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Dom
21
May
2017

Homilía VI Domingo de Pascua

Año litúrgico 2016 - 2017 - (Ciclo A)

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos

Pautas para la homilía

Samaría recibió la Palabra de Dios

En la primera lectura del libro de los Hechos de los Hechos, Felipe es presentado como un Cristo viviente: predica, cura paralíticos y lisiados, hace signos, la gente se admira, expulsa espíritus inmundos… Felipe, al igual que Jesús, anuncia con palabras y hechos el Reino de Dios, el Reino de la Vida y, por eso, la ciudad de se llena de alegría. Este “otro Cristo viviente”, que es Felipe, es posible y real porque lo empuja el mismo Espíritu que empujó a Jesús. Es, por tanto, el Espíritu de Vida, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos, el que ahora actúa dando vida a otros por medio de Felipe. Felipe se convierte en un instrumento para que el Espíritu pueda regalar la Vida. ¿Somos los creyentes instrumentos del Espíritu?

Mejor es padecer haciendo el bien que padecer haciendo el mal.

La primera carta de Pedro es el mejor ejemplo de la ética de la primera comunidad y donde se nos propone la conducta como una forma de evangelización en la primitiva comunidad. En esta carta tan antigua, se nos presentan actitudes, que implican conductas de una gran actualidad: 1) Estar listos para dar razón de nuestra esperanza; 2) Mejor es padecer haciendo el bien que padecer haciendo el mal.

En un mundo donde sobran las palabras y hablan los hechos, nuestra esperanza toma cuerpo en nuestras actitudes y comportamientos en la vida cotidiana. La esperanza, motor de vida en un mundo desesperanzado, actúa por medio de hombres y mujeres que viven con una conducta llena de esperanza, a pesar de las fragilidades y errores personales y sociales. Esa conducta esperanzadora es lo que nos dice Pedro en su primera carta: Mejor es padecer haciendo el bien que padecer haciendo el mal. Tanto el actuar bien como el actuar mal lleva un padecer. Sin embargo, el bien actuar conlleva la solidez humana mientras que el mal actuar conlleva la miseria humana. El padecer permanecerá, pero será vivido de maneras distintas.

El defensor es el Espíritu de la Verdad

El pasaje evangélico de este domingo nos lleva al contexto de la Última Cena, en la que Jesús deja su testamento a los discípulos. En este testamento, Jesús propone unir nuestra vida con su vida, guardando sus mandamientos. Estos mandamientos han quedado sintetizados en el mandamiento del amor. Y el amor se expresa en las acciones, se adapta a cada situación, sabe discernir qué es lo bueno, lo bello, en ese momento.

Y quien une su vida a la vida de Jesús, recibe lo que Jesús pide al Padre que nos envíe: el Espíritu, el Defensor. El defensor es el que defiende del Enemigo, de aquel que roba la vida. Este defensor que nos protege de la muerte, de la no-vida, es el Espíritu de la Verdad. Este Espíritu es la fuerza que nos lleva a ser verdaderos, auténticos. El hombre auténtico es aquel que transparenta en su vida lo que le caracteriza como persona: el amor. Lo que caracteriza al hombre es el amor, el buscar el bien. Todo lo que no sea amar, buscar el bien, es una mentira. Pero hemos de afrontar una realidad de nuestro mundo: en un mundo donde la mentira campea, la verdad se paga a precio de sufrimiento.

Frente al poder de la mentira, del dinero, de la muerte, de la no-vida, de la falsedad y el postureo… la verdad se presenta como el mejor acto de amor a nuestro mundo.