Dom
23
Sep
2018

Homilía XXV Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2017 - 2018 - (Ciclo B)

El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí

Pautas para la homilía

El camino ascendente hacia Jerusalén

Se oye decir en más de una ocasión que no corren vientos favorables para los cristianos. Puede que así sea. Pero, ¿no se nos recuerda en la 1ª lectura la suerte que corrieron los judíos fieles de Alejandría, blanco de los sarcasmos y persecuciones de los renegados y de sus aliados paganos? ¿No remite este texto proféticamente hacia la pasión y muerte de Cristo? ¿Dónde radican los orígenes cristianos? La incomprensión de Jesús, centrado en formar a sus discípulos, constituye precisamente una de las vetas que surca todo el evangelio de Mc.

También hoy en día cuesta acoger el anuncio de la Pasión cuando llegan desde afuera determinados prejuicios y recelos, críticas infundadas o desmesuradas, actitudes y decisiones contrarias al sentir religioso del pueblo de Dios. El cristiano ha de aprender a convivir con situaciones semejantes. La subida a Jerusalén, misterio de muerte y vida, comporta asumir con entereza y sin victimismos el mensaje nuclear del Sermón del Monte: “Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5,11-12; Lc 6,22-23.26). Quienes hemos sido sepultados por el bautismo en la muerte de Jesús (Rm 6,4), ¿no habremos de sopesar nuestras actuaciones, sospechar y dudar de nosotros mismos cuando nos halagan y aplauden, cuando todo marcha viento en popa? Escuchemos al Apóstol: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,3-5).

Preguntas para el camino  

En el camino de la vida surgen a veces e inesperadamente determinadas preguntas que suelen ser más clarificadoras que muchas respuestas: “¿De qué discutíais por el camino?” Además de sorprender a sus seguidores, la pregunta de Jesús puso de manifiesto, como el relámpago en la oscuridad del horizonte, las motivaciones e intenciones que anidaban en su interior. Ensimismados en sus fantasiosas cavilaciones, recorrían los alegres parajes de los alrededores del lago de Galilea haciendo cálculos sobre los primeros puestos en el Reino. Por eso, al ser sorprendidos y cuestionados, no les cupo otra que “callar”, avergonzados por su actitud.

Sería más tarde cuando cayeron en la cuenta de que les esperaba la dura ascensión hacia Jerusalén. ¿Qué hacer cuando todo se pone cuesta arriba, el sol aprieta y parecen agotarse las fuerzas? ¿Cómo afrontar la frágil soledad de quien transita por senderos accidentados y desconocidos, expuestos a toda suerte de peligros, y echando en falta la mano amiga y samaritana del prójimo? (Lc 10,29-37). Los exploradores enviados por Moisés como avanzadilla para otear sobre el terreno la posible entrada en la tierra prometida del país cananeo, testificaron claramente las dificultades que entrañaba su empresa: “La gente que hemos visto allí son todos ellos gigantes. Nosotros nos veíamos ante ellos como saltamontes, y eso mismo les parecíamos a ellos” (Nm 13,32-33). 

La vida discurre su cauce con preguntas cada vez más pertinentes y comprometidas, difíciles de sortear y eludir. El ir tomando conciencia de las mismas, no solo ayuda a asumir y emprender con mayor realismo y coraje la subida de la montaña sino que propicia el terreno idóneo para fraguar y fortalecer la verdadera esperanza cristiana.

El camino de la sabiduría cristiana

La sabiduría práctica de Jesús, inmejorable guía y maestro de vida, queda de manifiesto en la escena evangélica: el gesto por así decir sacramental de la acogida simbólica de un niño, gesto significativo acompañado de las siguientes palabras: “Quien reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, no me recibe a mí sino a Aquel que me ha enviado”. Es esa sencilla y expresiva actitud de sincero servicio a los más humildes y pequeños la que autentifica la credibilidad del verdadero discípulo: “Quien quiera ser el primero, ha de ser el último y servidor de todos”. ¿Qué mejor tarjeta de presentación que el compromiso cristiano con esta nueva escala de valores instaurada por Jesús? 

Si es el niño quien ha de ocupar el centro de la vida comunitaria, ¿dónde queda el protagonismo de la ambición, el honor y la grandeza de los primeros puestos? De ahí la fuerte denuncia del apóstol Santiago, hermano del Señor, a los suyos: ¿Qué sentido tienen entre vosotros las discordias, disensiones y rencillas intracomunitarias? Para nada se corresponden con la sabiduría proveniente del evangelio.

La mirada crítica de Jesús recae directamente sobre sus propios discípulos, desautorizados por su comportamiento para ejercer la misión a la que han sido llamados. Lo más pequeño e insignificante a los ojos de los mortales ocupa paradójicamente el primer lugar a los ojos de Dios. No es el Señor el que está sentado a la mesa, sino el que sirve.