Dom
12
Jun
2016

Homilía XI Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2015 - 2016 - (Ciclo C)

Tus pecados están perdonados

Pautas para la homilía

En la primera lectura del Segundo libro de Samuel, el mensaje de Dios a través del profeta Natán al rey David, es atemporal. Es una llamada a vivir desde el agradecimiento. Sólo aquel que verdaderamente valora lo que tiene es agradecido de verdad. El agradecimiento nos saca de nosotros mismos y nos lleva al otro, nos ensancha el corazón el sabernos queridos y bendecidos.

La falta de agradecimiento, nos centra en nosotros mismos, nos vuelve egoístas y en el fondo genera exigencias que desembocan en envidias, celos, insatisfacción,… donde todos nuestros deseos se expresan de una manera negativa y donde la debilidad humana y el deseo de tener más y más sin mirar el precio y las maneras como conseguirlos nos convierte en esclavos modernos de nuestros deseos muchas veces incontrolables y egoístas.

Afortunadamente nunca debemos perder de vista que no dependemos solo de nuestras fuerzas y de que Él nos sostiene y nos alienta. Nos ayuda a ser capaces de reconocer nuestras limitaciones. Solo reconociendo nuestra finitud seremos capaces de ensanchar nuestros horizontes y llegar a ser más felices. Nunca podemos olvidar de que el mayor de deseo de Dios para con nosotros no es que seamos buenos, que también, el deseo profundo de Dios es que seamos felices, y solo desde el desprendimiento y la consciencia de las propias limitaciones podemos sentirnos plenamente amados y perdonados podemos ser plenamente felices.

Dios en el AT, al contrario de lo que pudiera parecer, no es un castigador vengativo, sino un educador. Intenta enseñarnos que nuestras acciones tienen consecuencias. Esa enseñanza es especialmente valiosa en nuestra sociedad, que muchas veces disocia las acciones y sus consecuencias, generando la falsa apariencia de que nuestros actos no generan consecuencias. Esa falta de conexión es una falsedad que nos sirve para evitar tener mala conciencia, o para pacificar escrúpulos. El mal que viene después del pecado no es un castigo divino, sino la circunstancia de nuestros propios actos. El dolor que causamos en las personas que queremos, la soledad, la falta de profundidad en las relaciones, la destrucción del medio ambiente, son consecuencias directas de nuestras acciones. Nuestra libertad tiene límites, mejor dicho un único límite – no hacer al otro lo que tú no desees que el otro te lo haga a ti.

De esto también nos habla el salmo, quien pide perdón a Dios lo recibe y sentir ese amor infinito de Dios padre y madre.

En la segunda lectura de San Pablo a los Gálatas, habla sobre la ley y la justificación. Les pone su ejemplo personal. Según la ley judía San Pablo estaba condenado, pero no a los ojos de Dios. La ley divina, la lógica divina, no tiene nada que ver con la ley humana y su aplicación. Si vivimos, por Cristo vivimos. Si vivimos como cristianos y seguimos el ejemplo de Jesús, Cristo vive en nosotros. Muchas veces nos preocupamos como vivir dentro de una sociedad secularizada, donde muchas leyes van incluso contra la fe cristiana, pero Jesús nos enseñó que incluso en los tiempos difíciles se puede vivir dentro de esta sociedad diciendo:“den al Cesar lo que es del Cesar, y a Dios, lo que es de Dios”.Mt 22, 15-21

Y lo que Dios nos pide, su mandamiento principal, su lógica es la lógica del amor.

El Evangelio insiste en el mismo mensaje en el que vienen incidiendo todas las lecturas, esta vez la enseñanza viene de manos de una mujer pecadora. Una mujer que tenía mucho de que arrepentirse, pero que también tuvo la capacidad de postrarse, llorar, cuidar, y amar. Jesús no sigue nuestra lógica, que a veces no es capaz de reconocer los gestos o el valor de las pequeñas cosas, Jesús.

El ve lo que nosotros no vemos, mira nuestro interior, nuestros pensamientos, deseos, sentimientos. Esta mujer es el ejemplo de una persona rechazada y condenada según la ley que marca la sociedad de su época, pero perdonada y aceptada según la lógica de Dios, porque tenía el corazón lleno amor.

Nuestras acciones deben estar motivadas por el amor, no por cumplimientos que no nos tocan el corazón. Nuestra vida se medirá por el amor que pongamos en ella. Solo desde la apertura al otro, desde el agradecimiento y desde la gratuidad y desde el servicio podemos empezar a construir el Reino.

Puede que no podamos hacer grandes cosas, pero si podemos hacer pequeñas cosas con mucho amor (Teresa de Calcuta).