los otros aplicando la fuerza para someter a los judíos. ¿Qué tienen que hacer estos “colaboracionistas”? Juan no está por invitarles a que dejen de ser servidores de los romanos y que se pasen a la resistencia judía. Simplemente, les pide que moderen sus acciones: que no extorsionen ni cobren abusivos impuestos. Juan, lo mismo que Jesús, es pacifista.

Estad siempre alegres. La alegría brota de la esperanza, de que algo deseado llegará. Pablo esperaba la segunda venida de Jesús antes de que él muriera. Por eso invitaba a la alegría. Pablo se equivocó, porque esta segunda venida no se produjo. Pero de lo que sí estamos seguros los cristianos de hoy es de que Jesús viene a diario en los pobres, necesitados y desvalidos. Ahí lo encontraremos. Jesús y ellos nos comprometen en su salvación. Si realmente creemos a Jesús, ayudar a estas personas sí que traerá una gran alegría a nuestras vidas.