Dom
20
Ene
2019

Homilía II Domingo del tiempo ordinario

Año litúrgico 2018 - 2019 - (Ciclo C)

A ti te llamarán 'Mi Favorita'

Pautas para la homilía

Vamos a tomar como principal referencia la primera lectura, y desde ella analizaremos qué es lo que Dios nos dice en las otras lecturas que hemos escuchado.

La primera lectura fue escrita por el llamado «Tercer Isaías» a quien se atribuyen los capítulos 56 al 66 del libro de Isaías. De él se desconoce casi todo: quizás sea un grupo de hombres piadosos pertenecientes a la escuela de espiritual que se formó en torno al profeta Isaías antes del Exilio, o quizás sólo tenga un autor. Pero hay algo que sí se tiene por cierto: que fue escrito en torno a los años 515-500 a.C., tras el regreso del pueblo judío del Exilio de Babilonia.

Por entonces Jerusalén estaba en un estado deplorable: las murallas, el palacio y el templo estaban destruidos. Había numerosos colonos paganos ocupando las casas y terrenos que antaño fueron del pueblo judío. Los ricos se aprovechaban de los pobres. La moral del pueblo que había retornado de Babilonia estaba por los suelos, pues, además de vivir pobremente, les costaba dar culto a Dios en esas condiciones. Y eso no podía seguir así, pues para el pueblo judío Jerusalén era (y sigue siendo) la ciudad de Dios, donde Él habita en medio de su pueblo.

De ahí estas palabras tan esperanzadoras del Tercer Isaías, en las que expone su amor a Jerusalén y su deseo de que recupere su esplendor. Anhela que sea una santa ciudad desde la cual Dios gobierne a los pueblos del mundo con justicia.

Ciertamente, el profeta nos habla de la ciudad de Jerusalén, pero también nos habla del corazón de los judíos que por entonces la habitaban y del corazón de todos aquellos que ahora meditamos con fe este texto sagrado.

Porque todos hemos pasado, o estamos pasando, por un momento de crisis espiritual a causa de algo que hemos hecho, dicho o pensado. Me refiero a esos momentos en los que nuestro corazón se parece a esa Jerusalén devastada y abandonada que se encontraron los judíos que regresaron de Babilonia, y no sentimos en él la presencia de Dios. Como el profeta, deseamos con todas nuestras fuerzas reconstruir nuestro corazón para que vuelva ser ese lugar desde el que Dios gobierne nuestra vida con amor y justicia. Veamos qué nos dicen al respecto las otras lecturas.

El Salmo que hemos escuchado nos invita a alabar al Señor. Pero eso no es fácil cuando uno está en crisis, porque uno siente que Dios ha desaparecido de su vida. Pues bien, precisamente por eso, es importante hacer un esfuerzo por no dejarnos llevar por nuestros sentimientos de indiferencia o, incluso de rechazo. Por el contrario, debemos recordar aquellos tiempos en los que Dios fue tan importante en nuestra vida. Tenemos un buen ejemplo en santa Teresa de Lisieux, que sufrió una terrible crisis espiritual en sus últimos meses de su vida, pero eso no le impidió plasmar su gran amor a Dios en la Historia de un alma, su autobiografía espiritual.

San Pablo nos habla de los dones que el Espíritu de Dios nos ha dado. Efectivamente: todos destacamos en algo. Nadie es mejor en todo, como tampoco nadie es peor en todo, pues Dios ha tenido a bien repartir sus dones de un modo personal e intransferible. Dicho de otro modo: ha concedido a cada persona un lote exclusivo de cualidades. Y es muy sabio alegrarnos de eso que Dios nos ha dado. Pues bien, meditar en ello nos ayuda a acrecentar nuestro amor a Dios en tiempos de crisis.

Y llegamos a la lectura del Evangelio. A veces nuestra vida es como la boda de Caná: se queda sin vino, es decir, sin alegría, sin ilusión. La monotonía de nuestra vida cotidiana, los continuos problemas que van surgiendo, las dificultades que debemos superar… poco a poco van minándonos por dentro hasta que un día nos damos cuenta de que estamos sumidos en la tristeza y la desesperanza. Y pensamos que Dios nos ha abandonado.

En esos momentos es muy recomendable pedir ayuda a la Virgen María. Ella, como en la boda de Caná, sabe bien cuál es nuestro problema, y le pide a su Hijo que lo solucione. Cuando oramos con devoción a María, ella nunca nos falla. A veces la solución no es inmediata, o no resulta como nosotros esperábamos. Pero lo cierto es que, antes o después, de un modo u otro, gracias a su intercesión nuestro corazón se sana, convirtiéndose en la esplendorosa Jerusalén que tanto anhelaba el profeta: un lugar donde reina el amor, la justicia y la felicidad.

Los maestros espirituales nos dicen que los tiempos de crisis son oportunidades que Dios nos da para madurar interiormente y acercarnos más Él. Por muy hundidos que nos sintamos, es importante no dejar de amar a Dios y desear su regreso. Aunque a veces esto es difícil, con la ayuda de nuestra Madre, la Virgen María, nuestra alma volverá a sentirse la «favorita» y la «desposada» de Dios. Y, así, de la crisis habremos salido fortalecidos.