Dom
30
Ene
2011

Homilía IV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2010 - 2011 - (Ciclo A)

Él se puso a hablar enseñando

Pautas para la homilía

  • Buscad al Señor los humildes

Es nuestra tarea propuesta por Dios en repetidas ocasiones. Una búsqueda que parece difícil, y es posible que lo sea, porque buscamos al Señor en sitios complicados, donde no lo encontraremos, o somos nosotros los complicados, los que despreciamos la sencillez.

Lo buscamos en templos suntuosos, en lugar de bucear en nuestro interior; tratamos de dar con un dios ajeno, externo, inexistente, cuando está morando en cada uno de nosotros buscando y proponiendo la justicia; viviendo y proponiendo la moderación.

  • Dios ha escogido lo necio del mundo

Y es también posible que sigamos buscando a Dios en lo ilustre, en lo sabio: admiramos la sabiduría humana de algunos hombres y en ella solo hay una parte de Dios velada por la importancia del mensajero No podemos encontrar a Dios porque solo vemos el lustre, el brillo, el oropel del que se nos presenta como sabio. Su mensaje contendrá algo de verdad, pero no tendrá LA VERDAD.

El propio Dios nos lo ha dicho en muchas ocasiones: si lo queremos encontrar tenemos que descender a lo sencillo, a lo que el mundo desprecia, porque en esa absoluta sencillez despreciada está la verdadera Sabiduría; en ella podremos encontrar la única cara de Dios.

  • Y Él se puso a hablar enseñándoles

Y llegamos a lo más paradójico y extraño del mensaje de Jesús. ¿Cómo entender en clave humana las bienaventuranzas?, ¿Cómo decir al pobre que es dichoso prometiéndole un reino que no puede tocar?

Puede que tengamos que plantearnos las bienaventuranzas desde otra perspectiva:

  • El desarrollo del sermón se ubica en una montaña, tal vez imagen de la montaña en que Moisés recibió la antigua Ley, y en la que Jesús quiere presentarnos la nueva, la que perfecciona y sustituye a la antigua.
  • Las bienaventuranzas contienen en sí toda la esencia del cristianismo, pero, al contario que en el Sinaí, no se presentan como preceptos, sino como propuestas radicales de vida, como buena noticia que debe uniformar el “ideario”, del que siga el mensaje de Cristo.

Hemos entendido con frecuencia las bienaventuranzas como un a diatriba contra los ricos, contra los poderosos. Hemos hecho de un mensaje dirigido al espíritu, un alegato contra los ricos, contra los sanos, contra los libres, contra los que no son perseguidos. Y creo que no se trata de eso, al menos en su significado.

La pobreza no es una buena cosa buscada por Dios. La pobreza es una desgracia que debemos combatir; y tal vez el mensaje de Jesús nos está diciendo que algunos nos hemos puesto en el papel de dioses que dominan y nos enriquecemos a costa de los pobres. Y no hablo solo de dinero: la riqueza puede estar, está, también, en la sabiduría. Podemos subirnos a un púlpito y desde él fustigar a la audiencia con el mensaje literal de las bienaventuranzas; desde el mismo lugar podemos proponer el esquema, la doctrina que las bienaventuranzas contienen y que no son amenazas para un pueblo ávido de escuchar palabras con contenido que le permitan entender el verdadero sentido del anuncio del Reino.

El mundo ha dejado de escuchar a los agoreros catastrofistas que solo anuncian castigos y maldiciones, pero sigue abierto, creo, a los mensajes positivos que proponen, no imponen, una forma de vida que redunda en beneficio del hombre. No del “alma” del hombre, sino del hombre completo.

Jesús, en definitiva nos dice que es preferible ser pobre que ser rico a cuenta de oprimir al pobre; es preferible llorar con el que llora, que hacer llorar a otros; es mejor pasar hambre que ser testigos del hambre de otros sin hacer nada por evitarlo; Es mejor ser oprimido por cualquier causa, a ser opresores.

Y si miramos bien, en todas las bienaventuranzas, solo hay un mensaje, una enseñanza, “lo único importante es el amor”. Si el amor preside nuestra vida, las situaciones de bienaventuranza, se dan de forma natural.