“Levanta tus ojos al cielo…”

“Levanta tus ojos al cielo…”

Meditación segundo domingo de Cuaresma 2019


“Levanta tus ojos al cielo…” (Gn 15,5)

  Triunfar: es aquello que esperamos conseguir en todas nuestras empresas o en las acciones más sencillas que realizamos. También en nuestras relaciones y en el trato que mantenemos, profundo o más superficial, con otras personas. Nos medimos con frecuencia en esta categoría, que acoge multitud de sentidos y significados. Así nos hemos ido educando y recogiendo nuestras satisfacciones. Y, sin embargo, la experiencia nos sitúa habitualmente en la realidad opuesta… El fracaso también forma parte de la existencia humana. Nos visita, se nos acerca en primera persona o en los que están a nuestro lado. En ocasiones nos paraliza, confunde nuestros planes más inmediatos, nos impide mirar hacia adelante.

  Y según vamos madurando percibimos que lo real, lo más auténtico es aquello que nos hace vulnerables. Desde esa dimensión, profundamente humana, podemos caminar sin engaños ni fantasías, sintiéndonos solidarios y cercanos a tantos que se mueven en estos márgenes y acogen el desafío de salir adelante. La Cuaresma, en su invitación a reajustar los valores esenciales de nuestra vida, nos enfrenta con el modo en que hacemos del triunfo una trampa y de su búsqueda una obsesión engañosa. Poner los pies en la tierra cuaresmal nos empuja a vivir con corazón descalzo, sencillo, auténtico. A vivir así, descartando fantasías y sueños y asumiendo lo más auténtico de la propia realidad, también se aprende.

  Jesús también necesitó discernir su triunfo. Lo deseaban los suyos y estaba en el sentir general de Israel, que no podía concebir a un Dios capaz de escribir un plan de futuro con trazos de fracaso. Las voces de fuera también debían resonar en su adentro. Y por eso buscó el espacio y el tiempo para escuchar. El relato evangélico nos lo presenta, de una forma especialmente gráfica, en la montaña. Allí busca la soledad que le permita ver con claridad el camino a seguir. La oración le permitió acoger una luz que no estaba fuera sino dentro. Una luz que le revelaba en lo profundo su identidad de hijo amado, y que le hacía sentirse parte de una Historia que llegaba a su meta: la ley cumplida, la profecía realizada… Y un plan que contempla, desde aquel alto, la cruz como posibilidad de amor y entrega.

  Triunfar pasa para Jesús por seguir caminando desde lo frágil, lo humano. Quizá en oscuridad y lucha, pero avanzando en entrega y confianza. Sin poder ni reconocimiento, asumiendo la propia contradicción y el descontento ajeno… “Hagamos tres tiendas”, dicen los que temen el dolor y permanecen adormilados; retengamos la gloria, vivamos de flashes que alumbran instantes y que no dan para ver el horizonte, vivamos quietos, evitemos el riesgo, aprovechemos el momento… “Silencio”, dicen sin decir los que no subieron a la montaña y permanecen indiferentes, ajenos a una salvación que se les ofrece y que no necesitan: la vida sigue igual para ellos, que no están para novedades o proyectos… “Escuchadle”, resuena alrededor de la escena, y llega desde Dios a nuestros oídos, a todos los oyentes de la Historia. Son sus palabras pero sobre todo sus hechos: la aceptación del amor, del perdón, de la misericordia y la entrega como el lenguaje que acoge el fracaso y abre con él nuevos caminos. Escuchar al que es amado y escogido, porque ofrece una manera diferente de abordar esta vida, de asumir la vulnerabilidad dándole un sentido que la convierte en eterna…

  Seguimos caminando. Percibimos cómo sigue resonando la voz del Tabor, que habla de Jesús y nos define a nosotros: amados y en proceso, con la verdad -que es sello de Dios- en nuestras manos. Fortalecidos con su palabra y confiados en ella, avanzamos en Cuaresma hacia la Jerusalén que espera nuestra entrega.

Unas preguntas para la reflexión….

  • ¿Cómo me llevo con el triunfo y con el fracaso? ¿Cómo han definido mi vida y cómo los ordeno en este momento? ¿Cómo tiran de mí, a nivel social, estos dos aspectos?
  • ¿Qué he aprendido de los triunfadores? ¿Qué me han enseñado los fracasados y vulnerables?
  • ¿Seré yo de los que ya no suben a la montaña de la palabra, porque me lo sé todo, porque tengo mi vida hecha, porque mi religiosidad me hace sentirme seguro?
  • ¿O seré de los que construyen tiendas efímeras en los momentos de triunfo para no dejarlos pasar, porque tengo miedo a una fe que duele y exige? ¿Vivo una experiencia religiosa de proceso y camino, o de pobre fervor y simple providencialismo?
  • ¿Escucho lo que Dios me dice de Jesús? ¿Dejo que Jesús me hable? ¿Ésto me da fuerza para asumir mi propio proceso personal?
  • ¿Acojo sin miedo lo que Dios me dice desde la vida de Jesús? “Tú eres mi hijo amado, escogido, predilecto…”

Una imagen para la contemplación

meditacion segundo domingo cuaresma 2019C. D. Friedrich, “Mañana en el Riesengebirge (1810-1811). Schloss Charlottenburg, Berlín.
  • Al amanecer, cuando la oscuridad deja paso a la luz, y las nieblas se elevan hasta despejar el horizonte, el sol deja caer sus primeros rayos en la roca… Es el tiempo de lo nuevo que empieza. Un paisaje diario y habitual se convierte en lugar donde Dios ha dejado su huella. Somos invitados a buscar su sello en la belleza de lo cotidiano.
  • El horizonte evoca un espacio que no termina. ¿Dónde está el límite entre el cielo y la tierra cuando ambos son una sola cosa? Todo se convierte en eterno e ilimitado. En la misma escena Dios y las personas conviven, confunden sus espacios, como si lo eterno formase parte de lo humano, rodeándolo…
  • El silencio se torna comunicación, palabra, diálogo. Es un espacio de soledad provocadora, que invita a decir, a decirse. A la alabanza y la admiración. Lo de arriba y lo de abajo pueden entenderse, son un mismo lenguaje…
  • Y en medio la Cruz, haciendo sagrado todo el horizonte. En lo más alto… “atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). El amado de Dios, señor de los espacios infinitos, se convierte en nexo entre lo de lejos y lo de cerca, escalera que une y facilita el encuentro. Él es la Palabra, el diálogo… frente a Él solo cabe la escucha, el silencio…
  • Y al pie de la cruz, pequeños, los humanos frágiles que sacan fuerzas de la solidaridad. La escalada a lo eterno se hace con otros, en Iglesia. En el pico, agarrada a la cruz, la mujer (¿la fe?) tira del hombre para que alcance la cima, para que llegue a Cristo. Contemplar el cuadro es realizar ese mismo movimiento: dejarse subir hasta Cristo, el lugar de la Belleza, de la mano de otro. Y allí, callar, contemplar, dejarse empapar por su gloria.

Fray Javier Garzón O.P.