Dom
28
Jun
2020

Homilía XIII Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2019 - 2020 - (Ciclo A)

El que pierda su vida por mí...

Pautas para la homilía

¿Cuáles eran las fidelidades en conflicto de las que habla Mateo?

¿A quién se enfrentaba Jesús para exigir a sus seguidores una fidelidad tal que podía llevarlos incluso a la ruptura con la propia familia, sabiendo que la familia y los clanes en aquel tiempo tenían una importancia suma para la vida y para la seguridad del individuo? Es más, también Jesús había roto con su propia familia (Mc 3, 31–15) por el mismo motivo y pide la misma actitud a sus seguidores. Se trata, qué duda cabe, del conflicto entre la fidelidad al reino de Roma y a las élites sacerdotales, que interpretaban al Dios de Israel según sus propios intereses, y la fidelidad al Reino de Dios, que Jesús de Nazaret vivía en sus propias carnes y que era el que predicaba. ¿Por qué hablamos del reino de Roma? ¿Aparece en el texto del evangelio de hoy? Sin ninguna duda. Cuando Mateo escribió este texto, Jesús había sido crucificado por las autoridades romanas, que eran las únicas que tenían poder para aplicar tan ignominiosa condena. Y Mateo pone en boca de Jesús que “el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Por consiguiente, la referencia al castigo político al que puede condenar Roma al que es fiel al Reino de Dios muestra bien a las claras cuáles son las dos fidelidades en conflicto: al reino del poder, de la violencia, de la conquista y del sometimiento que era el reino de Roma y al Reino de Dios, de la fraternidad, de la paz y en el que tenían un puesto privilegiado los pobres, las viudas, los enfermos, los extranjeros y todo tipo de marginados.

Las familias de aquel tiempo, como sucede también en el nuestro, preferían fidelidad al orden social establecido, aunque les fuera totalmente adverso, opresivo y empobrecedor, que rebelarse y trabajar por un cambio a otro modo de organizar la vida. Por eso, el seguimiento como servicio especial al anuncio del reinado de Dios y la vinculación a la familia como seguidora del sometimiento a Roma y los colaboracionistas romanos eran incompatibles para Jesús (cf. Lc 9, 60; Mc 1, 20). De ahí que Jesús exhortara a sus discípulos a que le profesaran una lealtad por encima de cualquier otra lealtad. (10,38).

Los discípulos itinerantes y la pobreza. La mística de la pobreza

La itinerancia, la pobreza y la indefensión fueron los rasgos constitutivos de los discípulos que formaron la primera Iglesia con Jesús, porque se ajustaban a la conducta del Maestro y a su predicación. Pero la actitud de Pablo de vivir de su trabajo y su renuncia al radicalismo itinerante en los grandes centros urbanos de Grecia y de Asia Menor donde él predicó, dieron pie a una gran libertad en la interpretación de los mandatos de Jesús. Pero esto acarrea un peligro en el que hemos caído las Iglesias del occidente, en las que, con el pretexto de esa «magnífica libertad» para interpretar las palabras de Jesús y acomodarlas a las circunstancias, se han admitido y se han disculpado demasiadas cosas nada evangélicas dentro y fuera de la propia Iglesia–institución. Parece que vivir el evangelio hoy obliga a toda la Iglesia-institución, a todos sus miembros y ministros, a dar pequeños pasos, pero firmes y activos, en dirección a una mayor pobreza y renuncia al poder.  La realidad de las Iglesias ricas no tiene ninguna legitimidad evangélica.

Por otra parte, es indispensable para toda la Iglesia que, dentro de ella, algunos grupos y comunidades vivan en el desarraigo y en la pobreza como los primeros discípulos de Jesús. Pero, a lo largo de la historia de las iglesias cristianas, este compartir la condición de los pobres no ha puesto en cuestión las estructuras sociales de explotación, que son las que producen la riqueza de unos y el empobrecimiento de la inmensa mayoría. En efecto, predicar la renuncia a los bienes materiales significa exhortar a los pobres a no aspirar a poseer esos bienes, sino a permanecer en el estado en el que se encuentran. Decir a los hambrientos que deben alegrarse de no tener el corazón corrompido por la riqueza y por las preocupaciones materiales que ella engendra, porque desvía a los hombres del único objeto importante de preocupación, Dios, es sencillamente un sarcasmo. El evangelio no nos invita a una sociedad de la pobreza, sino una sociedad de la justicia.

Los problemas que suscita la fidelidad a Jesús y a su mensaje: la cruz

El amor de Dios a los desfavorecidos, tal como lo expresó con sus palabras y, sobre todo, con sus conductas Jesús de Nazaret tiene una dimensión política y provoca la resistencia de todos aquellos que defienden el poder y los privilegios. Los discípulos de Jesús cuya vida responde a este mensaje necesariamente tienen que desmarcarse e ir en contra de las estructuras de poder y de injusticia, con lo que dejarán de ser personas gratas para esos poderosos.

Enfrentarse con la vida y con la predicación del Reino de Dios al reino de Roma y a sus colaboracionistas, los sacerdotes del tempo de Jerusalén, ya se sabía qué llevaba aparejado. Cuando Mateo escribió su evangelio, como ya hemos dicho en 1, Jesús había sido crucificado. Pues bien, cargar cada uno con su cruz no se refiere, en los evangelios, a un consejo útil para mejor sobrellevar la situación de los múltiples y variados sufrimientos que padecemos todos los humanos a lo largo de nuestra vida. En Mateo se alude específicamente a los sufrimientos que causa predicar el Reino de Dios, no a otros. La frase “toma tu cruz” evoca una imagen política de vergüenza, de humillación, de dolor, de rechazo social, de marginación y hasta de condena a la muerte. Según eso, las palabras de Jesús son una llamada a defender a la gente situada en los escalones más bajos de la sociedad, como los pobres, los sin papeles, los parados y los marginados de cualquier condición. Tal es el riesgo que entraña proclamar y manifestar con la propia vida el Reino de Dios, porque significa resistirse a las élites de poder y a su intimidación, a que organicen el mundo sin tener en cuenta a los millones de pobres y de desheredados que van sepultando en el camino.

Por consiguiente, el sufrimiento no tiene, en este texto evangélico, un valor por sí mismo, como ejercicio de ascesis, tal y como lo han interpretado y vivido muchos movimientos a lo largo de la historia de la Iglesia. Aquí se expresa que el seguimiento del Reino de Dios produce incomprensión, enfrentamiento, calumnias, vejaciones y hasta persecución. El sufrimiento por Cristo no está orientado al perfeccionamiento propio, sino que deriva del amor de Jesús a la gente. La concepción de Mateo no autoriza a la espiritualización de la cruz que acompaña a menudo a la interpretación ascética, que es en la que nos hemos educado los de mayor edad. La idea de llevar la cruz en el sentido de sobrellevar “pasivamente” y “soportar” la injusticia y la miseria no es evangélico. Con esta actitud, esos movimientos ascéticos han contribuido, qué duda cabe, a fortalecer el orden social existente, porque, con aguantar el sufrimiento, han movido a la conformidad con el mal y con la injusticia y a considerar esa resignación más como virtud cristiana que como pecado.

El reto más importante que plantea este texto a las Iglesias cristianas de hoy, que hablamos incesantemente del sufrimiento, es que estas Iglesias no lo padecemos –sobre todo en los países del primer mundo– porque no predicamos el Reino de Dios, cuando el sufrimiento es, según Mateo, una consecuencia necesaria de la predicación y de la forma de vida de Jesús. Seguramente, estas Iglesias miramos para otro lado ante las injusticias que abundan en nuestro mundo; por eso no son incómodas.

Conflicto entre Dios misericordioso y Dios justo juez

 “Quien os recibe a vosotros, me recibe a mí”. Recibir a los discípulos misioneros es aceptar el mensaje de Jesús, escuchar (= confiar en) sus palabras, que proclaman el reinado de Dios frente al reinado de Roma y de los ricos saduceos. Hay aún otra conexión: “Quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado”. La enseñanza de Jesús revela que Dios está presente con él y a través de la misión de los discípulos. Un elemento central de la misión de los discípulos es hacer posible un encuentro con la presencia salvífica de Dios.

Pues bien, todo esto tendrá una recompensa, como dicen las últimas líneas del relato evangélico de hoy. También lo afirma el texto del Antiguo Testamento sobre la mujer que daba acogida en su casa al profeta Eliseo. Pero aquí aparece uno de los grandes problemas de comprensión de todo el evangelio: ¿cómo hay que compaginar al Dios misericordioso con el Hijo del hombre, juez universal que premia por acoger a los profetas o por dar un vaso de agua a los más necesitados?

 Fidelidades en conflicto hoy

Hoy Mateo nos pondría en la misma disyuntiva que señaló entonces, porque también nosotros tenemos un conflicto de fidelidades a dos reinos: el de Dios y el de nuestra sociedad de la producción y del consumo. O somos fieles al mensaje de Jesús, condensado en las bienaventuranzas y en su práctica de acogida a pobres, enfermos, desamparados, emigrantes, hambrientos y marginados de toda clase o bien optamos por la fidelidad al mundo en el que vivimos, donde los valores económicos y los de tipo biopsíquico han convertido absolutamente todo en mercancía, y en el que unos pocos se están haciendo con las riquezas de nuestro planeta, mientras que una gran mayoría padece hambre, enfermedades y desprotección.  Quizás estemos muy a gusto con que las cosas sigan como están. El saqueo sin límites de los recursos naturales, sin otro objetivo que el lucro cada vez mayor de unos pocos, nos ha dado un aviso muy serio con la pandemia del covid–19 que ahora padecemos.

Si los que nos llamamos discípulos de Jesús, decimos que queremos dar testimonio de las bienaventuranzas con nuestras vidas, pero esto no produce la oposición de aquellos a los que ese mensaje perjudica en sus intereses, quizás sea porque nuestra implicación en el mensaje de Jesús es muy escasa o hasta nula. Quizá Mateo negase tajantemente a nuestras Iglesias de Europa occidental el derecho a anunciar el «evangelio del Reino», porque apenas seguimos la dirección que él marcó ni protestamos contra los poderosos ricos de nuestro mundo para hacer visible la «justicia de Dios» y, con ella, el evangelio. Dice el dominico Schillebeeckx: “Aunque (las jerarquías eclesiásticas) con la intención se distancien de un sistema que hace a los pobres cada vez más pobres y a los ricos cada vez más ricos, están tan ligadas institucionalmente a ese sistema, que han de mantener la boca cerrada. Para poder anunciar su mensaje deben guardar silencio, con lo cual se encuentran en un círculo vicioso. Para subsistir como Iglesias se ven obligadas a silenciar las exigencias del evangelio. ¿Será que las Iglesias han olvidado que el seguimiento de Jesús puede costarles la vida?”